Mi reacción inmediata fue el “no inventes”. Sin duda causa un dolor especial, sobre todo para los católicos quienes amamos al Papa, pero en particular quienes hemos vivimos los pontificados de Juan Pablo II, Benedicto XVI y de Francisco.
Tres estilos distintos, cada uno inspirado por el Espíritu Santo y electo por su acción en la Iglesia, el primero un gran filósofo que nos regaló obras de espirituales de gran valor como Tiempo y Eternidad, Redemptor hominis o Cruzando el umbral de la esperanza, por mencionar algunas. Él nos dio ejemplo a los jóvenes en ese entonces de no tener miedo y abrir la puerta de Cristo de par en par. Si pudiera resumir su periodo con una virtud teológica sería la esperanza.
Benedicto XVI es el teólogo del siglo XXI, hombre adelantado a su época, de un intelecto privilegiado, quien enseñó en su magistral encíclica, Deus caritas est, lo que es el amor y nos dice que es la luz que ilumina a un mundo que se ha vuelto oscuro y nos da la valentía necesaria para seguir viviendo y trabajando. Ese amor solo puede crecer en el amor. Es injusto que solo hable de esas obras, siendo su biblioteca extraordinaria, como la trilogía que dedicó para que pudiéramos conocer más a Jesús de Nazaret. La virtud de Benedicto sería sin dudarlo la fe.
Finalmente, el pontificado de Francisco, cuyo paso por la Iglesia al frente del trono petrino dejará una huella inmensa, todavía es muy pronto para dimensionar su trabajo, pero él nos devolvió la Iglesia de quienes la tenían secuestrada por un fariseísmo irracional, donde llegamos al absurdo de condicionar la salvación para el club de algunos cuantos iniciados. Francisco nos recuerda que la Iglesia no debe cerrarle las puertas a nadie, en especial a quienes siendo pecadores, buscamos el consuelo y tratar de dar la batalla todos los días por ser seguidores de Jesús, no es tarea fácil, caemos, pecamos, pero tenemos un ideal fijo.
Tres escritos me marcaron mucho, sin un orden cronológico, Amoris laetitia, porque abre al debate de los divorciados y vueltos a casar, les habla al corazón a quienes se sienten fracasados; sin embargo, recordar que parte desde la óptica de la vida en familia pero que pide ver con ojos de misericordia las nuevas realidades. El segundo, Fratelli tutti, toca el tema medular para construir un mundo mejor desde la fraternidad y la amistad insistiendo en el respeto y el diálogo como piezas claves de una cultura de paz con un corazón abierto.
Finalmente, y el que podría considerar un documento para la posteridad, es el mutuo propio del año jubilar en el que nos encontramos, Spes non confundit (La esperanza no defrauda), es un llamamiento a encontrar en la esperanza cristiana la fuente de fortaleza en medio de las dificultades, pero también como guía en nuestra vida.