En los últimos meses, la política comercial de Estados Unidos ha dado señales claras: el regreso del proteccionismo va más allá de episodios aislados, es estructural. Tras décadas de liberalización, los aranceles promedio en Estados Unidos podrían volver a cifras de hace un siglo, cuando rondaban el 15-20%. En su última amenaza para México, Donald Trump anunció aranceles del 30% a partir del 1 de agosto.
Estas tarifas, aunadas a la posible revisión anticipada del T-MEC, podrían poner en jaque algunos de los pilares del modelo exportador mexicano. Aunque todavía no hay una agenda formal, las preguntas ya están sobre la mesa: ¿Estados Unidos exigirá restricciones a empresas con participación china en México? ¿Podrían quedar industrias clave —como la automotriz o la del acero— fuera del trato preferencial? ¿Qué pasará si se endurecen los requisitos de origen?
Estos cambios no son menores. Muchas empresas mexicanas, sobre todo pequeñas y medianas, han construido sus cadenas de valor bajo la lógica del libre comercio y la integración con Estados Unidos. Entre 2017 y 2023, la participación de México en las importaciones de Estados Unidos creció 2%, frente a 1.7% de Vietnam o el 0.9 % de Canadá. Si esa lógica se transforma, el impacto será directo en costos, márgenes, empleos y competitividad. Y el nearshoring, lejos de estar garantizado, se volverá un terreno condicionado por decisiones políticas, no solo económicas.
Pero lo más urgente es entender que estos riesgos no afectan solo a quienes exportan. Empresas que venden exclusivamente en el mercado interno también están expuestas: forman parte de cadenas de suministro que sí cruzan fronteras, dependen de insumos que pueden encarecerse o tienen clientes cuya salud financiera está vinculada al comercio exterior. En un país donde más del 36% del PIB proviene del sector externo, cualquier disrupción comercial impacta al sistema completo.
El mensaje para los empresarios es claro: no se trata de adivinar el futuro, sino de prepararse para los múltiples futuros posibles. Y eso comienza por hacerse las preguntas correctas: ¿Qué tan expuesta está mi empresa, incluso si no exporto? ¿Qué pasaría si un proveedor clave quedara sujeto a nuevos aranceles? ¿Quién absorbe ese costo según mis contratos actuales? ¿Estoy más o menos expuesto que mis competidores?
Las empresas más resilientes ya están evaluando su exposición arancelaria con detalle: no solo a nivel de producto, sino hasta el nivel de SKU. También están revisando contratos, renegociando la asignación de riesgos y diseñando escenarios con respuestas tácticas y financieras. Porque, en este entorno, la falta de reacción puede ser letal.
Además, la amenaza no viene sola. A este riesgo comercial se suma una alerta del FMI sobre la posibilidad de una contracción del PIB mexicano de –0.3 % en 2025, sin el rebote usual impulsado por las exportaciones. A diferencia de crisis anteriores, donde el comercio exterior actuó como motor de recuperación, esta vez ese mismo motor está en juego. Si la relación comercial con Estados Unidos pierde dinamismo y la economía estadounidense se desacelera, el país podría enfrentar una tormenta perfecta. Y en ese escenario, las pymes con estructuras más frágiles serán las más afectadas.