La nota que, por ahora nos resulta relevante, es la existencia de un activo, cuya especulación, provoca en los inversionistas frenesí. Quienes lo sufren, asumen que el precio del activo de que se trata crecerá indefinidamente. No importa en qué momento se adquiera, estiman que su valor siempre aumentará, asegurando un retorno al comprador. Cuando los expertos aseguraron que la aludida flor ya había alcanzado un precio más que exorbitante, éste continúo subiendo, hasta alcanzar 10 veces el precio que los cultivadores pensaron era más que razonable. Súbitamente, y sin causa clara, se ajustó, ocasionando la primera gran crisis financiera de la que se tenga memoria. El giro fue provocado simplemente por un cambio de percepción, es decir, la especulación cesó de la misma manera en que inició.
Eventos parecidos, mutatis mutandis, sucedieron con valores bursátiles, hipotecas y otras panaceas que alimentaron la codicia de quienes quieren volverse ricos de la noche a la mañana, esto, adquiriendo activos cuyos dividendos o utilidades nada tienen que ver con la efectiva creación de riqueza. Siempre habrá quien albergue la esperanza de haber encontrado la piedra filosofal, así como quien se vuelque desesperadamente a adquirir el activo de moda.
Habíamos topado, hasta ahora, con activos que, poco o mucho, tenían un valor intrínseco o subyacente, bien por poder ser consumidos, o por ser necesarios para realizar alguna actividad o percibir algún tipo de provecho, la ostentación social incluida. Así es, se dice que el oro no lo tiene, lo cual es inexacto. Dicho metal se encuentra en objetos que valen sustancialmente más que el valor artesanal o fabril. Esto es, se trata de un bien que se ha erigido como cultural eje de la ostentación. A lo largo de la historia ha adquirido una presencia tal, que puede decirse que llegó para quedarse. Su precio no sufrirá una caída abrupta, al menos no, de su nivel actual. Por muy diversas razones, muestra una demanda relativamente constante. A lo largo de la historia, la gente gusta de poseerlo simplemente por ser oro.
Pero, henos aquí, con el moderno tulipán, las criptomonedas, destacando entre ellas el bitcoin. En realidad, no representan nada, no tienen otro uso que el ser poseídas, no son consumibles, ni pueden ser empleadas en otra cosa que no sea el supuestamente “albergar” valor. Su tenencia, lejos de presumirse, se oculta. Están respaldadas por humo, o menos que eso. Es la reputación, la mera fama o la apreciación subjetiva, las que les ha vuelto materia de deseo. Si bien es cierto, se correlacionan a un número de transacciones digitales, y tiene un lugar y uso en el medio cibernético, son fácilmente objeto de sustitución, y hasta de proscripción. A la fecha, están envueltas en un halo de misterio, dado que su inserción en el ambiente tecnológico es difícil de entender.
Han sobrevivido ante la tolerancia, e indiferencia de las autoridades monetarias. La mayor parte de sus poseedores no acaban de entender de qué son dueños, ni cómo el segmento bit que se les ha asignado provee alguna utilidad a la transaccionalidad cibernética. Son bien pocos los que saben por qué se producen de manera limitada, y atendiendo a periodos restringidos. Ya hasta se ha vuelto negocio el emplear océanos de energía eléctrica para alimentar procesadores que adivinen los números de asignación o creación de criptos, llamándose mineros a los buscadores. Poco importa, los compradores de opciones de aquellos tulipanes en el siglo XVII tampoco entendían mucho de floricultura, sólo de alzas y bajas de precio.
Las monedas digitales de China y Europa, en breve, enfrentarán la hábil, pero peligrosa, muy peligrosa, estrategia adoptada por Washington. Sí, todo apunta a movimientos drásticos y espectaculares, donde surgirán fortunas, pero también largas filas de perdedores. La concentración de la riqueza tendrá uno más de sus episodios clave.
En su tiempo, la libra sustituyó a la peseta y ésta, al escudo. El dólar hizo lo propio con la libra. La dominancia monetaria no es permanente. Ésta se encuentra vinculada a una muy particular y transitoria posición de su emisor. En los últimos meses, Trump ha hecho todo lo necesario para que el dólar pierda esa condición, aunque él sólo concluye un proceso iniciado en los años 70 por Nixon.
El ser emisor del activo con el que ahorra todo el mundo, particularmente, los gobiernos, permite a aquel darse algunas libertades, como lo es financiar el propio déficit. Para los nacidos después de 1960 será muy difícil de entender la transición, es difícil aceptar que el gobierno de los Estados Unidos de América, tarde o temprano, perderá esa preciada posición en favor de otro país, así como que el dólar ya no será la moneda del mundo. No hemos vivido otra realidad. Se antojaba imposible, pero es claro que no es posible mantener una agresiva postura comercial, como la propalada, al tiempo de ofrecer y garantizar estabilidad, esto es, ofrecer un instrumento de cambio dotado de la citada capacidad de conservar valor. Por otra parte, como ya lo apuntáramos en previa entrega, los integrantes del grupo BRICS ha hecho todo lo necesario por convertir a China en el nuevo que imperio que rija en materia de cambios en el diario devenir del comercio internacional.
El problema de fondo es el déficit estadunidense, que ha alcanzado niveles estratosféricos, y ni aún las guerras, emergidas venturosamente, han podido paliar la difícil situación financiera del vecino país. Es por ello que el acta GENIUS viene a dar un manotazo sobre el tablero monetario, siendo una medida tan apabullante como aquel abandono de la convertibilidad al oro en 1971. En su momento, éste último fue criticado, pero mal que bien, el gobierno de las barras y estrellas capoteó la prevaleciente sospecha de que la cantidad oro resguardado en favor de terceros no existía. Hoy, la verdad de las cosas es que ya muchos somos los que creemos que no se ha extraído, ni mucho menos procesado el oro registrado en cuentas oficiales, y que, como se sospechaba, mucho hay de duplicidad contable operada por los custodios. Pero el oro, aun en los entornos de inestabilidad, encuentra compradores, siendo esa demanda constante lo que le arrienda aprecio. No se ve cercana su desaparición en el escenario.
El caso de las criptomonedas es más que preocupante, porque ellas, y especialmente el bitcoin, sólo valen a partir de la “expectativa” de que su valor seguirá subiendo. Es la enorme, y hasta ahora, aparentemente inagotable candidez de las personas que creen en esa expectativa, lo que les mantiene con vida. Es cierto que, como sucede en las pirámides financieras, cada día se incorporan a las filas de sus tenedores nuevos incautos, quienes alimentan y mantienen incólume la persistente expectativa, haciendo que su valor toque las alturas que alguna vez estuvieron reservadas a los tulipanes.
De forma que su subsistencia está basada en dos variables, ambas de duración incierta, siendo éstas, la pervivencia de la expectativa o esperanza de aumento de valor, y la consistente generación de incautos. La última pudiera parecer inagotable, pero esos personajes son como las parvadas, de pronto dan giros inesperados.
El crimen organizado, y dentro de él, los políticos venales, encontraron en ese sucedáneo del dinero un escondite, pero si el barco hace agua no tendrán a quien reclamar y verán a sus ilícitas ganancias sufrir los embates de la regulación, la cual, indirectamente incidirá en la expectativa, esa fugaz materia en la que están acuñadas las criptomonedas.
El enorme y creciente caudal de ganancias ilícitas es lo que ha inflado tal activo, dando, a la aludida expectativa, apariencia de valor. Así es, son los criminales los primeros que harán todo a su alcance para evitar que la regulación merme su valor. Muchos de ellos, como es bien sabido, se encuentran en posiciones de poder, por lo que serán férreos opositores ante toda propuesta o iniciativa que incida negativamente en las criptomonedas. El único valor que ésta tiene, si es que eso puede ser, es el anonimato, el cual, visto con cuidado es el elemento que jurídicamente les vuelve cuestionables. No, no es el cómo el efectivo, ya que aquel, prácticamente en desuso, tiene o tenía un portador. El receptor siempre supo de quien recibía pago. La física tenencia identificadora, y hasta delatora, es una gran diferencia. Se parecen, pero no son iguales. Basta con preguntar a cualquier capo la diferencia. El trasiego de efectivo es complicado y de altísimo riesgo.
En el otro extremo, están las monedas digitales, que proveen una vulneración drástica de la privacidad, ya que sus tenedores actuarán bajo la mirada vigilante de los gobiernos emisores. Los dos bandos inevitablemente se enfrentarán. Se hablará de libertades y derechos fundamentales, como también de la necesaria proscripción de medios que hagan posible lucrar impunemente de actividades ilícitas.