Para responder a esta pregunta, debemos reconocer que estos desarrollos tecnológicos replican procesos cognitivos humanos fundamentales. Hemos diseñado estas herramientas con el objetivo de simular lo más útil y sublime que conocemos: los sistemas de pensamiento y entendimiento del Homo sapiens. Incluso, la carrera geopolítica contemporánea ha definido claramente la meta: consolidar instrumentos capaces de hacer todo lo que puede hacer una persona (Inteligencia Artificial General) e incluso más aptos que toda la humanidad entera (Superinteligencia Artificial).
Por lo tanto, para comprender qué sigue en la evolución tecnológica, debemos ver hacia adentro: ¿qué puede hacer hoy un humano que no pueda hacer la IA?
En el muy corto plazo, tenemos las habilidades físicas y manuales. Sin embargo, la robótica ya avanza con pasos firmes y veloces para conquistar dicho estrato; en los próximos cinco años, veremos robots plomeros, artesanos, luthiers, expertos en limpieza y más.
Pero, por otro lado, tenemos la facultad creativa, la cual integra señales lógico-racionales con algo único y prácticamente irremplazable: códigos intuitivos —manifiestos en percepciones y sentimientos— que compilan más de 4,000 millones de años de evolución. Aun así, los algoritmos digitales pueden replicar partes del proceso creativo que ahora no hacen.
Así es como se vislumbra el surgimiento de la Creatividad Artificial (CA), computaciones que no solo son capaces de explorar rápidamente grandes cantidades de información (Sistema 1) y enfocar análisis cuidadosos y rigurosos en piezas destacadas (Sistema 2); también podrán regular y autoevaluar sus propios procesos para optar por una lluvia de ideas más amplia o foco estratégico con base en la utilidad (Sistema 3).
Con esta perspectiva se devela algo sumamente relevante. La creatividad humana se entreteje con pensamientos de pensamientos autorregulados —a través de neuromoduladores, como la dopamina— con una misión: encauzar nuevas posibilidades que nos hacen sentir bien. Su objetivo es detonar sentimientos positivos porque esa es la máxima recompensa biológica que nos brinda nuestra naturaleza cuando conquistamos ventajas de supervivencia que aportan a la prevalencia de la vida. Por eso existe el arte desde una óptica evolucionista.
Entonces, una de las piezas cruciales que aún no incluye la IA actual es la autorregulación metacontrolada con base en objetivos definidos, con lo cual estaríamos frente a una nueva dinastía de entes silíceos creativos.
Con dicho avance, debemos estar preparados. Por un lado, es vital distinguir las fortalezas irremplazables humanas, como la intuición interconectada con el mapa evolutivo y la consciencia que nos permite percibir con información incuantificable tipo qualia. Y, por otro lado, comprender cómo las nuevas tecnologías complementan (no sustituyen) nuestros procesos creativos para luchar por un bien común: la protección a la vida y sus invaluables atributos.
En resumen, la fase que viene no es solo “más IA”, sino el salto hacia arquitecturas de Creatividad Artificial con tres funciones coordinadas: un generador que propone, un crítico que evalúa en contexto y un regulador adaptativo que decide, ciclo a ciclo, cuánta exploración o cuánto enfoque conviene. Cuando esa tríada opere con criterios claros —novedad, utilidad y diversidad— y deje trazas auditables de su proceso, hablaremos de creatividad con propósito, no solo de predicción estadística.