Hace unos días arrancó algo que he llamado “el Maratón del Consumo”. Para unos, comenzó con una notificación. Si el tradicional Guadalupe–Reyes marca la temporada de festejos, el Buen Fin–Reyes marca la temporada de gasto; un trayecto donde se mezclan ofertas, emociones, presiones sociales y decisiones financieras que dejamos para “ahí luego veo cómo le hago”.
El maratón del consumo: de El Buen Fin al Día de Reyes
El arranque del maratón no se siente como una carrera, sino que llega como una invitación a participar en algo que todos parecen estar haciendo. Y si todos están comprando, ¿cómo no vas a sentir que te estás perdiendo de algo?
En México, esta temporada activa uno de los ciclos de consumo más importantes del año. No es menor su impacto: negocios grandes y pequeños dependen de estas semanas para cerrar bien el año. El consumo es necesario, la economía lo agradece, las empresas respiran. Pero este periodo también abre la puerta a algo que solemos ignorar: el desgaste emocional y financiero que se acumula cuando consumimos sin intención.
Porque este maratón no se limitó al Buen Fin. Apenas termina, entramos a la segunda etapa: las cenas de oficina, las posadas, los intercambios, el regalo del amigo secreto, la cena de Navidad, el “outfit” del 31, las vacaciones, el primer desayuno del año, la cuesta de enero. Entre noviembre y enero, muchas familias incrementan su gasto discrecional hasta en un 30%, buena parte financiado con crédito. Los comercios sonríen y los bancos también. Las familias, no siempre.
Y aquí viene la parte importante: no se trata de desmotivar el consumo, porque la economía se mueve gracias a quienes compran. El problema no es comprar; es comprar sin preguntarnos nada, sin mirar el mañana, sin revisar si realmente podremos pagar lo que hoy parece una ganga. Lo que sí debe preocuparnos es que, en estos dos meses, la línea entre celebrar y endeudarnos se vuelve peligrosamente delgada.
Pero hay algo aún más profundo. En esta época, no solo se gasta dinero, también se gastan emociones. Compramos para sentirnos bien. Para compensar semanas difíciles. Para no quedarnos fuera del intercambio, para que el regalo “sí se vea bien”, para no llegar con las manos vacías, para pertenecer. Aquí aparece el “¿Y por qué no?, si me lo merezco” y es válido, pero hay que ser conscientes de ese consumo tiene sus consecuencias.
Por eso, antes de abrir la cartera o deslizar la tarjeta, vale la pena detenernos y preguntarnos tres cosas. Primero, ¿lo necesito o solo me emocionó? El sesgo del presente hace que el cerebro valore más la emoción inmediata que las consecuencias futuras. Un precio atractivo, un botón rojo que dice “compra ahora”, un descuento que promete que “nunca volverá” y ahí vamos. La emoción es legítima, pero la decisión debe ser consciente. Segundo, ¿lo puedo pagar sin endeudarme? El crédito no es el problema, el problema es usarlo sin plan. Los meses sin intereses son una herramienta fantástica si realmente caben en tu presupuesto. Pero si los usas como salvavidas para compras impulsivas, se convierten en una deuda silenciosa que te acompaña hasta el próximo Buen Fin. Tercero, ¿me hará sentir bien mañana o solo es hoy? Aquí entra el consumo emocional. Las compras que solo alivian por un momento suelen doler después. Las que realmente nos aportan valor (experiencias, herramientas, aprendizajes, regalos pensados) casi nunca necesitan justificación.
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Pensar así no solo mejora tus decisiones financieras. También protege tu bienestar emocional. Porque, aunque nadie lo dice abiertamente, la presión de “quedar bien”, “demostrar cariño” o “no quedarse fuera” desgasta. Y el costo emocional, igual que el financiero, se acumula.
En un maratón tradicional, salir demasiado rápido puede dejarte sin aire antes de la mitad. En el maratón del consumo sucede lo mismo: si quemas tu presupuesto en la primera curva del Buen Fin, diciembre se vuelve eterno y enero pesa más. Consumir no está mal; hacerlo sin ritmo sí.
Por eso, este fin de año, la invitación no es a cerrar la cartera (se vale y también necesitamos recompensarnos), sino a abrir los ojos. A comprar con intención. A celebrar sin sobreendeudarte. A reconocer que cuidar tu dinero también es cuidar tu tranquilidad. Y a recordar que, aunque la temporada dure casi dos meses, tu estabilidad financiera dura todo el año.
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Nota del editor: Francisco Orozco es profesor investigador de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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