De la mano de la revolución industrial, el capitalismo creó riqueza sin precedentes, potenciando la tecnología y la ciencia, y generando a la par, mejores condiciones de vida para millones de personas.
Sin embargo, el ya mencionado Marx criticó duramente, a mediados del siglo 19, el hecho de que los dueños de las fábricas se llevaran la mayor parte de las ganancias de la producción, mientras los miles de obreros recibían salarios precarios.
La acusación era justa, y por ello durante décadas se ha abogado alrededor del mundo para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. No obstante, la propuesta de Marx para solucionar la “guerra de clases” fue acabar con el sistema capitalista e instaurar un nuevo modelo donde no existiera la propiedad privada ni diferencias materiales entre individuos.
Su planteamiento teórico, conocido como marxismo, ha sido adoptado a lo largo de la historia moderna por decenas de países, con resultados catastróficos para la población. La explicación es sencilla: el modelo socialista-comunista no es efectivo para generar riqueza. Ejemplos hay muchos. Ahí tenemos a la Unión Soviética que colapsó por la crisis económica, o más recientemente, las dictaduras latinoamericanas de Nicaragua, Cuba y Venezuela.
Por cierto, casi todos los experimentos marxistas fueron sostenidos durante periodos prolongados, a pesar de su mal desempeño, por gobiernos autoritarios y represivos. Lo que llama la atención es la falta de posturas firmes de rechazo, por parte de la comunidad internacional, hacia los llamados “gorilas rojos”. En cambio, a los dictadores de derecha siempre se les ha condenado -con toda razón- por sus excesos. ¿Son acaso menos dañinos los dictadores de izquierda, respecto de los “gorilas negros” (el negro viene del color que distinguía a los fascistas)? Por supuesto que no, pues ambos son igual de nefastos.
Hay que ser muy claros: el único modelo que ha mostrado ser exitoso para producir riqueza y sacar a millones de personas de la pobreza es el capitalismo. Desde luego, hablamos del capitalismo bien aplicado que genera ganancias, promueve el comercio justo, ofrece salarios competitivos y consigue una distribución razonable de las utilidades. Ejemplos existen, como los casos de Suecia, Israel, Canadá o Nueva Zelanda.