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¿Por qué el marxismo no funciona y el capitalismo (mal aplicado) tampoco?

La democracia y el capitalismo bien regulado con redistribución son los pilares del desarrollo y el progreso, siempre y cuando existan gobiernos sensatos y humanistas.
mié 25 marzo 2026 06:01 AM
¿Por qé el marxismo no funciona y el capitalismo (mal aplicado) tampoco?
En las últimas décadas, alrededor del mundo, gobernantes y líderes han manejado de manera irresponsable la política pública, ya sea por perversión o incompetencia, desvirtuando el capitalismo y el libre mercado, señala Guillermo Fournier. (Foto: iStock)

En la antigüedad la mayoría de las sociedades basaban sus economías en la esclavitud y el servilismo; más adelante, prevaleció un sistema con gobernantes absolutistas y estamentos claramente definidos, donde el 90% de la población vivía en la pobreza; después, apareció en escena el modelo socioeconómico del capitalismo, con sus nociones generales de propiedad privada, libre mercado y, desde luego, el rol del capital en la producción y el consumo.

El paradigma capitalista tuvo la gran virtud de desplazar al feudalismo que provocaba hambruna y miseria concentrando todo el poder y los recursos económicos en un grupo minúsculo de personas. Esta verdad es reconocida incluso por Karl Marx, el padre del socialismo-comunismo.

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De la mano de la revolución industrial, el capitalismo creó riqueza sin precedentes, potenciando la tecnología y la ciencia, y generando a la par, mejores condiciones de vida para millones de personas.

Sin embargo, el ya mencionado Marx criticó duramente, a mediados del siglo 19, el hecho de que los dueños de las fábricas se llevaran la mayor parte de las ganancias de la producción, mientras los miles de obreros recibían salarios precarios.

La acusación era justa, y por ello durante décadas se ha abogado alrededor del mundo para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. No obstante, la propuesta de Marx para solucionar la “guerra de clases” fue acabar con el sistema capitalista e instaurar un nuevo modelo donde no existiera la propiedad privada ni diferencias materiales entre individuos.

Su planteamiento teórico, conocido como marxismo, ha sido adoptado a lo largo de la historia moderna por decenas de países, con resultados catastróficos para la población. La explicación es sencilla: el modelo socialista-comunista no es efectivo para generar riqueza. Ejemplos hay muchos. Ahí tenemos a la Unión Soviética que colapsó por la crisis económica, o más recientemente, las dictaduras latinoamericanas de Nicaragua, Cuba y Venezuela.

Por cierto, casi todos los experimentos marxistas fueron sostenidos durante periodos prolongados, a pesar de su mal desempeño, por gobiernos autoritarios y represivos. Lo que llama la atención es la falta de posturas firmes de rechazo, por parte de la comunidad internacional, hacia los llamados “gorilas rojos”. En cambio, a los dictadores de derecha siempre se les ha condenado -con toda razón- por sus excesos. ¿Son acaso menos dañinos los dictadores de izquierda, respecto de los “gorilas negros” (el negro viene del color que distinguía a los fascistas)? Por supuesto que no, pues ambos son igual de nefastos.

Hay que ser muy claros: el único modelo que ha mostrado ser exitoso para producir riqueza y sacar a millones de personas de la pobreza es el capitalismo. Desde luego, hablamos del capitalismo bien aplicado que genera ganancias, promueve el comercio justo, ofrece salarios competitivos y consigue una distribución razonable de las utilidades. Ejemplos existen, como los casos de Suecia, Israel, Canadá o Nueva Zelanda.

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Ahora bien, en las últimas décadas, alrededor del mundo, gobernantes y líderes han manejado de manera irresponsable la política pública, ya sea por perversión o incompetencia, desvirtuando el capitalismo y el libre mercado. Cabe insistir, cuando el sistema capitalista se aplica de forma adecuada produce abundancia y prosperidad; pero cuando no, ocurre lo contrario, pues el modelo es una herramienta, como un martillo que puede ser usado para construir una casa, o para golpear y herir de muerte.

Para que el capitalismo funcione se requiere que incluya una dimensión humanista, que corrija injusticias sociales e impulse el talento, el esfuerzo y el trabajo, en condiciones de igualdad de oportunidades. Y es que el capitalismo ha comprobado ser el único modelo capaz de generar la riqueza suficiente para satisfacer las necesidades de las personas, de la mano de la innovación y el aumento de la producción.

Pero, en la actualidad, tenemos brechas de desigualdad profundas que representan obstáculos para el desarrollo. Esto se vuelve más notorio al hacer comparaciones entre países. Imaginemos a dos hermanos gemelos que nacen en un municipio pequeño de México. Si en la adolescencia uno de ellos emigra a Estados Unidos para trabajar allá como enfermero, mientras que el otro se queda en su país con esa misma profesión tendrán vidas muy diferentes, en gran medida, por la diferencia de ingresos entre los dos. En promedio, el hermano en Estados Unidos ganará hasta ocho veces más respecto de su gemelo en México.

La mayoría de los bienes de consumo cuestan casi lo mismo en Estados Unidos o en México, pero en el país del norte, el promedio de los trabajadores percibe sueldos entre cinco y 10 veces mayores respecto de sus pares mexicanos. El modelo de globalización y libre comercio iguala los precios de bienes de consumo más allá de las fronteras, pero no iguala los salarios que perciben los trabajadores de países con economías diferentes. Sirva esta analogía: es como subir al ring a dos peleadores de box, en un enfrentamiento injusto entre un peso pluma y un peso wélter.

Por ello cabe insistir en políticas públicas y estrategias ambiciosas, como un fondo presupuestal para subsidiar los sueldos de los trabajadores en México, con el fin de incentivar el crecimiento económico. Otra opción sería que dicho fondo subsidie los precios a la baja de determinados bienes de consumo, por un lapso determinado, aunque esta política no sería tan efectiva como el subsidio a los salarios. La idea es cerrar la brecha de disparidad de ingresos ante un sistema de globalidad impuesto que es desventajoso porque iguala precios pero no sueldos.

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No actuar en consecuencia sería tanto como ser omisos en desactivar una bomba de tiempo a la espera de que un grave problema social estalle eventualmente.

La democracia y el capitalismo bien regulado con redistribución son los pilares del desarrollo y el progreso, siempre y cuando existan gobiernos sensatos y humanistas, que tomen decisiones dirigidas a mejorar las oportunidades para que cualquier individuo pueda salir adelante con trabajo y mérito. El capitalismo correctamente dirigido debe generar las condiciones para que solamente haya ricos y más ricos, desterrando la pobreza.

Como dijera el economista italiano Pietro Verri: “El interés privado de cada uno, cuando coincide con el interés público, es siempre el garante más seguro de la felicidad colectiva”.

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Nota del editor: José Guillermo Fournier Ramos es docente en la Universidad Anáhuac Mayab. Vicepresidente de Masters A.C., asociación civil promotora de la comunicación efectiva y el liderazgo social. También es asesor en comunicación e imagen, analista y doctorando en Gobierno. Síguelo en X como @FournierG y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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