Entre académicos suele decirse con un toque de ironía que existen solo cuatro tipos de economías en el mundo: las desarrolladas, las emergentes o en vías de desarrollo, Japón y Argentina. La alusión a estos últimos dos países se basa en el impresionante ascenso como potencia económica del primero, y las crisis constantes de inflación y devaluación de la moneda que afectan al segundo.
En realidad sabemos que Japón es un país que ha centrado su excepcional crecimiento económico en un plan estructurado de políticas acertadas, mientras que Argentina padece desde hace décadas el ir y venir de gobiernos populistas que apuestan por el asistencialismo desmedido sin disciplina financiera ni controles fiables contra la corrupción.
Desde luego, cada nación tiene sus particularidades y características propias, pero es factible observar y analizar aquello que funciona en otras economías para tomar nota y adaptar buenas prácticas a nuestro caso concreto. Este ejercicio, además, permite darnos cuenta de que no es requisito descubrir el hilo negro ni el agua tibia para comenzar a avanzar en la dirección correcta.
La resignación, claramente, no es opción. Como afirma el Premio Nobel de la Paz, Muhammad Yunus: “la pobreza y la desigualdad no son condiciones naturales de la sociedad, sino producto de un sistema extremadamente injusto y la falta de visión humanista”.
Más aún, es peligroso el discurso que sostiene la necesidad de que existan la pobreza y la desigualdad para que un país prospere. Tal postura asume que dichos males sociales no solo son inevitables, sino también deseables. Por supuesto, las consecuencias de este mito son potencialmente destructivas como comprueba la Historia.