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La libertad que estamos perdiendo (o que ya perdimos)

Cuando el espacio público deja de ser un lugar de encuentro y se convierte en territorio de riesgo, algo se rompe en el tejido social: se pierde la confianza.
vie 27 marzo 2026 06:01 AM
La libertad que estamos perdiendo (o que ya perdimos)
Las nuevas generaciones crecieron entre noticias de violencia y mensajes de alerta constantes. Y eso deja huella en el ánimo, en la salud mental, en la forma de vincularse con los demás, apunta Verónica Salame. (Foto: iStock)

Una vez más, te saluda tu amiga cincuentona. Y hoy no escribo desde la ironía que a veces nos hace reflexionar, ni desde esa nostalgia ligera que suele arrancarnos sonrisas. Hoy escribo con el corazón un poco roto.

He estado pensando mucho en la palabra libertad. Esa palabra enorme que usamos para tantas cosas y que, sin darnos cuenta, hemos ido diluyendo. La repetimos tanto que parece que ya nadie se detiene a sentir lo que realmente significa.

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Muchas y muchos crecimos creyendo que la libertad era algo sencillo. Era salir a la calle sin miedo y jugar hasta que anochecía. Era regresar a casa cuando se encendían las luces de los postes y saber que el mundo seguía siendo un lugar seguro. Era andar en bicicleta, caminar solos, explorar, equivocarnos, aprender.

No era una libertad perfecta, claro que no, pero había algo esencial que dábamos por hecho: el espacio público nos pertenecía. La calle era un lugar de convivencia, no un territorio de amenaza.

Hoy veo a las nuevas generaciones hablar de libertad desde otros lugares. Desde la identidad, desde la autoafirmación, desde luchas personales profundas y legítimas. Y no, no las juzgo. Me conmueve su capacidad de cuestionar, de nombrarse, de exigir respeto, de buscar coherencia entre lo que son y el mundo que habitan.

Pero me duele (y lo digo con honestidad) que no hayan conocido esa libertad básica que para nosotros era normal: caminar sin miedo.

Hace unos días comentaba algo que me llamó la atención. El tema de los “therians” se volvió viral de forma vertiginosa. En cuestión de horas estaba en todas partes: opiniones, discusiones, burlas, alarmas. Todo el mundo hablaba del tema… y, sin embargo, nadie con quien platiqué había visto uno en ningún lugar. Nadie sabía bien qué estaba pasando, pero ya todos tenían una postura.

Lo dije en voz alta: “Esto me huele a cortina de humo”. Y me dolió pensarlo.

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Me dolió sentir que, mientras discutíamos algo difuso y efímero, en el país ocurrían cosas serias que merecían nuestra atención: violencia cotidiana, familias viviendo con miedo, personas desaparecidas, niños creciendo entre advertencias, reformas y más reformas. Qué triste acostumbrarnos a que lo viral nos distraiga de lo verdaderamente importante.

Las nuevas generaciones crecieron entre noticias de violencia y mensajes de alerta constantes. Y eso deja huella en el ánimo, en la salud mental, en la forma de vincularse con los demás. Cuando el espacio público deja de ser un lugar de encuentro y se convierte en territorio de riesgo, algo se rompe en el tejido social: se pierde la confianza.

Y no, no es que una generación sea mejor que otra; solo nos tocó un país distinto. Y reconocerlo duele.

La libertad no es una tendencia ni un debate pasajero. No es una conversación que sube o baja al ritmo del algoritmo. La libertad es poder caminar por nuestras calles sin miedo. Es que nuestros niños no vivan en peligro constante, aun cuando están de la mano de sus padres, y que una adolescente no tenga que aprender primero a protegerse antes que a explorar.

La libertad es seguridad, tranquilidad y confianza en el entorno. Todo lo demás puede ser conversación, moda, ruido, likes… pero no es libertad.

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Nosotras y nosotros fuimos libres en la calle, mientras que ellos (las nuevas generaciones) están intentando ser libres por dentro. Y eso ya dice mucho, porque cuando el mundo exterior se vuelve hostil, la única libertad posible es interior. No está mal que busquen sentido, que se definan, que se reinventen. Lo que está mal, desde mi punto de vista, es que no puedan simplemente salir a vivir.

Aquí quiero hacer una pausa clara. No podemos seguir normalizando que la conversación pública se desvíe hacia lo anecdótico. No podemos resignarnos a que la libertad sea un concepto filosófico cuando debería ser una experiencia cotidiana. Y esto no es nostalgia; es responsabilidad.

La verdadera conversación generacional no es quién entiende mejor la libertad. Tampoco si antes era más simple o ahora más consciente. La verdadera conversación es cómo la recuperamos juntos. Cómo construimos un país donde la libertad no sea discurso ni aspiración abstracta, sino algo que se vive todos los días al abrir la puerta de casa.

Sí, a veces me gana la tristeza, pero también me sostiene la certeza de que no podemos acostumbrarnos al miedo ni conformarnos con distracciones. Si vamos a hablar de libertad, hablemos en serio. Hablemos, exijamos y construyamos seguridad; es una responsabilidad compartida.

Ojalá que algún día nuestros hijos descubran una libertad que no tenga que explicarse… solo vivirse.

Se despide con el corazón sensible, pero firme, tu amiga cincuentona. Nos leemos en la siguiente.

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Nota del editor: Verónica Salame (Instagram @veronica_salame) es una activista social en pro de la igualdad de género, impulsora del proyecto MuXejeres. Miembro del Women International Zionist Organization (WIZO) y ex presidenta de la mesa de consejo de Children International. Actualmente es Vicepresidenta de la Red Internacional de Mujeres Empresarias y Líderes, RIMEL México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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