Muchas y muchos crecimos creyendo que la libertad era algo sencillo. Era salir a la calle sin miedo y jugar hasta que anochecía. Era regresar a casa cuando se encendían las luces de los postes y saber que el mundo seguía siendo un lugar seguro. Era andar en bicicleta, caminar solos, explorar, equivocarnos, aprender.
No era una libertad perfecta, claro que no, pero había algo esencial que dábamos por hecho: el espacio público nos pertenecía. La calle era un lugar de convivencia, no un territorio de amenaza.
Hoy veo a las nuevas generaciones hablar de libertad desde otros lugares. Desde la identidad, desde la autoafirmación, desde luchas personales profundas y legítimas. Y no, no las juzgo. Me conmueve su capacidad de cuestionar, de nombrarse, de exigir respeto, de buscar coherencia entre lo que son y el mundo que habitan.
Pero me duele (y lo digo con honestidad) que no hayan conocido esa libertad básica que para nosotros era normal: caminar sin miedo.
Hace unos días comentaba algo que me llamó la atención. El tema de los “therians” se volvió viral de forma vertiginosa. En cuestión de horas estaba en todas partes: opiniones, discusiones, burlas, alarmas. Todo el mundo hablaba del tema… y, sin embargo, nadie con quien platiqué había visto uno en ningún lugar. Nadie sabía bien qué estaba pasando, pero ya todos tenían una postura.
Lo dije en voz alta: “Esto me huele a cortina de humo”. Y me dolió pensarlo.