Sin embargo, cuando se observa cómo se deterioran las empresas en la práctica, la historia casi siempre empieza antes. Las empresas no desaparecen porque un día se quedaron sin recursos externos. Desaparecen porque previamente empezaron a perder su capacidad de sostenerse como organizaciones productivas.
Durante mucho tiempo hemos intentado resolver un síntoma visible sin atender la causa estructural. El deterioro empresarial rara vez ocurre de forma repentina. Primero cae la rentabilidad, después se debilita el flujo operativo y más adelante la empresa pierde capacidad de adaptarse a cambios en su entorno. Solo al final aparecen las restricciones financieras visibles. En ese momento el financiamiento suele interpretarse como la solución inmediata, cuando en realidad es la última señal de que el deterioro ya llevaba tiempo acumulándose dentro de la operación.
En el modelo econométrico que desarrollé sobre insolvencia empresarial, la rentabilidad y el flujo operativo mostraron mayor capacidad para anticipar el deterioro de una empresa que cualquier variable asociada al acceso al financiamiento. La liquidez, el endeudamiento, el tamaño de la empresa, su crecimiento y el entorno económico confirmaron ese mismo patrón: el financiamiento aparece después del deterioro, no como su causa.
Y es que, durante años confundimos la falta de financiamiento con la pérdida de capacidad para sostener a las empresas. Una empresa no sobrevive porque consigue recursos externos, sino porque genera utilidades, mantiene orden operativo y conserva margen para adaptarse cuando cambian las condiciones del mercado. El financiamiento puede acelerar el crecimiento, si, pero no puede sustituir la productividad ni corregir debilidades estructurales acumuladas.
Entre 2019 y 2023 nacieron alrededor de 1.7 millones de establecimientos en México y desaparecieron cerca de 1.4 millones. Es decir, casi nacen tantas empresas como las que mueren en el mismo periodo. Esto no es un comportamiento normal para una economía que busca consolidar su tejido productivo. Es una señal clara de fragilidad estructural que revela que el problema no está en la creación de empresas, sino en su capacidad para mantenerse operando.
Estoy seguro que México no tiene un problema para crear empresas; tiene un problema para sostenerlas.