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México y su deuda con el ecosistema emprendedor

El ecosistema emprendedor no necesita otra ronda de retórica inspiracional. Necesita plomería: esa infraestructura silenciosa que no luce en el discurso, pero sin la cual el agua nunca llega.
mar 07 abril 2026 06:03 AM
¿Vas a emprender tu negocio? No hagas caso de estos mitos
México tiene demografía, geografía y, cada vez más, capital. Lo que sigue faltando no es potencial, sino disciplina institucional para convertir ventanas de oportunidad en transformaciones duraderas, apunta Ulrick Noel. (alvarez/Getty Images)

Hay una pregunta que debe quitarnos el sueño a quienes tomamos decisiones en México: ¿estamos construyendo un ecosistema emprendedor capaz de generar riqueza sostenida o apenas administrando la precariedad con buenas intenciones? La respuesta, como casi siempre, depende del horizonte desde el que se observe.

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En el corto plazo el panorama mezcla buenas señales con fragilidades estructurales difíciles de ignorar. Por ejemplo, La Radiografía del Emprendimiento en México 2025 de la ASEM reporta que 73% de los emprendedores desconoce los programas gubernamentales de apoyo y que el 34% no utiliza herramientas digitales de manera cotidiana. No son datos menores: describen un ecosistema donde la distancia entre la política pública y la realidad operativa sigue siendo la regla.

Al mismo tiempo, el capital emprendedor empieza a mandar señales más claras. La capitalización de 4,000 millones de pesos al Fondo de Fondos, vía Nafin y Bancomext, apunta a reactivar la inversión en activos alternativos. México captó 970 millones de dólares en venture capital en 2024 y cerró 2025 con 73 transacciones por 1,518 millones. No es un boom, pero tampoco un repliegue. De hecho, en el segundo trimestre de 2025, las startups mexicanas levantaron 437 millones de dólares y superaron a Brasil por primera vez desde 2012 en capital de riesgo captado en la región. El mensaje es claro: el apetito inversionista no desapareció, pero ahora premia menos la promesa y más la escala, la ejecución y la especialización.

Pero el capital, por sí solo, no construye ecosistema. Sin infraestructura institucional, tiene el riesgo de no generar el máximo impacto. El cierre del INADEM en 2019 dejó un vacío que todavía no se ha llenado, y apenas 21% de los emprendedores encuestados por la ASEM ha recibido algún tipo de apoyo. Aunque iniciativas como el Plan México proyectan inversiones por 277,000 millones de dólares entre 2025 y 2030, su impacto dependerá menos del anuncio y más de la ejecución: incentivos fiscales, desarrollo de talento y certeza jurídica, tres rubros donde México ha sido, por decirlo con suavidad, inconsistente.

La escalada arancelaria de Estados Unidos no elimina la oportunidad de México; la redefine. En un entorno comercial más hostil, México luce menos expuesto que otras economías porque ya forma parte de la arquitectura productiva de Norteamérica. Los casi 41 mil millones de dólares en inversión extranjera directa captados entre enero y septiembre de 2025 y la expectativa de exportaciones por encima de 700,000 millones de dólares en 2026 lo demuestran. Pero esa ventaja puede ser engañosa: sin integración real de empresas nacionales, especialmente pymes, el nearshoring corre el riesgo de traducirse en más ensamblaje que desarrollo, más empleo básico que innovación y más volumen exportador que valor mexicano capturado.

A largo plazo, el debate exige un cambio de paradigma. Las universidades comienzan a asumir un papel más ambicioso: no solo formar talento, sino generar propiedad intelectual comercializable y tender puentes entre investigación y mercado. Modelos como el del Tecnológico de Monterrey buscan construir esa capa intermedia que suele faltar entre la producción de conocimiento y la captura de valor económico. El problema no es conceptual, sino de escala, continuidad y entorno regulatorio.

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También hace falta una conversación más honesta sobre nuestras debilidades productivas. La informalidad sigue siendo el refugio inicial de millones de emprendedores, y cuando ese emprendimiento nace de la necesidad, sin innovación ni expectativas reales de crecimiento, su contribución al desarrollo económico es limitada. Más de 65% de las empresas en México desaparecen antes de cumplir diez años. No es fatalismo; es un diagnóstico.

¿Qué se necesita entonces? En el corto plazo, conectar de verdad los programas existentes con quienes deberían usarlos. En el mediano, profesionalizar el acceso al capital con fondos de fondos más ágiles, regulación que facilite la inversión ángel y mecanismos fiscales que incentiven la reinversión. En el largo, apostar por empresas de base tecnológica surgidas desde universidades, construir redes de mentoría y entender que un ecosistema maduro no se mide por cuántos emprendimientos nacen, sino por cuántos sobreviven, escalan y generan valor acumulativo.

México tiene demografía, geografía y, cada vez más, capital. Lo que sigue faltando no es potencial, sino disciplina institucional para convertir ventanas de oportunidad en transformaciones duraderas. El ecosistema emprendedor no necesita otra ronda de retórica inspiracional. Necesita plomería: esa infraestructura silenciosa que no luce en el discurso, pero sin la cual el agua nunca llega.

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Nota del editor: Ulrick Noel es director nacional del Instituto de Emprendimiento Eugenio Garza Lagüera. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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