Junio, marcado por la celebración del “Día del Padre”, suele transitar con menor intensidad que mayo. Hay menos flores, menos discursos y, sobre todo, menos reflexión pública. Sin embargo, esa aparente discreción revela un fenómeno más profundo, es decir, la paternidad en México sigue siendo socialmente reconocida, pero estructuralmente desdibujada.
Padres presentes, pero ausentes del sistema: la paternidad que la economía sigue ignorando
A diferencia de la maternidad, ampliamente analizada como variable económica y laboral, la paternidad permanece en una zona de ambigüedad institucional. Se espera la provisión, pero no necesariamente la corresponsabilidad. Se reconoce su presencia, pero no se exige su participación activa en el cuidado. Esta disociación no es menor, sino que tiene efectos directos en la productividad, en la organización del trabajo y en la sostenibilidad del modelo económico.
Desde una perspectiva jurídica, México continúa operando bajo un diseño que asigna el cuidado de manera implícita a las mujeres. Las licencias de paternidad son limitadas y, en muchos casos, culturalmente desincentivadas. El mensaje que subyace es claro: el padre puede participar, pero no es indispensable.
Este esquema genera costos acumulativos. Para las empresas, implica gestionar talento bajo supuestos incompletos sobre disponibilidad y carga de trabajo. Para el Estado, perpetúa desigualdades estructurales. Para los hogares, consolida decisiones económicas condicionadas por una distribución inequitativa del tiempo. Y para los propios hombres, limita su integración plena en una dimensión esencial de la vida social y familiar.
La evidencia internacional muestra que cuando la paternidad se incorpora activamente en los esquemas de cuidado, los resultados son medibles; por ejemplo, mayor participación laboral femenina, mejor distribución del tiempo, mayor estabilidad en el empleo y, en consecuencia, mayor crecimiento económico. No se trata de una aspiración cultural, sino de eficiencia sistémica.
Países que han apostado por licencias parentales compartidas, intransferibles y bien remuneradas han logrado modificar comportamientos de manera sostenida. Cuando el derecho genera incentivos claros, la cultura termina por adaptarse. México, en cambio, sigue operando con herramientas normativas limitadas que no alcanzan a transformar las prácticas sociales.
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El sector empresarial comienza a reconocerlo. Algunas organizaciones han avanzado hacia licencias parentales más equitativas, esquemas híbridos y flexibilidad laboral. No es una concesión, sino una estrategia de retención de talento y competitividad en mercados cada vez más exigentes.
Sin embargo, estas prácticas siguen concentradas en ciertos sectores y no responden a una política generalizada. El riesgo es que la paternidad activa se convierta en un privilegio corporativo y no en un estándar social.
El rezago es, en buena medida, institucional. El derecho ha avanzado más lento que la realidad social. Mientras en muchos hogares la paternidad ya se ejerce de forma más activa, las estructuras normativas continúan ancladas en un modelo tradicional que no refleja la dinámica contemporánea.
Junio debería ser más que una conmemoración. Es una oportunidad para replantear el papel de la paternidad en el desarrollo económico del país. Porque mientras el cuidado siga siendo entendido como una responsabilidad secundaria para los hombres, el crecimiento seguirá siendo incompleto.
La discusión de fondo no es simbólica, es estructural. Integrar plenamente a los padres en las dinámicas de cuidado implica rediseñar incentivos laborales, revisar marcos regulatorios y reconocer que la corresponsabilidad no es un ideal cultural, sino una condición económica.
Un país que distribuye mejor el cuidado distribuye mejor sus oportunidades. Si la paternidad deja de ser periférica en el diseño institucional, México no solo avanzará en equidad, sino en competitividad. Porque en última instancia, lo que está en juego no es el rol del padre, sino la capacidad del sistema para sostenerse en el largo plazo.
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Nota del eitor: Alba Yaneli Bello es jueza de distrito en retiro. Síguela en Instagram como @Lalicbello Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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