Un estudio de Oracle (2023) identificó que el 85% de los líderes experimenta presión o fatiga al momento de decidir, en gran parte por la cantidad de información disponible y la necesidad de procesarla en menos tiempo. No es un problema de acceso, el enfoque quizá se hace un lado por ser un problema de saturación donde los datos no son los aliados, sino los acumuladores.
Deja de ser analítica. Se vuelve ejecutiva.
Investigaciones del National Bureau of Economic Research muestran que una parte relevante de las decisiones empresariales ocurre en contextos donde no es posible asignar probabilidades claras a los resultados. No es riesgo en el sentido clásico. Es incertidumbre. Y la diferencia importa: el riesgo se puede modelar, la incertidumbre no. Frente al riesgo, más datos ayudan. Frente a la incertidumbre, más datos pueden simplemente profundizar la parálisis.
Y la incertidumbre no se elimina con más datos.
El criterio es reconocer ese momento. No para ignorar la evidencia, sino para no ser rehén de ella.
El verdadero límite no está en los datos ni en los modelos. Está en la disposición de actuar cuando ninguno de los dos puede garantizar el resultado.
Durante años, las organizaciones invirtieron en reducir esa brecha: mejores algoritmos, mayor capacidad de procesamiento, dashboards más sofisticados. Y valió la pena. Pero el efecto secundario de esa inversión fue sutil y costoso: se fue instalando la idea de que decidir sin certeza era un síntoma de preparación insuficiente, no una condición natural del liderazgo. La certeza se volvió un requisito previo para actuar, cuando en realidad siempre fue, en el mejor de los casos, una ilusión bien construida.
Las organizaciones que entienden eso no buscan eliminar la incertidumbre. Aprenden a moverse dentro de ella sin perder dirección. No porque tengan más información que las demás, sino porque han desarrollado la capacidad de distinguir cuándo los datos siguen siendo el camino y cuándo ya son el obstáculo.
Esa distinción no aparece en ningún modelo. Y es, quizás, la única ventaja competitiva que ninguno va a poder replicar.
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Nota del editor: José Ambe es CEO de LDM. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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