La tensión ya tiene dos laboratorios visibles. Javier Milei ha propuesto convertir a Argentina en un refugio global para la IA, con un marco “sin regulación”, baja tributación y hasta una figura inédita: corporaciones no humanas operadas por agentes de IA o robots. El matiz importa: el llamado “Super RIGI” presentado al Congreso busca atraer inversiones, pero todavía no incorpora plenamente esa figura jurídica. Es decir, la visión está lanzada; la arquitectura legal aún está en disputa.
Europa eligió el otro extremo: la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea es el primer marco integral de IA en el mundo, clasifica sistemas por riesgo, prohíbe ocho prácticas consideradas inaceptables —como puntuación social, manipulación dañina o ciertos usos biométricos— y exige gestión de riesgos, trazabilidad, documentación, supervisión humana, robustez y ciberseguridad para sistemas de alto riesgo. Sus reglas de transparencia aplican desde agosto de 2026; las de modelos de propósito general desde agosto de 2025; y, tras el paquete Omnibus, varias obligaciones de alto riesgo se movieron a diciembre de 2027 y agosto de 2028.
El dilema no ocurre en el vacío. Según el AI Index 2026 de Stanford, la inversión privada estadounidense en IA alcanzó 285,900 millones de dólares en 2025, más de 23 veces la de China; pero la brecha de desempeño entre modelos estadounidenses y chinos prácticamente se cerró: en marzo de 2026, el líder estadounidense aventajaba por apenas 2.7%. La carrera no es solo económica: es científica, militar, cultural y moral.
Por eso, frenar demasiado puede costar caro. La IA ya supera o iguala líneas base humanas en preguntas científicas de nivel doctorado, razonamiento multimodal y matemáticas competitivas; además, las publicaciones relacionadas con IA en ciencias naturales, físicas y de la vida crecieron entre 26% y 28% anual. Ahí vive la promesa: medicamentos, longevidad saludable, energía limpia, nuevos materiales, educación personalizada y abundancia mejor distribuida.
Pero liberar sin dirección también es ingenuo. Stanford reporta que los incidentes documentados de IA subieron de 233 en 2024 a 362 en 2025, mientras los modelos más capaces son cada vez menos transparentes. La potencia sin propósito puede optimizar fraudes, vigilancia, manipulación o dependencia cognitiva.