Para poner esa brecha en perspectiva, vale la pena remontarse a 1980. El ingreso por habitante de México casi duplicaba al de Corea del Sur; hoy, según el FMI, el de Corea del Sur supera por más del doble al de México. Creciendo al ritmo de los últimos años, en torno al 1%, México tardaría más de ochenta años en alcanzar el nivel actual de Corea. Tendrían que pasar tres generaciones para cerrar la brecha.
En cambio, si México lograra crecer al 4% anual, necesitaría poco más de 20 años para ponerse a la par. No obstante, Corea del Sur no se detiene y continúa creciendo casi el doble de rápido, por lo que al ritmo actual de crecimiento la brecha se seguiría ensanchando. La verdadera dimensión del déficit de crecimiento no es que la meta esté lejos, sino que un país que venía detrás terminó tomando la delantera.
La paradoja que me parece más reveladora, y cuestiona una creencia arraigada, es que durante tres décadas México apostó al libre comercio el motor de su desarrollo. Esta apuesta rindió muy buenos frutos: las exportaciones se multiplicaron y el país se integró profundamente a las cadenas de valor globales. Sin embargo, la productividad, la convergencia y la prosperidad que debería permear a todos no siguieron esa misma curva.
El T-MEC, y el TLCAN antes que él, proporcionaron comercio, no desarrollo. Y ahí está la incomodidad de fondo que ninguna renegociación va a resolver: un instrumento comercial no es, por sí solo, una estrategia de desarrollo.
Conviene nombrar esa distinción con precisión, porque ordena el resto del problema. Hay un crecimiento “prestado”, que depende del exterior, de que el entorno empuje. Los ejemplos abundan: un buen año de exportaciones, una ola de inversión o la firma de un tratado favorable. Del otro lado, hay un crecimiento “propio”, que se construye desde adentro. Este crecimiento nace de la productividad, de la formalización del empleo y del capital humano. México ha confiado durante años en el primero, cuando es el segundo el único que de verdad cierra brechas.
No es solo un problema de política pública; es, sobre todo, un problema empresarial. La productividad se construye empresa por empresa, a través de la profesionalización de la gestión, la adopción de tecnología y la apuesta por el talento. Cuando la OCDE observa una baja adopción digital entre las compañías mexicanas, describe una suma de decisiones concretas que cada empresa toma o posterga.
Estas empresas, muchas de ellas familiares, enfrentan exactamente la misma pregunta que el país: ¿esperamos a que el ciclo nos levante o nos responsabilizamos de construir nuestras propias capacidades?
Los países que rompieron su propio techo, sin esperar un golpe de suerte externo, atacaron sus restricciones internas, ya fueran económicas, institucionales o educativas, como Corea del Sur. Un crecimiento del 4% no es una fantasía: es el ritmo que otros sostuvieron cuando decidieron construir su destino desde adentro. México también puede construir ese futuro articulando sus capacidades de gobierno, empresa y academia.
El T-MEC se renegociará en julio, y conviene seguir cada ronda con atención, ya que es un tema muy importante. Pero el acuerdo más relevante que México tiene es consigo mismo. Ese acuerdo no tiene fecha límite ni una contraparte presionando en la mesa de negociación. Quizás por eso nunca se terminé de firmar.
La próxima década de México dependerá menos de lo que se negocie afuera que de lo que por fin se decida construir en casa.
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Nota del editor: Horacio Arredondo es Decano de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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