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Las mil caras de las factureras

En todos los casos, son ideales para ingresar al sistema financiero, como ingresos lícitos, recursos cuyo origen proviene de actividades ilícitas.
facturas falsas
La estafa entre particulares es otra variante de su actuación. Las víctimas caen en el engaño porque los defraudadores entregan contratos formales y CFDIs, lo que da una apariencia de total legalidad, antes de esfumarse. (Foto: iStock. )

Las empresas fantasma o factureras son mecanismos sofisticados de la delincuencia de cuello blanco, por versátiles y multifacéticas. Destacan en la evasión fiscal y el desvío de recursos públicos , pero también se utilizan para otro tipo de delitos, desde el fraude entre particulares, como ocurrió con la Cooperativa Cruz Azul, hasta el lavado de dinero. Encubren identidades y dan la apariencia de legalidad a actividades criminales.

En todos los casos, además, son ideales para ingresar al sistema financiero, como ingresos lícitos, recursos cuyo origen proviene de actividades ilícitas. El blanqueo de capitales es, en la actualidad, su giro principal.

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Su ventaja operativa es que, además de estar constituidas ante fedatario público y tener clave en el Registro Federal de Contribuyentes (RFC), los socios son prestanombres o personas cuya identidad ha sido robada. Los Comprobantes Fiscales Digitales (CFDI) los emiten desde la plataforma del Servicio de Administración Tributaria (SAT) y las transferencias las operan en cuentas bancarias a su nombre. El formato legal existe, aunque las actividades que efectúan son simuladas, o bien, al ser reales, su finalidad es la consumación de delitos de lo más diversos.

Una modalidad es el contrabando. El más emblemático es el huachicol fiscal ; pero las empresas operan otro tipo de mercancías, tanto en exportaciones como en importaciones falsas.

La lógica es muy rentable: las exportaciones en México, como en otros países , están gravadas con el Impuesto al Valor Agregado (IVA) a la tasa de 0%. Si las factureras aparentan que venden productos al extranjero, pueden exigirle al gobierno que les devuelva un impuesto que en realidad nunca pagaron. Crean un rastro de CFDIs y pedimentos aduaneros lo suficientemente complejo para que, cuando el Servicio de Administración Tributaria (SAT) intente auditar y note que las mercancías no existieron, las sociedades ya estén liquidadas y sus dueños (ficticios) hayan desaparecido.

La simulación ha cruzado la línea entre el fraude fiscal y el blanqueo de capitales del narcotráfico. En la década pasada, se destaparon casos en que la delincuencia organizada utilizaba empresas fantasma en el sector minero de los estados de Michoacán y Colima. Tramitaban pedimentos falsos para enviar, supuestamente, toneladas de hierro a China . En realidad, el mineral no salía —o salía en menor cantidad—, pero el artificio servía para justificar transferencias electrónicas multimillonarias desde Asia a cuentas bancarias mexicanas, haciendo pasar dinero de la droga como pago de exportaciones legítimas.

En lo que hace al falseo de importaciones, el esquema consiste en traer a México contenedores repletos de diversas mercancías, declarando en las aduanas mexicanas valores muy inferiores a los reales o modificando la naturaleza de los productos para ubicarlos en una fracción arancelaria que no cause el Impuesto General de Importación, ni el IVA real. Para evitar ser sancionados o sujetos a créditos fiscales, la operación la realiza una empresa fantasma de comercio exterior. Una vez que la mercancía ingresa al país y es distribuida en los mercados informales —es contrabando—, la importadora desaparece de los registros del SAT.

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Dos investigaciones dan cuenta de esta práctica. Uno son las importaciones de productos textiles y calzado con subvaluación masiva , con precios exageradamente castigados. Otro es la adulteración de mezclas de azúcar con carbón activado , en que se declara la importación de ese compuesto y, una vez en México, se separan los componentes y se comercializa el azúcar en forma ilegal. En ambos, la participación de empresas fantasma es clave. Las investigaciones se han topado con cascarones sin activos, domicilios falsos y prestanombres ilocalizables.

La estafa entre particulares es otra variante de su actuación. Las víctimas caen en el engaño porque los defraudadores entregan contratos formales y CFDIs, lo que da una apariencia de total legalidad, antes de esfumarse. De ese modo atraen inversionistas o clientes, o les venden productos que jamás entregan. Una vez pagados los anticipos, el dinero se retira de las cuentas de manera inmediata y las sociedades desaparecen.

En algunas ocasiones, las factureras han defraudado a comercios con falsas promesas de ahorros de energía eléctrica, mediante el cobro del 50% de anticipo para la instalación de paneles solares. Después, los clientes han descubierto que las oficinas comerciales son rentadas por días y las razones sociales, meras fachadas.

Otro descaro se da en la venta de tiempos compartidos, en que grupos delictivos han constituido compañías con nombres similares a corporativos hoteleros reconocidos, ofreciendo paquetes de lujo. Exigen el anticipo vía transferencias y, una vez cobrados, dan de baja las páginas web y vacían las cuentas.

Un caso que ha resonado atañe a la Cooperativa Cruz Azul . La cúpula directiva utilizó el presupuesto de la cementera —patrimonio que pertenece a los socios— para contratar servicios irreales a una red de factureras. La entidad pagaba facturas millonarias por conceptos intangibles y difíciles de comprobar, como consultorías estratégicas, asesorías legales, relaciones públicas y estudios de mercado. Una vez enviado el dinero, se dispersaba rápidamente. Una parte se retiraba en ventanillas bancarias y otra se triangulaba a cuentas de los directivos en el extranjero, sobre todo en paraísos fiscales.

Una modalidad dramática es el tráfico de personas y de armas. El traslado ilegal de migrantes y el contrabando de armamento requieren infraestructura física, como bodegas, camiones, personal y pago de viáticos. Las redes involucran pagos a polleros, proveedores e, incluso, mordidas a policías y otros funcionarios. Las empresas fantasma permiten dispersar estos pagos de manera fragmentada, con honorarios o gastos operativos maquillados, evitando así alertas bancarias por depósitos sospechosos.

Las mil caras de las factureras son codiciosas. Para el crimen organizado no es solo el ahorro de impuestos: es el anonimato financiero de la estructura de un negocio ilegítimo.

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Nota del editor: Luis Pérez de Acha es experto en Derecho Constitucional, Fiscal y Administrativo. Es abogado por la Escuela Libre de Derecho y Doctor en Derecho por la UNAM. Es socio fundador y director del despacho Pérez de Acha e Ibarra de Rueda y socio fundador de la ed-Tech Inteli-iuris, plataforma para la enseñanza jurídica. Síguelo en X como @LuisPerezdeAcha Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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