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El desfalco de las factureras

Las empresas fantasma generan miles de millones de pesos, lo que les permite comprar voluntades políticas, patrocinar campañas electorales y corromper funcionarios de todos los colores.
Empresas fantasma
Las empresas fantasma no son empresas ni son fantasma. Su finalidad no es generar empleos ni riqueza, sino depredar el erario federal y competir ventajosamente con otros agentes en el sector formal de la economía, señala Luis Pérez de Acha.

Desde hace más de 50 años, en México han existido las empresas fantasma, hoy identificadas como factureras. Su propósito inicial fue, y sigue siendo, la destrucción de la Hacienda pública mediante el fraude fiscal, aunque en las últimas dos décadas se movieron al desvío de recursos públicos y al lavado de dinero.

Las empresas fantasma no son empresas ni son fantasma. Su finalidad no es generar empleos ni riqueza, sino depredar el erario federal y competir ventajosamente con otros agentes en el sector formal de la economía. Pero tampoco son fantasma, ya que se constituyen legalmente ante fedatario público, se inscriben en el Registro Federal de Contribuyentes [RFC] y abren cuentas bancarias en el sistema financiero.

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El calificativo de “fantasma” tiene una explicación histórica. Antes de 2014, año en que se implementó la digitalización total del sistema tributario, la expedición de los comprobantes pasó por diversas etapas. En una época, los blocs de facturas se compraban en las papelerías y los contribuyentes llenábamos nuestros datos. No faltaba quien los inventara: se usaban denominaciones o razones sociales de compañías inexistentes, en domicilios y RFC también ficticios. De ahí que se les conociera como empresas fantasma; y a las facturas, como falsas.

Tiempo después se introdujo la obligación de reproducir los comprobantes en imprentas autorizadas. El propósito era frenar su expedición desbocada. Sin embargo, ese control derivó en otro problema: los registros de las imprentas se falseaban también, aunque los comprobantes tuvieran toda la apariencia de validez. Un efecto fue que los datos de las sociedades continuaron inventándose, es decir, que seguían siendo fantasma.

En la actualidad, todos los comprobantes se expiden por medios digitales por internet (CFDI) y utilizando la plataforma del Servicio de Administración Tributaria (SAT). Las autoridades verifican que la información de los contribuyentes sea verdadera. Ello significa que las empresas inscritas en el RFC existen en realidad, aunque los actos consignados en los CFDIs puedan ser simulados. En la mayoría de los casos, los socios también son fantasma, o sea, son prestanombres o personas con identidades robadas. Los verdaderos dueños —los factureros— nunca aparecen en las escrituras constitutivas ni en las bases de datos del SAT.

La osadía de los factureros es impúdica. Hace algunos años se dio la paradoja de que empresas que no estaban constituidas se daban de alta en el RFC. Eran fantasmotas: tenían existencia fiscal, mas no legal.

Con el uso de subterfugios, los folios notariales se falsificaban o eran robados de los protocolos notariales. Con ellos se constituían supuestas sociedades que no contaban con la certificación oficial. Las escrituras daban la apariencia de autenticidad, por lo que el SAT las tomaba como válidas y, al inscribirlas en el RFC, nacían en el mundo fiscal. Por esta razón, las autoridades implementaron procesos para ratificar con los notarios la veracidad de los documentos.

La toxicidad de los factureros llega a niveles de tragicomedia. En el sexenio del expresidente Peña Nieto, se robaron la identidad del entonces jefe del SAT y constituyeron más de 80 empresas fantasma. Lo absurdo fue que los empleados de Hacienda no identificaran el nombre de su patrón y las dieran de alta en el RFC.

Lo mismo sucedió con el expresidente López Obrador. En una Mañanera de septiembre de 2019, denunció que a él y a su esposa les habían robado la identidad para constituir 26 empresas fantasma en Veracruz. Los notarios fingieron desconocer su nombre. La trama se articuló por funcionarios del SAT, quienes dieron como domicilio fiscal el inmueble que albergaba las oficinas de la misma dependencia.

En fechas recientes, a estas empresas se les denomina como fachada; y ahora se ha consolidado el de factureras, haciendo alusión a que su único negocio es “vender” CFDIs que amparan operaciones falsas. Lo mismo sucede con las nomineras, cuyo fin es simular la prestación de servicios especializados a terceros, cuando en realidad se trata de relaciones laborales —trabajadores— que se encubren a través del outsourcing ilegal. De este modo, factureras y nomineras son hermanas siamesas.

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Las factureras, como señalé, han sido útiles para evadir impuestos de manera exponencial. El formato es simple, pero efectivo: emiten CFDIs por gastos correspondientes a actos simulados, que sus clientes hacen deducibles en el Impuesto sobre la Renta (ISR) y acreditables en el Impuesto al Valor Agregado (IVA). La evasión se consuma por la falsedad de las facturas; y porque las empresas fantasma simplemente no pagan los impuestos a su cargo, y luego desaparecen. Así de simple.

El beneficio económico del fraude fiscal se distribuye entre los socios o directivos de los clientes mediante diversos mecanismos; uno de ellos, con transferencias de las ganancias ilícitas a instrumentos opacos en otros países —tan cerca como Estados Unidos— o a múltiples paraísos fiscales en el mundo. Los factureros se quedan con la comisión respectiva. Las variantes de esta modalidad son numerosas, al ritmo de la creatividad de los delincuentes de cuello blanco.

Los factureros cuentan con asesoría profesional de alto nivel: abogados, contadores públicos, financieros y notarios del país. Las empresas fantasma generan miles de millones de pesos, lo que les permite comprar voluntades políticas, patrocinar campañas electorales y corromper funcionarios de todos los colores. Así amplían sus márgenes de maniobra y negocian con impunidad. La sofisticación de los esquemas y las complicidades dificultan su combate efectivo.

Los registros del SAT acumulan miles de millones de pesos evadidos de ISR e IVA, que terminan en las bolsas de los factureros. Un caso reciente es el llamado “El Caballito”, un entramado de empresas fantasma en seis estados del país, con sede principal en Guadalajara, desarticulado por el gobierno de México. El monto involucrado es de 12 mil millones de pesos, equivalente al presupuesto de 2026 para esa dependencia.

En los hechos, las medidas adoptadas por el SAT han inhibido el mercado de las factureras, aunque queda mucho por hacer. Se trata, propiamente, de delincuencia organizada. Su desmantelación debe emprenderse como una decisión de Estado.

De otra manera, los resultados se traducirán en simples trifulcas.

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Nota del editor: Luis Pérez de Acha es experto en Derecho Constitucional, Fiscal y Administrativo. Es abogado por la Escuela Libre de Derecho y Doctor en Derecho por la UNAM. Es socio fundador y director del despacho Pérez de Acha e Ibarra de Rueda y socio fundador de la ed-Tech Inteli-iuris, plataforma para la enseñanza jurídica. Síguelo en X como @LuisPerezdeAcha Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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