Hablar de calidad implica, necesariamente, voltear la mirada hacia donde todo comienza, es decir, el campo mexicano. Lejos del mostrador y de los espacios donde finalmente se sirve, la calidad de un café es resultado del trabajo de las familias cafetaleras de regiones como Veracruz, Chiapas y Oaxaca.
Apostar por el café producido en México significa reconocer el valor de granos 100% arábica, cultivados en condiciones de altura y procesados con cuidado para preservar características como su aroma, cuerpo y acidez. Elegir este tipo de grano debería ser parte de un compromiso más amplio con los consumidores y con quienes participan en su producción.
A diferencia del robusta, orientado principalmente al volumen y con un menor valor comercial para el productor, el arábica requiere procesos de cultivo más cuidadosos. Esta diferencia obliga a pensar en la calidad desde una perspectiva más amplia: no solo desde quien consume, sino también desde la realidad de las familias que trabajan en el campo. Hacer que el café sea más accesible no debería implicar precarizar el trabajo agrícola ni reducir la calidad de la experiencia.
Pero hay una pregunta que la industria debe hacerse: ¿de qué sirve hablar de una bebida de alta calidad si solo una parte de la población puede acceder a ella de manera cotidiana?
El consumo en México continúa transformándose. El café molido gana terreno, aunque el soluble todavía representa 57% del consumo, de acuerdo con datos del USDA Foreign Agricultural Service. Esta tendencia refleja el interés creciente por mejorar la experiencia en la taza. Al mismo tiempo, sondeos de la Procuraduría Federal del Consumidor indican que 43% de las personas que consumen café fuera de casa destinan entre 12 y 30 pesos por vaso.
Estos datos muestran que existe una brecha entre la búsqueda de mayor calidad y la capacidad de pago de los consumidores. El reto para la industria está en encontrar un punto de equilibrio, o sea, ofrecer mejores experiencias sin convertirlas en un producto reservado para unos cuantos.
En este punto, la discusión sobre la accesibilidad adquiere una relevancia particular. La evolución de conceptos como andatti, que nació en 2005, muestra que existe un espacio para acercar el café preparado al momento al consumo cotidiano. Pero el verdadero desafío no está únicamente en ampliar el acceso, sino en hacerlo sin perder de vista el origen y el trabajo que hay detrás de cada taza.
La industria tiene frente a sí una responsabilidad que va más allá del producto final. Democratizar el café implica cuidar cada eslabón de la cadena: reconocer el trabajo de quienes lo cultivan, mantener estándares de calidad y, al mismo tiempo, considerar el presupuesto de quienes lo consumen todos los días.
El futuro del café en México dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para entender que calidad y accesibilidad no tienen por qué ser conceptos opuestos. El crecimiento del consumo puede convertirse en una oportunidad para fortalecer al campo mexicano y para que un mayor número de personas conozca y valore la calidad de lo que se produce en nuestro país.
Democratizar la calidad significa, en última instancia, lograr que el valor del café mexicano se reconozca en toda la cadena: desde la tierra donde se cultiva hasta la taza en la que finalmente llega al consumidor.
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Nota del editor:
Ximena Reynoard es Directora de Foodvenience de OXXO México, donde lidera la estrategia y evolución de la categoría de alimentos y bebidas, desarrollando conceptos que se han convertido en referentes dentro del portafolio de la compañía. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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