La cortina de Venezuela no se subió con manivela, sino a la fuerza. En la madrugada del 3 de enero, un operativo militar estadounidense capturó a Maduro en su propio cuartel y lo mandó a un tribunal en Nueva York, con decenas de muertos en el camino. Dos días después, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina, y once días más tarde anunció la reforma a la ley de hidrocarburos. La firmó el 29 de enero. Washington levantó las sanciones petroleras ese mismo día.
El mundo se asoma porque, tras ocho años de sanciones que borraron a las petroleras grandes del mapa venezolano y frenaron la extracción, este país aún las reservas probadas más grandes del mundo. Para endulzar el crudo pesado, la ley nueva ya no exige que PDVSA sea socio mayoritario, y garantiza por decreto que, si algo sale mal, el gobierno ajusta el contrato para que el inversionista no pierda. Las reservas gigantescas, con garantías así de generosas, han hecho que Chevron, Shell, Eni, Repsol y BP se asomen por el puesto a ver qué se llevan.
Colombia fue durante años la vendedora ejemplar de la nave, no por el volumen de sus productos, sino por tratar bien a sus marchantes. Las buenas prácticas brindaron una producción estable, su Ecopetrol cotizaba en Nueva York y los contratos se cumplían. Colombia no competía por volumen, sino por reputación. Hasta que llegó Petro y dejó de firmar contratos nuevos de exploración. El changarro no cerró de un portazo: se quedó vendiendo lo que ya tenía en bodega. La factura llegó al cierre de 2025: las reservas de petróleo alcanzan para 7.4 años; las de gas, para 5.9, tras caer 16.8% en un solo año, según la Agencia Nacional de Hidrocarburos.
El cambio de dueño en Colombia llegó por las urnas. Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta el 21 de junio y tomó posesión el 7 de agosto, declarando la recuperación de Ecopetrol como una “prioridad definitiva y absoluta”. Fue un discurso de apertura, aunque todavía sin mercancía nueva en el aparador. Ya veremos quién llega a Colombia. Su regreso al mercado no entusiasma como el de Venezuela: allí no hay yacimientos gigantes recién liberados de sanciones. Frente a Venezuela, los terrenos petroleros colombianos lucen más modestos. El mensaje para el mercado global es que el riesgo político en la región ya no vive solo en los regímenes inestables. También habita en democracias tranquilas, donde puede activarse con una elección, no con un golpe.
Mientras tanto, en México nadie ha vuelto a subir la cortina desde 2019. No es que falte quien quiera comprar mercancía nueva sino que los que administran el changarro no parecen interesados en vender. Pemex sigue cargando una de las deudas más pesadas de cualquier petrolera del mundo y produce menos que antes.
El único intento reciente de abrir la puerta al capital privado son los contratos mixtos. Ya van nueve firmados y ninguno ha sumado un solo barril a la producción nacional en casi un año. El problema es a quién le interesó la mercancía. Al puesto solo se asomaron operadores chiquitos y locales a quienes Pemex les debe mucho dinero y así los obligó a poner el cien por ciento del capital mientras éste se queda con 40% de la participación económica. México le ha puesto candados a su puesto en el mercado.
Los marchantes no se van a quedar esperando a que México decida si quiere vender. Van a seguir caminando, cartera en mano, hacia los puestos donde sí hay alguien detrás del mostrador. Nadie va a sacar a México del mercado petrolero regional. México va a hacerlo solo, con la cortina abajo y las luces apagadas, mientras el resto de la nave se queda con la clientela.