La banca tradicional ha construido históricamente su propuesta de valor, en gran medida, alrededor de redes físicas. Eso tiene sentido para ciertos perfiles de clientes, pero también implica costos operativos relevantes: rentas, manejo de efectivo, mantenimiento, personal en sitio y procesos que, aunque necesarios, consumen margen. Por eso, en los modelos más grandes, las decisiones suelen inclinarse hacia segmentos con mayor volumen y estandarización, como ciertos créditos de consumo o corporativos.
En ese proceso, frecuentemente quedan como “no prioritarias” las necesidades de las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs), que son un motor fundamental de la economía. Para un banco con procesos muy intensivos y tiempos de análisis más largos, revisar expedientes caso por caso puede resultar complejo y poco eficiente.
De acuerdo con datos del INEGI, las micro, pequeñas y medianas unidades económicas concentraron 70.7% del personal ocupado y generaron, en conjunto, alrededor de 56.5% de los ingresos de las unidades económicas consideradas. Justo en este punto se evidencia que la escala física no es el factor decisivo. La tecnología permite lograr rentabilidad sin depender de grandes estructuras, apoyándose en dos palancas: costos marginales bajos y mejor toma de decisiones mediante datos. Por ejemplo, la banca digital y las operaciones en canales remotos reducen significativamente el costo por transacción. De acuerdo con McKinsey & Company, es 95% más barato realizar operaciones en aplicación (0.03 USD) frente a ventanilla (0.65 USD).
A la par, la automatización y la analítica de datos ayudan a acelerar la evaluación de riesgo. Determinar si una empresa es candidata a crédito ya no tiene que implicar semanas de papeleo o procesos excesivamente largos. Con analítica de datos avanzada y lectura de información transaccional en tiempo real, es posible entender la salud del negocio en menos tiempo. Esto no solo mejora la experiencia del empresario, sino que contribuye a mantener la calidad de cartera y gestionar el riesgo de forma más consistente.
En el primer trimestre de 2026, había 85.9 millones de usuarios realizando transferencias mediante banca por internet y se efectuaron casi 423 millones de transferencias interbancarias durante el periodo. Esto refleja una preferencia clara por la inmediatez, la simplicidad operativa y la eficiencia en el servicio.
Al enfocarnos en segmentos clave —como las PyMEs— con productos diseñados a la medida, la competencia deja de ser únicamente por “cuántas cuentas” se acumulan y pasa a ser por cómo se entiende el riesgo, cómo se fija una tasa justa y cómo se construye una relación de largo plazo con un margen neto de intereses saludable.
En síntesis, el mercado actual no exige necesariamente más sucursales de concreto: lo que demanda es velocidad, flexibilidad y soluciones útiles para el empresario. La escala tradicional puede aportar volumen; pero la especialización digital aporta margen, porque hace más eficiente cada operación.
El futuro de la banca no se define solo por el número de sucursales o empleados, sino por la capacidad de hacer rendir cada peso con agilidad, precisión y enfoque.