Lo que ocurrió ahí fue una especie de ajuste de visión colectivo. Durante mucho tiempo, el fintech latinoamericano vivió en un mundo donde “superar al banco” parecía una estrategia en sí misma. Y tenía sentido: los bancos no eran competitivos en muchas verticales, no querían, o no podían, servir a ciertos segmentos, y estaban limitados para moverse hacia territorios como wallets, crypto o servicios digitales más flexibles. Eso abrió una avenida enorme para startups que sabían escuchar al usuario, diseñar mejor experiencia y correr más rápido. Fue la era del UX, del onboarding perfecto, de las soluciones verticales para restaurantes, clínicas veterinarias, ferreterías o tiendas de conveniencia que los bancos simplemente no atendían.
Pero mientras escuchaba al panel, quedó claro que ese mundo ya no existe. No porque los fintech hayan perdido relevancia, sino porque los bancos ya no son los bancos de 2016. Aprendieron a competir. Se modernizaron. Invirtieron en experiencia, en omnicanalidad, en productos digitales que ya no se sienten como parches, sino como herramientas nativas. La guerra del UX se terminó porque todos aprendieron las mismas armas. Lo que viene ahora es distinto, más profundo y más desafiante.
La clave ya no está en ganarle al banco en interfaz. Está en construir aquello que ni siquiera los bancos han resuelto: infraestructura. En el panel, una frase regresaba de distintas maneras: la data dejó de ser un subproducto del sistema financiero; es el sistema financiero. Y sin embargo, seguimos operando como si la información fuera peligro puro, como si compartirla fuera abrir la puerta al fraude. En América Latina, persuadir a un usuario de que otorgue acceso a sus datos financieros es casi un acto filosófico, no tecnológico. Durante décadas les enseñamos a protegerse del sistema. Ahora debemos explicarles cómo el sistema puede protegerlos mejor si permitimos que la información fluya de manera segura, verificable, trazable.