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De la experiencia al sistema: la innovación fintech que veremos en 2026

La clave ya no está en ganarle al banco en interfaz. Está en construir aquello que ni siquiera los bancos han resuelto: infraestructura.
jue 15 enero 2026 05:58 AM
De la experiencia al sistema: la innovación fintech que veremos en 2026
La primera ola del fintech fue brillante y accesible. La segunda será silenciosa, técnica y menos agradecida mediáticamente. Pero será la que realmente cambie las reglas del juego para millones de personas, considera Fabrice Serfati. (Foto: iStock)

TechWeek México tiene esa capacidad de reconfigurar la conversación. No por las demos, ni por las frases optimistas que llenan los auditorios, sino por esos momentos donde alguien dice algo que rompe la inercia de la industria. A finales del año pasado, para mí, ese momento llegó en IGNIΑ Insight Sessions, en una charla que moderó mi socio, Álvaro Rodríguez Arregui, junto a cuatro fundadores que han vivido, y sobrevivido, varias oleadas de innovación fintech: Iñigo Rumayor de Monato, Antonia Marino de Kontempo, David Poritz de Banco Covalto y Anabel Pérez de Novo Payments.

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Lo que ocurrió ahí fue una especie de ajuste de visión colectivo. Durante mucho tiempo, el fintech latinoamericano vivió en un mundo donde “superar al banco” parecía una estrategia en sí misma. Y tenía sentido: los bancos no eran competitivos en muchas verticales, no querían, o no podían, servir a ciertos segmentos, y estaban limitados para moverse hacia territorios como wallets, crypto o servicios digitales más flexibles. Eso abrió una avenida enorme para startups que sabían escuchar al usuario, diseñar mejor experiencia y correr más rápido. Fue la era del UX, del onboarding perfecto, de las soluciones verticales para restaurantes, clínicas veterinarias, ferreterías o tiendas de conveniencia que los bancos simplemente no atendían.

Pero mientras escuchaba al panel, quedó claro que ese mundo ya no existe. No porque los fintech hayan perdido relevancia, sino porque los bancos ya no son los bancos de 2016. Aprendieron a competir. Se modernizaron. Invirtieron en experiencia, en omnicanalidad, en productos digitales que ya no se sienten como parches, sino como herramientas nativas. La guerra del UX se terminó porque todos aprendieron las mismas armas. Lo que viene ahora es distinto, más profundo y más desafiante.

La clave ya no está en ganarle al banco en interfaz. Está en construir aquello que ni siquiera los bancos han resuelto: infraestructura. En el panel, una frase regresaba de distintas maneras: la data dejó de ser un subproducto del sistema financiero; es el sistema financiero. Y sin embargo, seguimos operando como si la información fuera peligro puro, como si compartirla fuera abrir la puerta al fraude. En América Latina, persuadir a un usuario de que otorgue acceso a sus datos financieros es casi un acto filosófico, no tecnológico. Durante décadas les enseñamos a protegerse del sistema. Ahora debemos explicarles cómo el sistema puede protegerlos mejor si permitimos que la información fluya de manera segura, verificable, trazable.

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Y ahí está uno de los grandes dilemas de 2026: no necesitamos mejores pantallas, necesitamos mejores tuberías. La capacidad de que la data viaje con seguridad, que los sistemas conversen entre sí sin fricción, que la información deje de quedar atrapada en silos, es lo que realmente permitirá crear servicios financieros más personalizados y más accesibles. Lo paradójico es que esta segunda ola no se ve. No es glamorosa. No gana premios de diseño. Pero es la que va a determinar quién sigue en pie durante la próxima década.

Hubo otro momento que me golpeó con especial claridad: cuando se habló del crédito en México. Aquí no basta con buenas tecnologías ni con modelos de riesgo más sofisticados. Nuestra estructura crediticia está sostenida por una realidad que pocas veces se menciona abiertamente: en México, el proveedor es el prestamista. Es decir, la cadena productiva funciona porque alguien, no un banco, financia al siguiente eslabón. Esa lógica comercial sostiene miles de negocios, pero también limita profundamente la modernización del crédito. Mientras el riesgo y el financiamiento sigan recayendo en relaciones comerciales y no en modelos institucionales, cualquier avance tecnológico será marginal.

La conversación sobre tokenización también se volvió más realista de lo que suele serlo. Tokenizar un edificio es fácil; tokenizar las escrituras, no. La tecnología ya permite dividir activos, dar liquidez y crear mercados alternativos. Lo que no permite, todavía, es reescribir la complejidad institucional detrás de un acta notarial, un registro público o un marco regulatorio fragmentado. Y sin embargo, es justamente ahí donde debe ocurrir el próximo salto.

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Cuando Álvaro cerró el panel, me quedé pensando en lo evidente que se vuelve lo invisible cuando alguien lo nombra. Llevo años viendo founders obsesionarse con la pantalla que ve el usuario, con el color del botón, con la fricción del onboarding. Pero este panel confirmó una intuición que los que estamos en ese mundo teníamos: el futuro del fintech no está adelante, está debajo. No se juega en la capa visible del producto, sino en la conversación profunda sobre cómo circula la información, cómo se asigna el riesgo, cómo se construyen incentivos y cómo se articulan nuevas infraestructuras.

La primera ola del fintech fue brillante y accesible. La segunda será silenciosa, técnica y menos agradecida mediáticamente. Pero será la que realmente cambie las reglas del juego para millones de personas en la región.

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