No era un problema de incompetencia. Era un choque entre dos cosas correctas. Y casi nadie en esa mesa —yo incluido— había sido entrenado para lo único que hacía falta: sostener las dos a la vez el tiempo suficiente para encontrar el punto en el que ambas se pueden servir.
Conviene mirar cómo terminan esos choques, porque no terminan igual. Cuando la tensión es alta y se administra, se llega a algo imperfecto pero defendible. Y cuando se colapsa en un solo polo, el resultado puede ser peor en las dos dimensiones a la vez.
El Hoy No Circula es el ejemplo de manual. Se optimizó una variable y la gente respondió comprando un segundo coche, más viejo y más contaminante que el primero. El estudio de Lucas Davis en el Journal of Political Economy no encontró mejora alguna en la calidad del aire: unos 325 mil vehículos adicionales, en su mayoría usados, y ningún beneficio ambiental. No falló la intención. Falló la incapacidad de sostener las dos variables al mismo tiempo.
Años después reconocí la misma escena en la iniciativa privada: finanzas contra operaciones, crecimiento contra riesgo, comercial contra jurídico. Dirijo un colegio, y decidir qué se vende en la tienda escolar es exactamente el mismo dilema en miniatura: la salud de los alumnos de un lado, un ingreso real y una demanda real del otro. No existe una versión de esa decisión en la que nadie pierda algo.
Traigo esto a una conversación de negocios por una razón. Lo único que no cambió es el objeto: seguimos educando personas. Y precisamente porque todo lo demás se aceleró, el criterio de esa persona dejó de ser un adorno para volverse el activo escaso.
Pero no cualquier criterio. El que falta es muy específico: la capacidad de sostener una tensión entre dos bienes legítimos sin colapsarla en un bando. No aparece en ningún plan de estudios.
El origen es estructural y empieza temprano. La escuela parte el mundo en materias, cada una con su respuesta correcta y su examen. En doce años de escolaridad casi nunca se le pide a un alumno poner dos bienes legítimos sobre la mesa y decidir cuánto de cada uno. El mundo real no tiene esa cortesía.
La universidad profundiza el compartimento y lo llama disciplina. El egresado sale sabiendo defender su posición mejor que nadie. No sale sabiendo negociar con otra.
Y la empresa completa la obra. Divide en áreas, le asigna a cada una un indicador y después se sorprende de que cada una lo persiga. El director comercial es racional cuando empuja volumen. El de riesgos es racional cuando lo frena. Los dos hacen bien su trabajo y la organización se parte en dos. Nadie diseñó esa fractura: la heredamos de la forma en que a todos nos enseñaron a pensar.