Mi primer Tamagotchi es un Original Gen 3 que conserva esa esencia tradicional con un guiño deliberado al pasado. En un momento en que todo busca pantallas grandes, alta resolución y controles táctiles, este aparato apuesta por el fondo gris, la mascota en píxeles y tres botones como único método de navegación.
Su carcasa cabe por completo en la palma de la mano, conserva la forma de huevo y trae integrada una cadena para colgarlo de la mochila o las llaves, tal como el modelo original de los noventa. Bandai sí ofrece versiones a color para quien prefiere una experiencia más moderna, como Tamagotchi Pix, con cámara y pantalla táctil, o Tamagotchi Uni, con conexión wifi, pero el Gen 3 elige la fidelidad al diseño de 1996.
Mi ejemplar es una edición especial que viste de ángel, con un aro sobre la cabeza y un par de alas pequeñas que lo distinguen del resto de la línea; ese disfraz retoma, de hecho, al Tamagotchi Angel, uno de los primeros spin-offs temáticos que Bandai lanzó en 1998.
Cada personaje permanece contigo entre cuatro días y una semana, nace de un huevo, pasa por una etapa de bebé, después de niño y finalmente llega a una forma adulta. Cuando esa etapa final termina, el personaje se va y aparece la opción de empezar con uno nuevo.
El primer día exige atención constante, el aparato avisa con frecuencia que tiene hambre, que quiere jugar o que necesita que limpies su espacio. Si lo ignoras demasiado tiempo, se enferma y debes medicarlo. Esa demanda baja conforme el personaje evoluciona y crece, hasta volverse casi autónomo en sus últimos días.
Aunque esta versión es muy cercana a la original, una de las diferencias es que en el Gen 3 el personaje no muere, solo se enferma si le das demasiados dulces o si lo espantas al apagar la luz. En cualquiera de esos casos, basta con darle medicamento para contrarrestarlo.