El economista Angus Deaton prefirió mirar hacia el futuro. Después de ganar el Nobel de Ciencias Económicas en 2015, colocó el dinero en su fondo de jubilación.
Cuando The Guardian le preguntó qué pensaba hacer con él, respondió que planeaba “gastarlo a lo largo de los siguientes años, sean los que sean”. En lugar de una compra inmediata, convirtió la recompensa en una reserva para su retiro.
Algo distinto significó el premio para Elfriede Jelinek. La escritora austríaca, Nobel de Literatura de 2004, respondió “independencia financiera, por supuesto” cuando le preguntaron qué representaba para ella haber ganado.
Otros ganadores ni siquiera conservaron la mayor parte de la recompensa. Paul Greengard utilizó todo el dinero de su Nobel de Medicina de 2000 para crear el Pearl Meister Greengard Prize, nombrado en honor a su madre y destinado a reconocer a mujeres destacadas en investigación biomédica.
La filantropía también aparece fuera del ámbito científico. Barack Obama destinó los 1.4 millones de dólares que recibió con el Nobel de la Paz de 2009 a diez organizaciones sin fines de lucro vinculadas con becas universitarias, alfabetización y apoyo a familias de pacientes, entre otras causas. Samuel Beckett había tomado décadas antes una decisión mucho más cercana: el Nobel de Literatura de 1969 repartió su premio entre amigos y allegados que atravesaban dificultades económicas.
Dmitry Muratov llevó el valor de su reconocimiento todavía más lejos, aunque mediante una vía distinta al dinero que recibió originalmente. El Nobel de la Paz de 2021 puso en subasta su medalla física y obtuvo 103.5 millones de dólares, que fueron destinados a ayudar a niños refugiados ucranianos.