OPINIÓN: Donald Trump está increíblemente celoso de una persona

El republicano ama el haber ganado las elecciones, ¿quién no lo haría?, pero parece estar increíblemente celoso de una persona en este momento.
Presidente electo de EU  Analistas señalan que Trump ama el haber ganado las elecciones, pero parece no gustarle lo que viene con el cargo: vivir en la Casa Blanca, recibir informes de inteligencia, deshacerse de sus negocios comerciales.  (Foto: Cortesía)
RACHEL SKLAR

Nota del editor: Rachel Sklar es una escritora, residente de Nueva York, cofundadora de Change the Ratio, cuya meta es incrementar la visibilidad y las oportunidades para las mujeres en la tecnología y los nuevos medios, y de TheLi.st, una cadena y plataforma de medios para mujeres. Fue voluntaria en la campaña presidencial de Hillary Clinton. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(CNN) - Incluso el más acérrimo demócrata ve que a Donald Trump le va de maravilla.

Es rico, poderoso y ha sido elegido presidente los Estados Unidos de América.

Seguramente él ya no sea tan joven como alguna vez lo fue cuando alardeó acerca de tomar a las mujeres por su... ¿cómo era esa palabra?

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O cuando fue muy rígido en contra de trabajadores polacos indocumentados, o cuando hizo publicar páginas enteras clamando por el regreso de la pena de muerte en Nueva York, azuzando el miedo al invocar un crimen del cual cinco adolescentes afroamericanos fueron luego exonerados por la evidencia del ADN. Trump no tiene los pómulos de Milo Ventimiglia o el sex appeal de Idris Elba o los dedos de Michael Fassbender.

Pero acaba de ser elegido presidente y, aunque me duela al escribir estas palabras, líder del mundo libre. Y aún no puedo evitar pensar en que Trump está increíblemente celoso de una persona en este momento: Hillary Clinton.

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Ella puede no haber roto ese techo de cristal, pero sí rompió la meta de su sueño: no ser presidenta. Aún más, se las arregló para no ser presidenta aún ganando el voto popular por un gran margen. Ese es la clase de perdedor al que Trump calificaría de "ganador", si le hubiera tocado él. Y ¡oh! parece desear que así hubiera sido.

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¿Cómo más se le puede llamar a alguien con 306 votos electorales a la fecha aún tuitea sin ninguna justificación que "millones de personas votaron de forma ilegal" y que eso le habría costado el voto popular? ¿No es este acaso un ganador con dolor?

Seguro, Trump ama el haber ganado las elecciones, ¿quién no lo haría?, pero parece no gustarle lo que viene con el cargo de presidente: vivir en la Casa Blanca (no con mucho oro), recibir informes de inteligencia (no suficiente de Ivanka), deshacerse de sus negocios comerciales (¿ahora? ¿cuando finalmente él puede deshacerse de esas plantas eólicas? De ninguna manera).

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Parece claro que Trump nunca contempló realmente lo que significaría ser presidente (periodistas políticos aseguraron que sus aliados más cercanos no estaban seguros que él lo quisiera, y durante la campaña hubo incluso especulaciones que renunciaría si ganaba, lo que el mismo Trump nunca negó).

¿Pero ganar el voto popular y de forma arrolladora? Bajo ese escenario, Trump tendría la libertad de enarbolar la victoria sin cambiar nada de su vida. E incluso mejor, tendría una razón para hacerse la víctima, emergiendo como el héroe que le pone límites a un sistema amañado (el rol para el que realmente se preparó).

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En vez de pretender que disfruta el gastar tiempo de calidad con Reince Priebus, podría llamar a los programas de la mañana y tuitear sin mencionar a Hillary Clinton, deleitándose con toda la cobertura mediática sin ser acusado de desestabilizar los mercados mundiales o de desgarrar el tejido mismo de la democracia.

Dado esto, podemos decir que preferiría estar haciendo eso, porque lo hace de todas formas. Trump está tan conmocionado con la votación popular de Clinton que, como el cada vez mejor papel de Penélope interpretado por Kristen Wiig en Saturday Night Live, reclama que su victoria por esa vía hubiera sido incluso más popular.

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Está tan molesto con el llamado a recuentos en Wisconsin, Pensilvania y Michigan, que proclama que su votación también estaba amañada (incluso aún cuando sabes que él (sí, él) ganó). No necesita de apestosos científicos informáticos, de sus modelos estadísticos y de márgenes de menos del 1%, y definitivamente no necesita a molestos hackers rusos. Él también es una víctima. ¡Y los miembros del elenco de Hamilton son una manada de viejos matones!

Pero como Trump está aprendiendo, es diferente el hacer todo esto como presidente electo. Incluso aunque eso lo pueda distraer momentáneamente de su nido de plumas, se encuentra aún bajo escrutinio por cosas que piensa que son perfectamente razonables, como el traspasar la dirección de sus negocios a sus hijos adultos y presentarlos a los líderes mundiales o alegar un fraude de votantes a gran escala sin ningún fundamento. Y también tiene que manejar a Kellyanne Conway y Rudy Giuliani, quienes le están enviando mensajes no del todo codificados a través de los medios, donde saben que es más probable que los vea.

Mientras tanto, Clinton está dando caminatas, yendo a librerías, recibiendo el amor del público y... dando más caminatas. Con la excepción de las caminatas y las visitas a las librerías, apuesto a que Trump pensaría que eso suena muy bien.

Por supuesto, no hay argumento real acerca de que Trump haya cambiado su vida en aspecto alguno, o tenga planes para hacerlo. Le dijo al New York Times que los conflictos de interés no aplicaban para él como presidente (una lectura tan generosa de la Constitución que puede ser completamente equivocada, pero eso no parece importarle).

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Y, por supuesto, como presidente electo está trabajando con un marco de referencia para los próximos años, el cual se ajusta con lo que le gusta (crear dramas con sus elecciones de gabinete, también conocidos como ¡finalistas!, planear una gran fiesta en su honor (la de la posesión), anunciar un muy teatral primer día en funciones y luego imaginarse los divertidos titulares de sus primeros 100 días en la Oficina Oval cuando el tendrá que hacer cosas tan divertidas como nominar a un juez de la Corte Suprema.

Pero eso es lo fácil, lo que puedes planear. Las decisiones son duras si te tomas el tiempo suficiente para pensar en ellas, sopesarlas y realmente considerarlas. Si, no obstante, estas son un inconveniente para tu dieta de noticias por cable y las charlas amistosas con tus socios de la India, entonces tendrás que delegar, apostar o improvisar.

Lo otro no será así de fácil, o de divertido. Es la clase de cosas que necesita informes de seguridad, elección de un gabinete competente y experimentado y una banca sólida de servidores públicos con charreteras que sean la clave para el funcionamiento diario del gobierno.

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Es lo que te hace ser presidente y comandante en jefe. Es lo que Hillary Clinton ha estado garabateando en las márgenes de sus libros de informes probablemente desde el 2008, si no desde los 90s. Pero esta es la administración de Trump, y estas son decisiones (¡Muchas!) que le cabrán todas a él.

Donald Trump, heredero directo de tanto y por tan largo tiempo, hereda ahora la carga del desempeño, la urgencia y la expectativa. Muy pronto, él va a tener que comenzar a hacer cosas. De lo contrario, el pueblo estadounidense volteará su enorme arma contra él en cuatro años y le dirá: ¡Estás despedido!

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Y, mientras tanto, Clinton vigilará, evaluará, se arqueará una ceja y probablemente lo encuentre a la espera. Y, en algún punto, le dejará saberlo. Ella también tiene una cuenta de Twitter, y un mandato. Ella, después de todo, ganó el voto popular.

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