OPINIÓN: Trump siempre ganará aunque rompa sus promesas de campaña

El presidente electo de EU puede presentarse a sí mismo como el campeón de los trabajadores incluso cuando los traiciona con el nombramiento de su gente cercana.
Trump permanece comprometido a un plan fiscal que hace mucho por los multimillonarios y muy poco para la gente común.
Trump  Trump permanece comprometido a un plan fiscal que hace mucho por los multimillonarios y muy poco para la gente común.  (Foto: EFE)

Nota del editor: Yascha Mounk es profesor en la Universidad Harvard y miembro de New America. Él es el autor de Stranger in My Own Country: A Jewish Family in Modern Germany y escribe una columna para Slate. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — El gabinete de Donald Trump toma forma lentamente y sus miembros parecen representar una mezcla incoherente de ideologías. Por un lado, están las figuras radicales como Steve Bannon cuyas opiniones sobre la raza e inmigración están lejos de lo usual para los republicanos. Por otro lado, hay multimillonarios y CEOs como Rex Tillerson, Andrew Puzder y Steve Mnuchin quienes probablemente implementarán una versión sobrealimentada de la ortodoxia económica republicana.

Es tentador pensar que estos dos grupos son demasiado distintos para gobernar unidos efectivamente. ¿No tendrán disputas a cada instante?

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No necesariamente. Lo que parece a primera vista como una profunda contradicción puede en realidad sugerir una estrategia sorprendentemente coherente: las elecciones para el gabinete de Trump indican un plan para dar a sus electores lo que piden en términos de asuntos de raza, identidad e inmigración, incluso mientras ignora sus intereses sobre impuestos, cuidado de la salud y derechos.

Puede que funcione.

Para los oídos estadounidenses, la mezcla de Trump entre políticas populistas en los asuntos sociales y políticas plutócratas en los asuntos económicos puede sonar, como otros han descrito, como una bocanada de aire fresco. Pero ha sido una base del populismo desde sus inicios. En la república romana, los patricios populares prometían a su base proletaria beneficios económicos inmediatos; cuando no podían cumplir, mantenían su coalición dispar aumentando los conflictos tanto en casa como en el extranjero.

En campaña, Trump se opuso a los musulmanes y mexicanos, prometió una postura fuerte contra Irán e ISIS y presentó el voto electoral por minorías étnicas como un gran problema. Así que no debería sorprender que eligiera a Steve Bannon, cofundador de la cloaca racista que tiene por nombre Breitbart, como jefe de estrategias de la Casa Blanca; a Mike Flynn, un hombre impaciente por la guerra global contra el Islam, como asesor de seguridad nacional; y Jeff Sessions, un hombre que, mientras era fiscal general de Alabama, intentó condenar a líderes de derechos civiles que registraban a los votantes negros bajo cargos de fraude electoral (ellos fueron absueltos y el juez desestimó más de la mitad de los cargos por falta de evidencia).

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Al mismo tiempo, Trump también prometió “drenar el pantano”, haciendo del Partido Republicano el campeón del trabajador en lugar de Wall Street o de los intereses corporativos. Aun así, su gabinete vale un estimado de 14,000 millones de dólares, mientras que su secretario de trabajo se opone al alza del salario mínimo y ha presumido sobre automatizar empleos.

Algunos comentaristas liberales encuentran consuelo en estas tensiones. Dado la manera descarada con la que Trump está abandonando su promesa de servir a los intereses de los trabajadores, dicen, su base seguramente esté a punto de abandonarlo.

Ellos tienen razón en que no se ve bien para Trump el nombrar a ejecutivos de Goldman Sachs después de fustigar a Hillary Clinton por dar discursos secretos ahí, o llenar su gabinete con multimillonarios después de prometer defender a la gente común. Sin embargo, se equivocan al concluir que los seguidores de Trump sin duda le darán la espalda.

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La mayoría de los votantes encuentran increíblemente aburrida la política económica. Como resultado, los presidentes pueden llegar a la reelección gracias a un boom económico por el cual no trabajaron, o perder desastrosamente gracias a una crisis contra la que pelearon valientemente con todas las armas a su disposición. Si Trump disfruta de un buen periodo económico, o si prevalece sobre la Reserva Federal para inducir un impulso artificial antes de las elecciones de 2020, los votantes probablemente le den el crédito incluso si sus políticas no hicieron mucho al respecto.

Trump también puede aprovechar temas no relevantes en comparación para hacerse ver como el campeón de los trabajadores incluso cuando los traicione en asuntos mucho más importantes. Las últimas semanas ya han mostrado qué tan poderosa es esta estrategia. Trump permanece comprometido a un plan fiscal que hace mucho por los multimillonarios, incluyendo a sus elecciones para el gabinete, y muy poco para la gente común. Pero la historia económica más sonada desde las elecciones ha sido sobre sus intentos de detener que las grandes corporaciones eliminen empleos.

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Hoy cuando pase por una televisión, el titular que resplandecía en la pantalla no era: “¿EL PLAN FISCAL DE TRUMP VENDERÁ A LOS TRABAJADORES?” Era: “¿TRUMP SALVARÁ 3000 EMPLEOS?”

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Eso no es todo. Bill Clinton ganó las elecciones de 1992 famosamente por seguir el consejo de su asesor de campaña, “es la economía, estúpido”. En tiempos normales, cuando las pasiones sobre la raza o el terrorismo no influyen, este puede ser un buen consejo. Pero ahora vivimos en tiempos extraordinarios, donde las pasiones son extremadamente altas, en parte porque Trump las ha avivado expertamente. Así que no debería ser una sorpresa que Hillary Clinton perdiera las elecciones a pesar de que venció al presidente electo por un amplio margen entre los votantes cuya principal preocupación era la economía.

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