OPINIÓN: El nuevo tono de Donald Trump esconde las mismas viejas mentiras

A pesar de su discurso sobre la crisis de la ley y el orden y el ciclo de la violencia, el presidente estadounidense no ha abordado las causas de la violencia ni ofrecido soluciones.
Sin cambios  A pesar de su nuevo tono, el presidente Donald Trump continúa promoviendo una visión distorsionada de Estados Unidos, aseguran analistas.  (Foto: AFP)
AUSTIN SARAT

Nota del editor: Austin Sarat es vicedecano y profesor de la cátedra William Nelson Cromwell de Jurisprudencia y Ciencias Políticas de la universidad Amherst College. Escribió "Gruesome Spectacles: Botched Executions and America's Death Penalty". Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) – En el discurso del martes ante el Congreso, Donald Trump parecía determinado a cambiar su tono y sonar presidencial. Pero su supuesto cambio no disimuló su reiteración de los temas desplegados en su campaña y en su discurso inaugural. El presidente siguió recordando a sus oyentes que el país que ahora dirige es “un desastre, en casa y en el extranjero, un desastre”.

La noche del martes no fue diferente, pues nuevamente recitó una letanía de los problemas que heredó de su predecesor. Describió a una nación asediada por el desempleo masivo, la pobreza, el endeudamiento y "una serie de trágicos desastres en política exterior".

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Puso especial énfasis en los delitos violentos, pidiendo al Congreso que trabajara con él para romper lo que llamó "el ciclo de la violencia".

Y, como lo ha hecho con tanta frecuencia, señaló a Chicago -una ciudad que se ha convertido para él en una metáfora del colapso de la ley y el orden- y reforzó las declaraciones que hizo el lunes ante los gobernadores del país: “Miren lo que está sucediendo en nuestras ciudades", dijo Trump a esa audiencia. "Miren lo que está sucediendo en Chicago. ¿Qué está pasando en Chicago?"

Si uno creyera las declaraciones de Trump ante los gobernadores, ante el Congreso y ante el mundo, el Chicago de Trump estaría peor hoy que en los famosos años 20. Escuchando al presidente, uno pensaría que Chicago es la ciudad más peligrosa de Estados Unidos. Pero aquí está el problema: eso está lejos de ser verdad.

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Si atendemos solamente las tasas de delitos violentos, ese "honor" realmente se lo lleva Detroit. Es más, resulta que 7 de las 10 ciudades estadounidenses con las tasas más altas de delitos violentos se encuentran en los estados que ganó Trump.

Estas son ciudades como Memphis, Tennessee; St. Louis, Missouri; Birmingham, Alabama; Cleveland Ohio; e Indianápolis, Indiana. La última de esa lista debería resquemarle al vicepresidente de Trump, Mike Pence, quien fue gobernador de Indiana de 2013 a 2017. Y Chicago no está en esa lista de 10 ciudades.

Otro informe reciente del sitio 24/7 Wall St., que combinaba tasas de criminalidad y datos económicos, como la pobreza y el desempleo, ni siquiera colocó a Chicago como una de las "25 ciudades más peligrosas de Estados Unidos".

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Estas son, por supuesto, el tipo de verdades incómodas que Donald Trump prefiere evitar.

Si pensamos en el crimen en el país como un todo, hay más datos incómodos. Las estadísticas del crimen del FBI estimaron que 1,197,704 crímenes violentos se cometieron en todo el país en 2015. Si bien supuso un aumento con respecto a las cifras de 2014, el total de crímenes violentos de 2015 fue 0.7% menor que el nivel de 2011 y 16.5% menor que el nivel de 2006.

La tasa de homicidios por sí sola muestra una disminución más dramática: Incluso con el aumento que el presidente subrayó, la actual tasa de asesinatos es la más baja desde 1950.

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Pero estos hechos no hicieron mayor mella en lo que Trump dijo al Congreso como tampoco pesaron en su intensificada retórica de ley y orden desde julio pasado.

Al aceptar la nominación republicana, señaló: "Un ataque contra las fuerzas del orden es un ataque contra todos los estadounidenses", y prometió: "Cuando preste el juramento el próximo año, restauraré la ley y el orden en nuestro país".

Otros han advertido cómo esa postura recuerda las campañas de ley y orden del presidente Richard Nixon. Es cierto, pero creo que Trump también aprendió una lección política importante de una visión que Barack Obama ofreció durante la campaña presidencial de 2008, cuando comentó imprudentemente que los hombres blancos de mayor edad parecían enojados y políticamente confundidos, tanto que votarían contra sus propios intereses económicos.

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Estas fueron las palabras de Obama: "Uno va a esos pequeños pueblos de Pensilvania y, como en muchos pueblos pequeños del medio oeste, los empleos han desaparecido durante 25 años y nada los ha reemplazado... Y no es de extrañar que estén resentidos, que se aferren a las armas o la religión o la antipatía hacia las personas que no son como ellos, al sentimiento anti-inmigrante o al sentimiento anti-comercio como una manera de explicar sus frustraciones".

Donald Trump vio y capitalizó esas frustraciones envolviéndose en la bandera: el patriotismo, la Segunda Enmienda y, fundamentalmente, la retórica de la ley y el orden.

Él ha utilizado esta retórica para transmitir a su base mensajes cifrados sobre la raza y para atizar el miedo racial mientras niega las acusaciones de racismo y elude la responsabilidad de la escalada de las tensiones raciales y étnicas en Estados Unidos.

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A pesar de su discurso sobre la crisis de la ley y el orden y el ciclo de la violencia, el presidente no ha abordado las causas de la violencia ni ofrecido soluciones, más allá de instar a los estadounidenses, como hizo el martes, a "trabajar con -no contra- las fuerzas del orden".

La mentalidad de Trump respecto a la política de la ley y el orden se remonta mucho más atrás de 2008; en 1989 publicó un anuncio en los periódicos de Nueva York tras las detenciones de un latino y cuatro hombres negros por la violación de una mujer blanca en 1989 (un caso conocido ahora como ‘the Central Park Five’).

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El anuncio llevaba el encabezado “BRING BACK THE DEATH PENALTY, BRING BACK OUR POLICE!” (¡Repongan la pena de muerte, repongan nuestra policía!). Su texto, que le resultaría extrañamente familiar a cualquiera que haya visto el discurso del martes por la noche, decía: "Que nuestros políticos le devuelvan a nuestro departamento de policía el poder para mantenernos a salvo. Que los liberen de la constante cantinela de la ‘brutalidad policial’ que todo delincuente le lanza a un oficial que acaba de arriesgar su vida para salvar a otros. No debemos ceder más ante la población criminal de esta ciudad. Que Nueva York vuelva a ser de los ciudadanos que se han ganado el derecho a ser neoyorquinos".

Qué poco han cambiado las cosas para Donald Trump desde la década de 1980. Una vez más, fue mucho más fácil para el presidente encomiar a las fuerzas de seguridad estadounidenses y arremeter contra los "malos" que abordar las verdaderas causas de la delincuencia y la violencia en Chicago o en cualquiera de las ciudades más violentas del país.

A pesar de su nuevo tono, el presidente Trump continúa promoviendo una visión distorsionada de Estados Unidos.

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Los estadounidenses deben mantenerse alertas con respecto a este astuto pero cínico cambio y no dejarse engañar por el esfuerzo de Trump para sonar presidencial. Tenemos que entender el trabajo político que cumple para él su retórica de la ley y el orden, pero también el daño que hace al tejido social de la nación que dirige.

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Debemos resistir su atractivo divisionista y reconocer que la amenaza más significativa a la ley y el orden en Estados Unidos está en la Oficina Oval, no en las calles de Chicago.

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