OPINIÓN: Ridícula, la efusividad por el discurso de Trump en el Congreso

En su presentación ante el Congreso, el presidente estadounidense superó por poco unas expectativas muy bajas.
El discurso de Donald Trump contra la realidad
FRIDA GHITIS

Nota del editor: Frida Ghitis escribe sobre asuntos internacionales para el diario The Miami Herald y para la revista World Politics Review. Fue productora y corresponsal de CNN. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) — Al ver la reacción al discurso que el presidente Donald Trump dio ante el Congreso estadounidense el martes 28 de febrero, la frase que se me venía a la mente fue la que George W. Bush hizo famosa: "el suave fanatismo de las bajas expectativas".

Bush se lamentaba de nuestra costumbre de aceptar un rendimiento por debajo de lo exigido cuando esperamos tanto de ciertos grupos de personas. Pero no es una exageración decir que quienes alabaron a Trump por su discurso no lo hicieron porque haya hecho un buen trabajo, sino porque hemos llegado a temer (y a esperar) algo horrible cada vez que este presidente habla.

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Así, un día después de que Trump diera su discurso ante el Congreso estadounidense, pareciera que los expertos de todas partes proclaman que de repente se volvió "presidencial". Lo dudo.

En todo caso, superó unas expectativas muy bajas por apenas un pelo.

De hecho, si cualquier otro presidente hubiera dado ese mismo discurso, lleno de imprecisiones, afirmaciones falsas y declaraciones que contradicen directamente lo que dijo apenas unas horas antes, su desempeño habría recibido duras críticas de todos los frentes.

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Ciertamente hubo momentos muy conmovedores en el discurso del presidente. Además, no se puede negar que Trump mantuvo a un mínimo sorprendente el nivel de sus acostumbrados pronunciamientos descabellados. Ese es el cumplido más endeble.

El prolongado aplauso en honor a William Ryan Owens (miembro de las fuerzas tácticas de la Armada estadounidense, quien murió durante una incursión en Yemen en febrero) y a su desolada y llorosa esposa, Carryn Owens, fue un homenaje sincero y conmovedor para un héroe caído.

Pero seamos claros: de ninguna forma es un halago para el presidente. Me parece desconcertante que Van Jones, de CNN, declarara que en ese momento, Trump se "convirtió en presidente de Estados Unidos".

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Es grotesco afirmar que ese momento reflejó el triunfo de Trump. Su administración no ha hecho más que sacar provecho de la muerte de Owens para distraer la atención de esa incursión desastrosa. Bill Owens, padre de Ryan, culpa al presidente de lo que llamó una "misión estúpida" y reprendió a Trump diciéndole que "no se esconda detrás de la muerte de mi hijo". Pero eso es justamente lo que la Casa Blanca ha estado haciendo desde el principio y Trump, cínicamente, volvió a hacerlo en su discurso.

Lo más vergonzoso fue que en una entrevista para Fox News, el lunes 27 de marzo, Trump culpó a sus generales de la muerte de Owens. "Ellos querían hacerlo (la incursión)", dijo al noticiario. "Y perdieron a Ryan".

Con este presidente, la culpa siempre es de alguien más, a menos que se trate de algo digno de reconocimiento. Entonces todo es mérito suyo, como cuando recitó el nombre de las empresas que, según sus afirmaciones falsas, decidieron invertir en Estados Unidos e incrementar las contrataciones, supuestamente gracias a sus esfuerzos.

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La mayor parte de estas decisiones empresariales se tomaron antes de las elecciones. A pesar de todo, a las grandes empresas les encanta que Trump las alabe, así que todos ganan, excepto la verdad.

Fue bueno que Trump comenzara su discurso condenando la oleada de amenazas de bomba contra centros comunitarios judíos y contra los actos de vandalismo en los cementerios judíos, así como al tiroteo ocurrido en Kansas City. Ciertamente es presidencial decir, como lo hizo Trump, que "somos un país que se mantiene unido y condena el odio y el mal en todas sus formas".

Es tan presidencial y tan básico que debería ser normal que lo haya dicho. Pero es notable porque Trump se ha equivocado repetidamente en este tema. De hecho, y asombrosamente, unas horas antes del discurso, en una reunión con los fiscales generales estatales en la Casa Blanca, Trump aparentemente insinuó que los ataques podían haberse perpetrado "para que otros quedaran mal" y que en lo que concierne a las amenazas, "lo contrario puede ser cierto", de acuerdo con uno de los fiscales que asistió a la reunión.

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Si Trump condenara genuinamente el odio, su plan de crear una dependencia dedicada a resaltar los delitos cometidos por inmigrantes indocumentados es la acción más vil que se puede imaginar para fomentar los prejuicios y el odio.

La "Oficina de Contacto para las Víctimas de Delitos de Inmigrantes" (VOICE, por sus siglas en inglés) es el peor ejemplo de populismo para encender a las masas. Lo más probable es que provoque más crímenes de odio y más vigilancia parapolicial.

No sorprende que el público haya manifestado notoriamente su sorpresa cuando la anunció. Las investigaciones demuestran que la tasa de delitos cometidos por inmigrantes indocumentados es de hecho menor que la del resto de la población.

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Lo que fue sumamente antipresidencial en el discurso es algo que nunca debería volverse aceptable, aunque ahora, en la era de Trump, sea rutinario: las falsas afirmaciones, la manipulación de la verdad, las falsedades en boca del presidente de Estados Unidos. ¿Por esto lo halagan?

La estadística más absurda que citó fue la de los 94 millones de personas que están fuera de la fuerza laboral, un acto de prestidigitación retórica que indica una tasa de desempleo catastróficamente alta. Esa cifra incluye a 44 millones de jubilados, a 13 millones de estudiantes y a millones de personas más a las que no les interesa conseguir empleo. La verdadera tasa de desempleo es de apenas un 4.8 por ciento, cifra históricamente baja alcanzada por el predecesor de Trump, Barack Obama.

Trump habló del azote de las fronteras "abiertas de par en par (…), que permiten que cualquiera cruce… y que las drogas entren a raudales a un ritmo sin precedentes". Pero en realidad, la inmigración ilegal en la frontera con México se ha reducido y ahora está en el nivel más bajo desde 1972.

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Cuando presumió que impondrá una prohibición permanente al cabildeo en nombre de gobiernos extranjeros, cosa que sonaba excelente, omitió mencionar que la prohibición solo contempla el cabildeo en nombre de una dependencia por parte de sus empleados y que, de hecho, podría ser más laxa que las restricciones que se impusieron en las presidencias de Bush y Obama.

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Trump reafirmó sus compromisos con los aliados de Estados Unidos, cosa que debió haber hecho cuando era candidato y reiterado a cada momento. Ese fue otro momento notable (como cuando condenó los crímenes de odio) gracias a que Trump se había equivocado antes al respecto… a veces ha dicho exactamente lo contrario. Luego, Trump afirmó que el incremento de las contribuciones de los miembros de la OTAN es resultado de su firmeza, cosa que definitivamente se puede debatir.

Estas reafirmaciones, aunque son bienvenidas, vienen envueltas en un pronunciamiento preocupante que sonó engañosamente inocuo. "Estados Unidos respeta el derecho de todos los países a trazar su propio camino", dijo. Esas palabras fueron un bálsamo para los vecinos de Rusia, a quienes les preocupa el expansionismo agresivo del gobierno ruso.

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Sin embargo, Trump agregó inmediatamente que "no es mi trabajo representar al mundo", cosa que debe haberle dado escalofríos a Ucrania y a los aliados de Estados Unidos en el Báltico.

Sí, Trump dio el discurso con serenidad, como un presidente "normal". Sus palabras fueron menos indignantes que antes. Eso es un avance. Las calificaciones altas que recibió son más bien un indicio de que Estados Unidos ansía desesperadamente a un presidente bueno y no una prueba de que el discurso de Trump de verdad se merece tantos halagos.

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