OPINIÓN: La credibilidad de Trump está por los suelos

La credibilidad de un presidente es la que puede servir para sumar el apoyo de unos cuantos miembros del Congreso para la aprobación de una propuesta de ley importante.
Estas son las afirmaciones de Donald Trump que no han sido confirmadas
Jen Psaki

Nota del editor: Jen Psaki, analista política de CNN y miembro numerario del Instituto de Políticas y Servicio Público de la Universidad de Georgetown, fue directora de comunicaciones de la Casa Blanca y portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos durante la administración de Obama. Síguela en Twitter como @jrpsaki. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) — El lunes 20 de marzo fue un día decisivo para la credibilidad de Donald Trump.

Trump dijo algunas mentirillas acerca de la cantidad de gente que acudió a su toma de posesión y formuló teorías descabelladas sobre conspiraciones y electores ilegales. Pero al insistir en que su predecesor, Barack Obama, ordenó que se intervinieran las comunicaciones de la torre Trump, aun después de que los directores del FBI y la NSA aclararan que dichas acusaciones son infundadas, cayó aún más bajo.

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¿Pero por qué es importante?

La pregunta correcta no es si la credibilidad del presidente es importante, sino qué es más importante que la credibilidad.

Cuando un presidente viaja al extranjero, su credibilidad como líder mundial, como árbitro justo, es la que puede hacer la diferencia para llegar a acuerdos.

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La credibilidad de un presidente es la que puede servir para sumar el apoyo de unos cuantos miembros del Congreso para la aprobación de una propuesta de ley importante.

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En todas las presidencias hay momentos (ya sea un terrible tiroteo como el de Newtown, Connecticut, en el que murieron 20 niños, o un ataque contra los ciudadanos estadounidenses, como el del 11-S) en los que el país espera que el presidente les de tranquilidad, sin importar de qué partido sea.

Esperan que les diga que todo estará bien, que reúna a la gente para llorar y, a veces, para ser fuertes. Eso exige credibilidad y confianza. Eso es algo que no se adquiere con las elecciones, hay que ganárselo.

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Esta Casa Blanca aun no se enfrenta a una crisis. Ha creado una, pero no se ha enfrentado a los desafíos que representa aquello que no está en manos del presidente o de su equipo.

Esta administración no se ha visto obligada a dejar atrás el partidismo y a Twitter para consolar a los padres en duelo, para calmar los temores, para resolver crisis en comunidades como Flint, Michigan, o en casos como el derrame de petróleo en la costa del golfo de México.

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Está claro que cuando Trump y su equipo se enfrenten a esa crisis se darán cuenta de que restaron importancia a la credibilidad de Trump, no solo ante sus partidarios, sino ante el país que se supone que gobierna.

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