OPINIÓN: El declive de Bannon y el auge de Kushner en la Casa Blanca

Aparentemente Jared Kushner le está ganando a Steve Bannon en la batalla por el dominio en la residencia oficial del mandatario republicano.
La enemistad actual entre las facciones de Kushner (izq.) y Bannon incluye la inusual característica de que hay una hija y un yerno de un presidente, instalados en las oficinas de la Casa Blanca y cerca del presidente Trump.
Intriga  La enemistad actual entre las facciones de Kushner (izq.) y Bannon incluye la inusual característica de que hay una hija y un yerno de un presidente, instalados en las oficinas de la Casa Blanca y cerca del presidente Trump.  (Foto: AFP/Archivo)
Michael D'Antonio

Nota del editor: Michael D'Antonio es autor del libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (editorial St. Martin's Press). Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Uno es el autoproclamado Señor Oscuro de la Casa de Trump (pueden llamarla Casa Blanca). Steve Bannon es irreverente, seguro de sí y extremadamente ambicioso; parece el viejo sobreviviente lleno de cicatrices de más batallas de las que puede recordar. Su visión del gobierno exige su destrucción en gran medida, según la ideología política del movimiento de la derecha alternativa, al que ve como inspiración. "Dick Cheney, Darth Vader, Satanás… Eso es poder", dice.

El otro es el joven Príncipe de la Luz. A pesar de sus abrumadoras responsabilidades, entre las que hay desconcertantes problemas nacionales y diplomáticos, Jared Kushner nunca da la impresión de estar preocupado o agobiado. Cruza la pista a grandes pasos, con el avión presidencial a sus espaldas, acompañado de su esposa, la princesa, y llevando de la mano a su hijo. Kushner rara vez habla en público y cuando lo hace, revela poco de sí. "Debe haber excelencia en el gobierno", dice.

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Las intrigas palaciegas no son nada nuevo en Washington. Aunque se acallaron en la época de Obama, el deporte de buscar influencias y favoritismos es tan constante como el río Potomac y tan antiguo como la república (igual que el deporte de negar que este deporte exista).

A últimas fechas, el mismísimo presidente ha intervenido para tratar de aliviar las rencillas entre ambas facciones. En una conferencia de prensa que dio el lunes 10 de abril, Sean Spicer dijo que Trump reconoció que sus asesores diferían en opiniones, pero cree que "nuestras batallas y nuestras diferencias ideológicas tienen que quedarse en privado".

Sin embargo, la enemistad actual entre las facciones de Kushner y Bannon incluye la inusual característica de que hay una hija y un yerno de un presidente, instalados en las oficinas del ala oeste de la Casa Blanca y cerca del presidente. Esto solo sirve para sumar intriga a la historia de este enfrentamiento.

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Otros presidentes de Estados Unidos, entre ellos Ronald Reagan y Bill Clinton, llevaron a una esposa poderosa a la Casa Blanca y su influencia a veces fue disruptiva. Pero ningún otro comandante en jefe posterior al escándalo del Watergate impuso a otros familiares como asesores instantáneos en el despacho oval. No obstante, la confianza que Trump tiene en su hija Ivanka y en su esposo, Jared, coincide con su vida previa a la política presidencial. Se trata de un hombre que confía en pocas personas y que siempre se apoya en su familia.

En la pasada década fue Ivanka, y no Melania, la esposa de Trump, quien fungió como caja de resonancia y contrapeso en el desarrollo y la operación del imperio empresarial de Trump. Ivanka es querida y elocuente; su sola presencia aseguraba a quienes encontraban a Trump insoportable que tenía que tener algo bueno. Cuando se casó con Jared, Ivanka incluyó en la familia a un joven a quien su padre podría aceptar como el hijo que nunca tuvo.

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Los dos hijos de Trump, Donald hijo y Eric, viven con la carga de ser herederos de tercera generación de una fortuna inmobiliaria establecida por su abuelo Fred y acrecentada a través de la expansión de su padre en Manhattan. Crecieron con la imperiosa necesidad de probar su valía llamando la atención de las élites inmobiliarias. Esa labor ya quedó hecha. Totalmente a la sombra de su padre, aceptaron que serán guardianes de lo que él creó y que destacarán principalmente a través de sus intereses independientes. A Eric le gustan las actividades benéficas; a Donald hijo, las actividades al aire libre.

Por otro lado, Jared Kushner hizo la misma magia que el futuro presidente. Llevó una desarrolladora inmobiliaria suburbana a la gran ciudad gracias a un gran contrato para comprar un rascacielos en la Quinta Avenida. Es seguro que su audacia llamó la atención de su suegro y, como es un hombre que creía que sus habilidades en los bienes raíces podrían servir para cualquier propósito, pensó que las fortalezas de Jared, a pesar de no haberse puesto a prueba, podrían servir en la Casa Blanca.

Junto con la de Ivanka, la reputación de Jared ha crecido durante los primeros meses de la nueva administración y ha servido como conducto para que los líderes extranjeros lleguen al presidente y como mano firme en el torbellino de las intrigas.

Sin embargo, el Príncipe de la Luz ha sido blanco de algunas críticas por haberse reunido con un banquero y un embajador ruso durante la campaña y por el vestuario que eligió para un viaje a Bagdad.

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A pesar de sus tropiezos, Kushner sigue siendo un leal consejero del presidente de Estados Unidos. En contraste con Kushner, quien siempre luce sereno, Bannon ha dado la impresión de estar agitado… si no es que de ser incompetente.

Fue evidente su intervención en el discurso de toma de posesión de Trump, una oda a la distopía anunciada en uno de los libros favoritos de Bannon, The Fourth Turning, An American Prophecy. El discurso estuvo plagado de imprecisiones y la mayoría de las reseñas del discurso fueron negativas. En su encabezado, la revista Time lo llamó "Discurso divisivo sin precedentes". El diario estadounidense The Washington Post lo calificó de "sumamente terrible".

Bannon también fue el arquitecto de la primera gran iniciativa política de Trump: el intento de prohibir la entrada a viajeros de ciertos países mayoritariamente musulmanes. El decreto fue un desastre que suscitó protestas en todo el país y que los jueces federales suspendieron inmediatamente.

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Además del fiasco de dicha prohibición, Bannon pudo haber sido responsable de otro de los grandes fracasos de Trump: el colapso de su esfuerzo por abrogar y reemplazar a Obamacare. Al igual que otros republicanos que han prometido desde hace años que destruirían la Ley de Cuidado de Salud Asequible, Trump hizo campaña con base en la noción de desmantelar el programa de reformas a los seguros de gastos médicos.

Para su mala fortuna, estaba tan mal preparado para redactar una ley suplementaria como los republicanos del Congreso estadounidense. Mientras el presidente se enfrentaba a la amenaza de no poder cumplir su promesa, Bannon fue a Capitol Hill a presionar a los legisladores que no estaban a favor.

De acuerdo con una persona que estuvo presente, Bannon dijo: "Esto no es una negociación. Esto no es un debate. No tienes más opción que votar a favor de esta propuesta de ley". Esto no le cayó bien a los oponentes de la propuesta, quienes creían que tenían la razón de su lado. Al final se podría considerar que, al menos en parte, el colapso del plan de abrogación y reemplazo es un fracaso de Bannon.

La situación empeoró cuando se supo que Bannon quería asegurarse de que se hiciera una encuesta sobre la propuesta de ley en la Cámara de Representantes para poner a los oponentes en una lista de enemigos. Se evitó el enfrentamiento cuando Paul Ryan, presidente de la cámara, retiró la propuesta antes de que la rechazaran formalmente.

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La semana pasada, se dijo que Trump se había sentido asqueado porque el régimen sirio atacó a la población de una zona rebelde con gas venenoso y causó la muerte de muchos niños, así que castigó al gobierno sirio con 59 misiles de largo alcance. Aunque básicamente se trató de un mensaje, el ataque le valió a Trump los halagos de muchos expertos. Sin embargo, representó la clase de activismo internacional al que Bannon se opondría y parece que trató de disuadir a Trump.

En una foto que se tomó en la sala en la que se tomó la decisión se ve a Bannon confinado a un asiento en el fondo y a Kushner sentado a la mesa con el presidente. Otros de los signos, tales como la prominencia de Gary Cohn, amigo de Kushner que ahora forma parte del personal de la Casa Blanca, son malos para Bannon.

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Visto desde fuera, el declive de Bannon y el auge de Kushner indican que es posible alcanzar una normalidad en la Casa Blanca de Trump, cosa que debería tranquilizar a quienes temían a la ideología de la derecha alternativa, a la que le sobra xenofobia, pero le falta entrar en contacto con el mundo.

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Pero Bannon todavía no se ha ido y aunque Kushner es menos aterrador, no se ha puesto a prueba y carece de experiencia como personaje político. Aunque el Príncipe de la Luz derrote al Señor Oscuro, su victoria no garantiza que la Casa de Trump servirá bien al pueblo. Como escribió el exsecretario del Trabajo, Robert Reich, es estilo de liderazgo más firme de Kushner favorece a las élites acaudaladas, uno de los grupos a los que el electorado quería castigar cuando eligió a Trump.

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