OPINIÓN: Trump, una presidencia que transcurre en el equivalente a años de perro

Después de 100 días Trump es exactamente igual al Trump de siempre, ávido de publicidad, desmesurado y peligroso para un presidente.
Al igual que en la vida de los perros, la política interna y externa del gobierno de Trump cambia tan rápido que 100 días parecen dos años con cualquier otro presidente.
Balance de 100 días  Al igual que en la vida de los perros, la política interna y externa del gobierno de Trump cambia tan rápido que 100 días parecen dos años con cualquier otro presidente.  (Foto: AFP)
Michael D'Antonio

Nota del editor: Michael D'Antonio es autor del libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (editorial St. Martin's Press). Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — A bordo del avión presidencial, que ha usado para viajar casi todas las semanas a su centro vacacional en Florida, Trump presumió sus primeros éxitos no hace mucho: "Creo que hemos tenido unas de las 13 semanas más exitosas de la historia de la presidencia", dijo mientras extrañamente la imagen de Darth Vader aparecía en una pantalla que estaba detrás de él.

El problema es que Trump acababa de terminar su 11ª semana como presidente, no la 13ª, lo que tal vez indique que está tan desorientado como cualquiera a causa de sus innumerables avances y retrocesos en la búsqueda por el éxito auténtico.

El controvertido estilo de Trump ha generado noticias a un ritmo tan agotador que parece que ha sido presidente desde siempre.

La suya es la primera presidencia que transcurre en el equivalente a años de perro: la política interna y externa cambia tan rápido que 100 días con Trump parecen dos años con cualquier otro presidente. Está gobernando como ha vivido, como un cachorrito exageradamente ansioso, inquieto, ávido de atención, impulsivo, propenso a equivocarse y torpe para arreglar las metidas de pata.

Les gusta a sus partidarios apasionados en parte porque rechaza lo convencional. Pero parece que hasta él entiende que el presidente debe cumplir ciertos estándares.

La cosa es que en 100 días, el presidente de Estados Unidos sigue siendo en gran medida el hombre que ha sido a lo largo de sus frenéticas e impredecibles décadas de vida pública. Si estudias los antecedentes de Trump, como yo, te encontrarás siguiendo miles de caminos, muchos de los cuales llevan a callejones sin salida. Recuerda que entre las muchas cosas a las que se ha dedicado y que ha dejado a lo largo de los años están la de líder de una liga de futbol profesional, magnate de casinos, prestamista hipotecario y fundador de una "universidad".

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¿Qué tan diferente es que Trump haya usado Twitter para insinuar, entre otras cosas extrañas, que Barack Obama había intervenido sus comunicaciones, cuando era él quien usaba las revistas sensacionalistas para salirse con la suya en sus días en Nueva York? En ese entonces, sus trucos incluían asumir identidades falsas para hacerse de publicidad.

Cuando acusó a Obama de intervenirlo (escándalo del nivel de "Nixon/Watergate", según declaró), Trump fue el mismo provocador irresponsable que los neoyorquinos conocen bien. La diferencia, desde luego, es que lo que podía ser divertido para un neoyorquino ávido de publicidad es desmesurado para un presidente.

Las acusaciones infundadas que publicó en su cuenta de Twitter dañan inevitablemente su credibilidad y el cargo que ostenta. También representan un desafió para quien confíe en su palabra. Devin Nunes lo aprendió a la mala. El diputado Nunes, aparentemente ansioso por ayudar al presidente con la tontería de las comunicaciones intervenidas, visitó la Casa Blanca en plena madrugada y luego anunció que había visto documentos que respaldaban la idea de que los funcionarios de Obama habían espiado a la gente de Trump.

Pero cuando Nunes tampoco pudo dar pruebas, tuvo que dejar su cargo al mando de la investigación sobre la intervención de Rusia en las elecciones.

Si Nunes actuó con la seguridad de que la Casa Blanca tenía pruebas de que Obama había intervenido las comunicaciones de Trump, o lo engañaron deliberadamente o no ha puesto atención a la forma en la que Trump opera. Desde hace mucho, Trump ha sido un incendiario y quienquiera que se acerque demasiado corre el riesgo de quemarse.

El nuevo presidente también incendió el sistema político estadounidense con su afirmación temeraria de que se emitieron hasta cinco millones de votos ilegales en las elecciones. Todos estos son actos de un hombre que sigue confundiendo la autopromoción con la búsqueda del éxito, que confunde los encabezados con los logros y las necesidades de su propio ego con el interés de la nación.

La retórica radical de Trump, sus defectos de carácter y la evidente falta de experiencia relevante preocupan tanto al pueblo estadounidense que una cantidad récord de personas salió a las calles a protestar el 21 de enero. (Según una de las versiones, uno de cada cien estadounidenses participó).

Fiel a su naturaleza egocéntrica, Trump ha hecho poco para apaciguar el nerviosismo que causa a su país. Gallup reportó que el índice de aprobación de Trump es el menor de la historia de los presidentes en sus primeros cien días de mandato. Con el 41%, Trump queda rezagado por 22 puntos respecto a Obama.

Es más: aunque su partido tiene el control del Congreso, es notorio que Trump no haya podido cumplir la gran promesa que hizo a sus bases de apoyo: abrogar y reemplazar Obamacare. Aquí el problema fue que cuando era candidato, Trump prometió conservar todas las partes buenas del sistema de salud, entre ellas la cobertura garantizada para dependientes hasta los 26 años, pero eliminar los elementos con los que se pagan.

Mientras su equipo se ponía a trabajar con los miembros del Congreso para llegar a un acuerdo, quedó cada vez más claro que ni la administración, ni el Partido Republicano, ni el Congreso habían hecho lo que se necesitaba para mejorar el sistema y beneficiar al pueblo estadounidense. Trump hizo la hilarante declaración de que "nadie sabía que los servicios de salud fueran tan complicados".

Ante la mirada del país, el autoproclamado gran negociador se quedó sin estrategias y optó por dejarse fotografiar frente al volante de un camión enorme, con lo que a ojos del mundo quedó como un niñito que finge que va manejando. Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, retiró el plan antes de que tanto él como el presidente sufrieran una derrota humillante ante el pleno. La imagen que surgió de este fracaso fue la de un presidente incapaz de cerrar un trato aunque lo negociara con la gente de su propio partido.

A pesar de todas las fallas, Trump sigue usando las habilidades y estrategias de su pasado al presente, aunque dirigir un imperio inmobiliario familiar no se parezca ni remotamente a ser presidente de Estados Unidos. Por ejemplo: a Trump siempre le ha costado confiar en la gente y se rodea con familiares a quienes asigna responsabilidades enormes, estén calificados para ello o no.

Está haciendo lo mismo en la Casa Blanca: recurrió a su hija Ivanka y a su yerno, Jared Kushner. Trump sumó tantas responsabilidades a Kushner que este joven con experiencia nula en el servicio público ahora es como una versión en miniatura del presidente.

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Si a esto sumamos que su hija Ivanka entró a la Casa Blanca como "asesora", es fácil quedarse con la impresión de que el 45º presidente de Estados Unidos está tratando de dirigir al país como dirigía su negocio familiar: con familiares en los cargos más cercanos a él. Los estadounidenses no están muy complacidos con este arreglo. En una encuesta de la Universidad de Quinnipiac, que se publicó el 20 de abril, se muestra que la mayoría de los participantes piensa que los cargos de Jared e Ivanka son "inadecuados".

Otro de los tropos que Trump ha llevado a la Casa Blanca es su viejo hábito de cambiar de opinión cuando le conviene y negarse a sostener sus declaraciones y afirmaciones previas: primero, China es quien manipula su moneda. Ahora dice que no. Primero dice que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es obsoleta. Ahora dice que no. Primero, Vladimir Putin es digno de admiración. Ahora Trump está en conflicto con Putin. Primero dice que las políticas de las tasas de interés del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos están mal. Ahora las aprueba. Y la lista sigue.

Igual que con estos cambios de opinión, Trump simplemente ha hecho a un lado muchas de sus grandes promesas de campaña. Por ejemplo: no se ha levantado ni un solo metro del muro a lo largo de la frontera con México (prometió que empezaría el primer día de su presidencia).

En asuntos internacionales, Trump el aislacionista se vio reemplazado por Trump el intervencionista y una vez más quedó en ridículo al tratar de aumentar la presión sobre Kim Jong Un con el anuncio de que un grupo de portaaviones (usó la pintoresca palabra "armada") se dirigía a las aguas de Corea del Norte. Desafortunadamente, el navío no iba hacia donde Trump había dicho, lo que lo dejó expuesto a toda clase de burlas.

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Ciertamente la controversia y las burlas han abundado en los primeros días de Trump en la Casa Blanca. Los programas cómicos nocturnos han resurgido gracias al fervor anti-Trump que reina en las reuniones comunitarias de todo el país, aun en aquellas dirigidas por legisladores republicanos. Hace unos días, un grupo de expertos en psiquiatría de la Universidad de Yale llegó a la conclusión de que Trump tiene "una enfermedad mental peligrosa" y no es apto para el cargo que ostenta.

A muchos de los oponentes de Trump les satisface darse cuenta de que le está costando trabajo y coinciden con los diagnósticos de los profesionales. Esto no tiene sentido. Trump sigue siendo el único presidente que Estados Unidos tiene. Por esto tenemos que rezar porque haya moderación y agradecer los signos de que podría estar cerca. También podemos apreciar las formas en las que Trump ha revivido la vida cívica. Durante sus primeros cien días, la reacción de los ciudadanos, los tribunales y los legisladores ha sido más trascendental que cualquier logro del presidente y es notable que esa respuesta esté teniendo un efecto beneficioso en él.

El 21 de abril, el diario estadounidense Los Angeles Times destacó que Trump acababa de terminar la semana menos caótica hasta la fecha. Parece que el sistema estadounidense es más fuerte que el pandemonio de este hombre y que podría calmarse aún más con el peso del cargo.

La lección de los cien días es que Trump sigue confundiendo el frenesí con la acción y carece de la experiencia, el temperamento y el carácter para ser presidente. Es una cuestión de personalidad… y el pasado de este hombre indica que, salvo en casos de fracaso absoluto (bancarrotas importantes, por ejemplo), en realidad no aprende ni se adapta.

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Desafortunadamente, como presidente, sus fracasos son también nuestros fracasos. Este hecho esclarecedor debería suscitar más reacciones de las otras instituciones y de la gente que sale a las calles. Esta resistencia es la forma en la que el país sobrevivirá a la era de Trump. También es posible que sirva para que este hombre ávido de publicidad aprenda algunos trucos nuevos. Tal vez aprenda a calmarse antes de morder o de lastimar gravemente a alguien. Si logra funcionar como un alto ejecutivo más o menos normal, Trump podría recibir los premios que siempre ha querido, entre ellos atención, aprobación y admiración.

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