OPINIÓN: Con su plan fiscal, Trump dará a los republicanos lo que anhelan

Las reducciones a los impuestos dirigidas a los sectores de ingresos más altos gustan a la comunidad empresarial y financiera, que usualmente han respaldado al Partido Republicano.
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Julian Zelizer

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, además de miembro numerario de New America. Escribió los libros Jimmy Carter y The Fierce Urgency of Now: Lyndon Johnson, Congress, and the Battle for the Great Society. También es conductor del podcast Politics & Polls. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Con su propuesta de recortes fiscales, Donald Trump, presidente de Estados Unidos, está dando a los republicanos lo que tanto ansían. Tras pasar varios meses jugando con su proyecto falsamente populista, ahora la Casa Blanca realmente está poniendo manos a la obra.

Al final de los primeros 100 días de mandato, la propuesta radical de Trump de reducir el impuesto empresarial del 35 al 15%, reducir los impuestos a las personas físicas, eliminar el impuesto al mínimo alternativo y abolir los impuestos estatales y a las cesiones, indica que Trump entiende qué es lo que más le conviene; es decir, tener contentas a las mayorías republicanas del Capitolio.

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De todas las medidas que pudo haber tomado, entre ellas el intento fallido de abrogar Obamacare o el infame muro fronterizo, la reducción a los impuestos a la producción es la forma más efectiva de consolidar el apoyo de su partido, lo que será elemental para su éxito con leyes futuras y con su posible reelección.

La reducción de impuestos ha sido cosa común para los republicanos desde la revolución conservadora que sacudió la política estadounidense en la década de 1970. Fuera del anticomunismo, pocas cosas han animado tanto a los republicanos como desmantelar el sistema de impuesto sobre la renta progresivo, tanto para personas físicas como empresas, que se implementó a principios del siglo XX.

Los conservadores han dado varias razones por las que habría que reducir los impuestos que los ricos pagan. Los partidarios de la economía de la oferta afirman que si el gobierno diera más libertad a las personas y a las empresas que ganan más a través de tasas impositivas marginales más bajas, la inversión empezaría a fluir y todos se beneficiarían.

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Otros conservadores subrayaron que los impuestos progresivos son injustos, que son símbolo de un gobierno voluminoso y que reducirlos sería la forma más efectiva de acabar con el liberalismo paternalista. No era justo que el gobierno tuviera que pagar una tasa más alta que los estadounidenses de menores ingresos solo porque la gente y las empresas más ricas ganan más que la clase media.

Las reducciones a los impuestos dirigidas a los sectores de ingresos más altos gustan a la comunidad empresarial y financiera, que usualmente han respaldado al Partido Republicano. Además, los conservadores astutos como David Stockman, quien fue director de presupuesto durante la presidencia de Reagan, defendió a capa y espada el argumento de "matar de hambre a la bestia".

Convencer a los estadounidenses de que hay que eliminar los programas gubernamentales que perciben como beneficiosos es una batalla perdida. Así que si los republicanos quieren reducir los programas gubernamentales, lo mejor que pueden hacer es reducir la recaudación fiscal, con lo que Washington tendría menos dinero para gastar.

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Durante varias décadas, los presidentes republicanos dieron prioridad a la reducción de impuestos. Ronald Reagan implementó un recorte histórico en 1981: la tasa máxima para personas físicas se redujo del 70 al 50% y los ingresos por impuestos empresariales se redujeron en más de 150,000 millones de dólares.

Reagan dijo que "ninguna otra cuestión llega tan directamente al corazón de nuestra vida económica". En 1986 trabajó con los demócratas en el Congreso para aprobar una reforma fiscal con la que se resolvían las lagunas a cambio de reducir las tasas de impuestos una vez más.

George W. Bush hizo lo mismo en 2001 con una reducción de 1.3 billones de dólares y la eliminación del impuesto estatal, con lo que terminó la era de superávits federales que comenzó en la presidencia de Clinton.

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Volvió a hacerlo en 2003 a pesar de que Estados Unidos estaba en plena guerra. Bill Plante, de la televisora estadounidense CBS News, recordó que "el Bush más joven anduvo diciéndole a la gente: 'Miren, me parezco más a Reagan que mi padre'".

De hecho, la gran excepción a la tendencia republicana a reducir impuestos fue George H. W. Bush, quien a pesar de haber reducido el impuesto sobre la plusvalía aceptó que se aumentaran los impuestos como parte del plan para reducir el déficit en 1990. Pero pagó el precio. Los conservadores como el diputado Newt Gingrich, futuro presidente de la Cámara de Representantes, nunca se lo perdonaron. Por eso no pudo reelegirse cuando compitió contra Bill Clinton.

Donald Trump tardó un poco en llegar al plan fiscal, pero parece que ahora va a darles a los conservadores lo que quieren.

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Aunque hay muchos economistas que no creen que esta reducción fiscal será beneficiosa a largo plazo, particularmente porque provocará déficits que afectarán al país, desde el punto de vista político podría ser una propuesta ganadora.

Como este es un momento en el que muchos legisladores republicanos ansían una victoria importante, esto podría atraer a los electores tradicionales del Partido Republicano.

El mundo empresarial, que todavía está intranquilo con la retórica populista de Trump y sus ataques al libre comercio, podría sentirse mucho más cómodo una vez que reciba este beneficio. Tanto Reagan como Bush se dieron cuenta de que siempre hay formas de combinar la reducción de impuestos a la producción con la retórica y las concesiones estratégicas que harán que los conservadores proletarios crean que también recibirán un pedazo de este pastel económico.

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Aunque algunos republicanos se quejan mucho del impacto de los déficits y de las propuestas como la de eliminar las deducciones en impuestos estatales y locales (cosa que afectará mucho a los habitantes de Nueva York y California), a Reagan también le costó que su propuesta fiscal avanzara en 1981.

Después del atentado, Reagan regresó y emprendió una potente campaña de relaciones públicas que resultó efectiva. La mayoría de los republicanos que se le oponía lo respaldó. Los demócratas terminaron agregando a la propuesta de ley disposiciones (algo así como esferas navideñas) que beneficiaron a la clase media estadounidense en vez de tratar de obstruirla del todo.

A los demócratas les costará pelear las propuestas de Donald Trump. Aunque los demócratas de ambas cámaras han encontrado espacio considerable para obstruir y decirle no a Trump, oponerse a la reducción de impuestos suele ser un tema en el que el partido se siente vulnerable.

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Todos recuerdan cuando el candidato demócrata a la presidencia, Walter Mondale, reconoció en 1984 que si lo elegían aumentaría los impuestos, lo que dio a Ronald Reagan mucho material para atacar. Los senadores demócratas de estados oscilantes no se sentirán cómodos oponiéndose a la reducción de impuestos, aunque crean que es una irresponsabilidad, por temor a que sus oponentes tengan con qué atacarlos en las elecciones.

A diferencia de otros temas que han surgido hasta ahora, como los decretos antirrefugiados y los servicios de salud, este es un tema en el que Trump no puede darse el lujo de perder. Esta es una de las principales exigencias que los republicanos le hacen a su presidente y es un tema en el que la dinámica política de una era de gobierno unido indica el camino al éxito. Esto, más que nada, nos dejará ver qué es lo que Trump puede hacer en el Capitolio.

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Si Trump logra que la reducción de impuestos regrese a su escritorio para que lo firme, podría ser un punto de inflexión importante en su proyecto político tras varios meses de turbulencia legislativa. Esta victoria, muy importante en el sentido político, podría darle a él y a los republicanos más de lo que necesitan para hacer campaña en 2018 y 2020 en su búsqueda por conservar el control de Washington.

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