OPINIÓN: 45 años después de Watergate, estamos en un lío parecido

Estados Unidos una vez más está en una situación explosiva por el posible abuso de autoridad de un presidente.
Hay muchas pruebas (algunas están justo frente a nuestras narices) de que el presidente Trump está presionando e intimidando a funcionarios cuyo empleo depende de su buena voluntad, señalan analistas.
Expectativa  Hay muchas pruebas (algunas están justo frente a nuestras narices) de que el presidente Trump está presionando e intimidando a funcionarios cuyo empleo depende de su buena voluntad, señalan analistas.  (Foto: EFE)
Julian Zelizer

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, además de miembro numerario de New America. Escribió los libros Jimmy Carter y The Fierce Urgency of Now: Lyndon Johnson, Congress, and the Battle for the Great Society. También es conductor del podcast Politics & Polls. Síguelo en su cuenta de Twitter @julianzelizer. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Cuarenta y cinco años después del robo a las oficinas centrales del Partido Demócrata, que desencadenó el escándalo del Watergate, el 17 de junio de 1972, Estados Unidos se encuentra una vez más en una situación explosiva por el posible abuso de autoridad de un presidente.

Donald Trump está generando una atmósfera peligrosa en Washington. En el escándalo del Watergate tuvo que ver con el robo a las oficinas centrales del Partido Demócrata. Todavía no sabemos si hubo colusión de la campaña de Trump con los rusos, pero si así fue, lo de Watergate será una nimiedad en comparación.

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Sin embargo, la gran similitud es que el presidente se ha empeñado en obstruir la investigación y ese se está volviendo el mayor problema.

La investigación del fiscal especial se dificulta cada día más por los tuits angustiosos del presidente y por las declaraciones de personas relacionadas con él, tales como Christopher Ruddy y Roger Stone. Esta es una situación delicada porque el fiscal especial, Robert Mueller, no es totalmente independiente del gobierno.

Una vez que el Congreso permitió que caducara la ley que preveía la creación de una fiscalía especial, en 1999, Estados Unidos dejó de tener una persona independiente y apartidista que investigara la conducta del poder ejecutivo.

Para evitar otra "masacre del sábado por la noche" (ese momento infame en el que Richard Nixon ordenó que despidieran al fiscal especial Archibald Cox, quien investigaba el escándalo del Watergate), dependemos de que los presidentes permitan que las investigaciones se lleven a cabo libremente.

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Aunque los presidentes tienen mucho margen de maniobra para atacar a los legisladores que celebran audiencias, es vital que el Departamento de Justicia, el FBI y el fiscal especial designado no se sientan amenazados mientras intentan descubrir si ocurrió algo ilegal.

Donald Trump no está llenando esta expectativa. Hay muchas pruebas (algunas están justo frente a nuestras narices) de que está presionando e intimidando a funcionarios cuyo empleo depende de su buena voluntad.

¿Donald Trump está bajo investigación por posible obstrucción de la justicia?

La intimidación comenzó con el exdirector del FBI, James Comey. Aunque Trump y sus simpatizantes se han esforzado por minimizar las afirmaciones de Comey respecto a que Trump lo estaba presionando para que dejara de investigar todo lo que tuviera que ver con Rusia, muchos observadores consideran que sus argumentos no convencen.

Después de todo, el que Comey se sintiera tan incómodo estando a solas con el presidente Trump ya es prueba de que algo andaba mal. Aunque los defensores de Trump dicen que la palabra que Comey dijo que Trump usó ("esperar") al manifestar su deseo de que terminara la investigación sobre Michael Flynn no significa gran cosa, en este contexto y dicha a alguien que sirve a los deseos del presidente, la señal parece bastante evidente, particularmente porque la historia terminó con el despido de Comey.

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Después de la primera excusa de que la decisión se tomó por la forma en la que se manejó la investigación sobre los correos electrónicos de Hillary Clinton, Trump reconoció en televisión que lo hizo para detener el "asunto de Rusia" y luego les dijo a los rusos, tras puertas cerradas, que se sentía aliviado de ya no tener la presión de la investigación.

El siguiente blanco de Trump ha sido Mueller, también exdirector del FBI y fiscal especial que ha estado extendiendo la investigación sobre la campaña de 2016 y sobre obstrucción a la justicia.

Mueller, quien tampoco es totalmente independiente del presidente, ha sido el blanco de los ataques. El amigo íntimo de Trump, Christopher Ruddy, transmitió un mensaje ominoso cuando insinuó que el presidente estaba pensando en despedirlo.

A causa de las reacciones, la Casa Blanca se distanció de la idea, pero muchos observadores sospechan que Ruddy estaba dando un mensaje procedente directamente del despacho oval.

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Un día después del horrible tiroteo contra los congresistas republicanos que jugaban béisbol, Trump no pudo contenerse y tuiteó acerca de la "mayor CACERÍA DE BRUJAS de la historia política estadounidense… a cargo de personas muy malas y conflictuadas".

El viernes 16 de junio, la siguiente víctima de Trump fue otro funcionario designado, el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein. "¡El hombre que me dijo que despidiera al director del FBI me está investigando por despedir al director del FBI! Cacería de brujas". Ahora, tras reconocer que lo están investigando, el tuit de Trump le envía un mensaje muy fuerte a Rosenstein, quien tiene que equilibrar la supervisión de la investigación con las quejas de su jefe.

Donald Trump no debería estarse preguntando por qué hay una investigación sobre la obstrucción a la justicia. Algunas personas podrían afirmar que está obstruyendo a la justicia en nuestras narices.

Al comparar esto con los ataques de Bill Clinton contra Kenneth Starr y con los funcionarios del gobierno de Reagan que criticaron a Lawrence Walsh se pierde de vista que esos fiscales eran independientes según lo establecido en la Ley de Ética de 1978, que ya no existe.

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Ahora estamos de nuevo en los sombríos días de 1973 y Trump está midiendo su poder como Richard Nixon habría dudado en hacerlo.

Los funcionarios responsables de determinar si el presidente y sus asesores cumplieron la ley tienen que trabajar día a día sabiendo que su futuro podría estar en juego si cumplen sus responsabilidades.

Todo esto sigue ocurriendo porque el Congreso no dice nada. La prensa y los legisladores demócratas han sido contundentes al decir que algo anda muy mal. Sin embargo, los legisladores demócratas se han concentrado generalmente en las filtraciones de la investigación y en justificar el descuido o la ingenuidad de Trump en vez de en lo que está justo frente a ellos.

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Es hora de mostrar valor en el Capitolio. Sin importar si los republicanos creen que el presidente o sus allegados son culpables de algo, tiene que haber alguien que entienda por qué es vital que se lleve a cabo una investigación legítima. Sin ella, el presidente, irónicamente, nunca podrá limpiar su nombre. Hemos llegado al punto en el que nuestras instituciones democráticas necesitan urgentemente que los partidos exijan transparencia y que sus miembros se concentren en lo que es mejor para el país.

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Cuando los fiscales y el Congreso investigaron lo ocurrido en el robo en el Watergate, la reacción de Nixon fue lo que lo hizo caer a final de cuentas. Con cada tuit y cada diatriba, Trump bien podría estar haciendo lo mismo.

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