OPINIÓN: El arma secreta que podría redimir a Sean Spicer

Ahora que el exvocero de la Casa Blanca dejó su cargo, cuenta con el apoyo del público porque consideran que lo subestimaron, opina Rob Crilly.
Spicer  Sus ruedas de prensa llamaron la atención de espectadores que no solo querían saber qué está haciendo su presidente, sino ver y emocionarse con el secretario de Prensa.  (Foto: Expansión)
Rob Crilly

Nota del editor: Rob Crilly es periodista británico y vive en Nueva York. Fue corresponsal del diario británico The Telegraph en Afganistán y Pakistán y fue corresponsal del Times of London en África Oriental. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — La vida de Sean Spicer durante los pasados seis meses no ha sido fácil. Lo llamaron a defender lo indefendible desde el primer día (¿recuerdan las afirmaciones descabelladas e inexactas sobre el público de la toma de posesión?) y su credibilidad quedó reducida a escombros.

A cambio de su lealtad ha recibido burlas de los programas de la televisión nocturna y ha sido blanco de las humillaciones de un presidente que invitó a toda clase de colados a conocer al papa, pero no a su dedicado vocero católico irlandés, quien tuvo que encontrar otra forma de matar el tiempo durante su estancia en Roma.

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Ya se hartó. Renunció el viernes 21 de julio, cuando se dio a conocer que Donald Trump llamó a Anthony Scaramucci, un director de un fondo de inversiones neoyorquino, a asumir el cargo de director de Comunicaciones… a pesar de las intensas protestas de Spicer, según se dice.

Fue suficiente, incluso para el Sr. Spicer. Pero ¿qué puede hacer ahora un exvocero presidencial con un problema de credibilidad? No todo está perdido. Hay una vía a la salvación, si está dispuesto a tomarla. Pero no es la vía usual para los exsecretarios de Prensa.

Cualquier otro exvocero presidencial podría esperar una vida fácil después de la Casa Blanca, tal vez aportando un toque de celebridad a un despacho de consultoría en Washington, trabajando como analista para las cadenas de televisión por cable o cerrando un trato jugoso para escribir un libro.

Sin embargo, sospechamos que le espera un destino diferente a este hombre, mejor conocido por las parodias de Melissa McCarthy a bordo de un podio motorizado en Saturday Night Live y porque aparentemente olvidó, en una transmisión en vivo, que Hitler había matado a millones de judíos en las cámaras de gas durante el Holocausto.

No es probable que Spicer goce del favor de las empresas más importantes, a las que les encanta presumir sus contactos. Es difícil construir una carrera tras haberse encadenado a un presidente impopular, haberse vuelto una especie de Alí el cómico (el ministro de Información de Saddam Hussein, quien se negó a reconocer la derrota de su jefe), haber defendido en la sala de prensa las falsedades que llegaban de arriba.

La de Spicer fue una tragedia que transcurrió por televisión; sus ruedas de prensa llamaron la atención de espectadores que no solo querían saber qué está haciendo su presidente, sino emocionarse al ver a Spicey (como todos llegamos a conocerlo) retorciéndose ante los medios.

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Parece que a este presidente le bastó ofrecer a su portavoz como sacrificio a la prensa de las supuestas "noticias falsas" y obligar al sr. Spicer a hacer añicos su propia credibilidad para defender a su jefe.

Luego comenzaron las filtraciones. Una fuente anónima nos reveló que, según se dice, Trump reprobaba el guardarropa de Spicer y le exigió que se arreglara mejor; que Trump supuestamente pensaba que el que una mujer lo personificara en SNL lo hacía ver débil.

Todo este tiempo, el sr. Spicer quemó su relación con los periodistas, fomentó rencillas al aire y amenazó con expulsar gente de la sala de prensa. La revista Vanity Fair incluso publicó un artículo titulado La agonía de Sean Spicer.

Pero ahora que ya no está encadenado a su podio, Spicer sigue teniendo un público que lo apoya porque lo subestimaron, un público que observó con fascinación morbosa mientras aguantaba los golpes, un público que se imaginaba lo difícil que debe ser fungir como el rostro de un gobierno disfuncional, un público que vio cierta calidez en la ruidosa encarnación de Melissa McCarthy.

"Vamos, Spicey", piensa su público. Ya tomaste la decisión más difícil: renunciar. Ya aprendiste, por las malas, que con Trump, la lealtad va en un solo sentido.

OPINIÓN: El que a filtraciones mata, a filtraciones muere

Es hora de la revancha.

En el corazón del país hay un rincón reservado para ti. Lo único que tienes que hacer es contarnos la verdad sobre esta Casa Blanca, sus facciones, sus luchas y sus fracasos.

Conoces los secretos y los chismes. Estuviste en primera fila cuando se avecinaba la investigación sobre Rusia y cuando la familia presidencial recurrió a los abogados.

Para estas alturas, ya conoces los epítetos favoritos de Steve Bannon y en cuál de las salas del despacho oval está Pepe el sapo.

Anda, Spicey, cuéntanos los detalles sórdidos.

Nosotros, que vimos cómo abusó de ti un gobierno construido por multimillonarios, banqueros y generales, estamos de tu lado.

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