OPINIÓN: En cuestiones de ética, Trump lleva a EU en la dirección equivocada

Trump sigue mezclando el interés público con sus intereses empresariales personales, escribe Jeffrey D. Sachs.
Trump  Parece que Trump no conoce límites al combinar los intereses públicos con sus intereses empresariales personales.  (Foto: Expansión)
Jeffrey D. Sachs

Nota del editor: Jeffrey D. Sachs es profesor y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — En un discurso que dio hace poco en Polonia, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, preguntó si Occidente "tiene la voluntad para sobrevivir". Es una buena pregunta, pero el sentido está equivocado. Trump estaba hablando de las agresiones extranjeras, pero la verdadera amenaza para Occidente es el colapso de las normas éticas que Trump y otros encabezan. Estados Unidos está sumergido en un tsunami de actividades poco éticas y no se puede asegurar que tenga la voluntad para salvarse.

El signo más reciente de esta podredumbre que surge de dentro es el fallo de un tribunal federal de apelaciones para anular la condena del expresidente de la Asamblea del estado de Nueva York, Sheldon Silver. Silver se hizo rico con sobornos y prebendas de parte de personas y empresas que hacían negocios con el gobierno del estado. Lo juzgaron, lo hallaron culpable y lo condenaron a 12 años de prisión por fraude, extorsión y lavado de dinero.

Sin embargo, el 2º Tribunal de Apelaciones de Circuito de Manhattan anuló el fallo del jurado en julio con el argumento de que los sobornos y las prebendas que Silver recibió no necesariamente constituyen delito según precedentes federales. El tribunal de apelaciones devolvió el caso al tribunal de origen con la orden de repetir el juicio. Los abogados de Silver niegan que se haya cometido un ilícito.

El argumento de los "precedentes" se remonta a otro caso, en el que estuvo involucrado el exgobernador de Virginia, Bob McDonnell. McDonnell y su esposa, Maureen, pidieron y recibieron pagos por alrededor de 175,000 dólares de parte de un empresario de Virginia que quería favores regulatorios de parte del estado. El gobernador organizó reuniones, juntas informativas y eventos para que el empresario pudiera presentar sus argumentos a los funcionarios estatales. En 2014, un jurado llegó a la conclusión obvia de que Bob McDonnell era culpable de soborno. Dos años después, la Suprema Corte de Estados Unidos dijo que no, que no necesariamente había cometido soborno y anuló su condena. Según la sabiduría retorcida de la Suprema Corte no había nada de malo en que el buen gobernador aceptara regalos enormes de un elector que quería favores del estado y que el gobernador le abriera el camino para poder convencer a los funcionarios pertinentes.

De acuerdo con el ministro presidente John Roberts, estas actividades no entran en la definición de "acto de la autoridad" según la ley federal sobre corrupción. Aunque fueran "de mal gusto", fueron parte de las relaciones normales entre un político y un elector, según su razonamiento absurdo.

Uno podría sentirse desconcertado si la Suprema Corte, epicentro del Estado de derecho de Estados Unidos, permite que un político corrupto salga impune. Pero hay que recordar que esta es la misma Suprema Corte que decidió, en el caso Citizens United contra la Comisión Federal Electoral, eliminar casi todas las restricciones al gasto independiente de las empresas en campañas electorales, con el argumento de que dichas restricciones violan la garantía de la "libre expresión", consagrada en la Primera Enmienda.

Sorprendentemente, el tribunal argumentó que dichas contribuciones "no dan pie a corrupción ni a la apariencia de corrupción" y que "la apariencia de influencia o de acceso no provocará que el electorado pierda la fe en esta democracia". Esa afirmación es absurda. La abrumadora mayoría de los estadounidenses sostiene que el dinero tiene más influencia en la política que antes y que debería limitarse el gasto en campañas.

Así que henos aquí. Los sobornos ya no son sobornos, los fondos de campaña de parte de corporaciones son libre expresión y los políticos son simplemente servidores públicos buenos si aceptan dinero de quienes buscan su favor.

Los políticos corruptos están fascinados; el resto de nosotros mira desconcertado este desfile de cinismo e inmoralidad. Algunos altos funcionarios de países respetuosos de las leyes me han dicho que casi no pueden creer lo que está pasando en Estados Unidos.

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Esto nos lleva a Donald Trump. Parece que Trump no conoce límites al combinar los intereses públicos con sus intereses empresariales personales. No cedió la propiedad de sus negocios al asumir la presidencia, sino que renunció a los cargos que tenía en ellas y dijo que sus dos hijos están a cargo.

Muchos actos del gobierno y del Partido Republicano se llevarán a cabo en propiedades de Trump. Los fondos de la campaña de Trump se usan para contratar abogados para defender a Donald Trump hijo en la investigación sobre Rusia. Personajes involucrados en la campaña, como Paul Manafort y Michael Flynn, han estado bajo escrutinio por sus tratos con clientes relacionados con gobiernos extranjeros.

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Como todo huele muy mal, el exdirector de la oficina de ética gubernamental renunció recientemente y declaró que Estados Unidos está "muy cerca de volverse el hazmerreír en este punto". Su renuncia no fue nada notable en estas circunstancias. Lo notable es que la mayoría de los políticos republicanos callen ante estos abusos. Claro que son muchos los políticos de ambos partidos que están muy comprometidos porque dependen económicamente de empresas que donan dinero a sus campañas.

Algunos países se hunden en una orgía de corrupción antes de sanar. Brasil es un ejemplo claro de un país que hizo la vista gorda ante la corrupción hasta que gran parte de la clase política estuvo implicada. Ahora, Brasil está sumido en una profunda crisis política, moral y económica y su expresidente, Luiz Inacio Lula da Silva, va rumbo a prisión.

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Tienes razón, Donald Trump. Ciertamente estamos luchando por la supervivencia de la democracia. Y tanto tú como el colapso ético al que representas, son nuestra mayor amenaza.

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