El sistema eléctrico mexicano comienza a perfilarse como un cuello de botella para el crecimiento, en un contexto de mayor demanda impulsada por la digitalización y el uso intensivo de tecnologías como la inteligencia artificial. S&P Global advierte que la capacidad del país “está teniendo dificultades para crecer al mismo ritmo que lo hace la demanda”, lo que ya se traduce en “bajos márgenes de reserva y precios volátiles” .
Para cerrar esta brecha, se requerirán al menos 36,000 MW adicionales en los próximos años, con inversiones superiores a 30,000 millones de dólares en generación y otros 12,000 millones en transmisión y distribución; sin embargo, la propia calificadora señala que la CFE enfrenta limitaciones financieras por su alto nivel de deuda y restricciones presupuestarias, lo que vuelve clave, pero incierta, la participación del sector privado para cubrir la demanda futura.
Además, la firma subraya que "el consumo de energía está estrechamente vinculado al crecimiento del PIB", por lo que un sistema eléctrico limitado puede convertirse en un freno estructural para la expansión económica.
La energía barata de EU tiene límites
El rezago en inversión energética se combina con una dependencia estructural del gas natural importado desde Estados Unidos, lo que deja a México expuesto a disrupciones externas. De acuerdo con la Secretaría de Energía (SENER), alrededor de 62% de la generación eléctrica del país se realiza con gas natural, mientras que la U.S. Energy Information Administration (EIA) estima que cerca de 70% del gas consumido en México es importado desde Estados Unidos.
Y si bien esta dependencia ha permitido acceder a uno de los combustibles más baratos del mundo, también ha limitado el desarrollo de infraestructura propia, particularmente en almacenamiento y diversificación de fuentes.
El riesgo de una interrupción deliberada en el suministro de gas desde Estados Unidos es limitado, debido a la propia dinámica del mercado energético. Explica que buena parte del gas que México importa corresponde a excedentes de producción en regiones como Texas, que, de no exportarse, tendrían que ser quemados o desaprovechados.
“Es un gas que, si no se envía a México, tendría que quemarse”, señala Óscar Ocampo, especialista del IMCO. En ese sentido, más que un riesgo geopolítico, el verdadero problema es la falta de infraestructura de almacenamiento en México para enfrentar disrupciones temporales.
No obstante, advierte que el principal riesgo no es la disponibilidad inmediata del gas, sino la falta de capacidad de respuesta ante contingencias. “El almacenamiento es el gran pendiente. Incluso con objetivos de cinco o hasta diez días de inventarios, no ha habido avances sustanciales”, señaló.