En el otro extremo están modelos como el Mercedes-Benz GLE, que se arma en Alabama y es uno de los más vendidos de la marca en Estados Unidos. Pero tiene apenas 10% de contenido estadounidense y canadiense. Su motor y transmisión vienen de Alemania, igual que el 25% de sus componentes. Es un auto con ADN alemán, hecho en Estados Unidos.
El caso se repite con marcas como BMW, Audi, Lexus o Génesis, cuyos modelos ensamblados en Estados Unidos incluyen un alto porcentaje de piezas provenientes de sus países de origen.
En el medio, hay decenas de autos de volumen, como el Honda Civic, que se fabrica en Indiana con un 50% de contenido estadounidense y canadiense. Su motor es local, pero su transmisión puede venir de México o Japón.
La política arancelaria de Trump no solo afectará a todos los vehículos ensamblados en Estados Unidos con componentes importados de fuera de sus fronteras, sino también a aquellos importados de México y Canadá. Modelos como el Mustang Mach-E, producido en México con un 80% de contenido mexicano, estarán sujetos a aumentos de precio debido a su bajo porcentaje de contenido estadounidense.
Una escalada en los precios
Para el consumidor estadounidense, el golpe será en su cartera. Cox Automotive estima que los aranceles añadirán 3,000 dólares al costo de un vehículo fabricado en Estados Unidos y 6,000 dólares a los vehículos fabricados en Canadá o México.
Si bien vendedores de lujo como Bentley o Ferrari afirman que absorberán parte del sobrecosto en el caso de algunos modelos, los márgenes promedio de los fabricantes de automóviles que compiten en segmentos masivos, del 6% al 8%, dejan poco rango de maniobra.
A largo plazo, los fabricantes de automóviles tendrían que decidir si aguantan los aranceles con la esperanza de que no duren, o si pasan de dos a tres años modificando las cadenas de producción y suministro con la expectativa de que los aranceles se prolonguen más allá de la presidencia de Trump. Ambas alternativas implican un costo.
Trump insiste en que, con el tiempo, los aranceles obligarán a las automotrices a fabricar más en Estados Unidos. Pero hay un problema: hacerlo es mucho más caro. Mientras un trabajador en una planta de Michigan gana entre 15 y 30 dólares por hora, en México su contraparte recibe entre 3 y 4 dólares.
¿La consecuencia? Aunque las automotrices intenten fabricar más en Estados Unidos para evitar los aranceles, los costos aumentarán de todos modos. La paradoja: el auto estadounidense será más caro con o sin el arancel.
La industria automotriz ya vio esta película. En el primer mandato de Trump, cuando endureció las reglas de origen, el resultado no fue un boom de inversión en Estados Unidos, sino en México.
Hoy, los cambios podrían dejar a más estadounidenses sin la posibilidad de comprar un auto. La pandemia demostró que la asequibilidad es una prioridad para los consumidores. Tras la escalada de precios derivada de las disrupciones logísticas ocasionadas durante 2020, el 10% de los compradores de automóviles estadounidenses quedaron fuera del mercado.
Ahora, S&P Global Mobility estima que los aranceles provocarán una caída en las ventas anuales de vehículos en Estados Unidos de 16 millones en 2024 a entre 14.5 y 15 millones en los próximos años.
Y mientras en Washington se habla de nacionalismo industrial, en las líneas de producción la realidad es otra: el auto 100% estadounidense hoy es un espejismo.