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El proceso de impeachment de Trump amenaza con ser más divisivo que el de Nixon

Durante la actual presidencia estadounidense se ha gestado un conflicto partidista que refuerza la polarización ya vista en las elecciones de 2016.
mié 02 octubre 2019 05:04 AM
Sin acuerdos
La presidencia de Trump casi no ha contado con los acuerdos legislativos bipartidistas que generaron al menos parte de la buena voluntad de las presidencias de Nixon y Clinton.

(CNN)- Si seguirle un procedimiento de destitución a un presidente fuera un cerillo, hoy sería como lanzarlo a un charco de gasolina mucho más grande que con Richard Nixon o incluso Bill Clinton.

Tras años de gestar celosamente el conflicto partidista, la investigación que la presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, anunció a finales de septiembre tiene menos probabilidades de desembocar en un consenso sobre la conducta o la aptitud de Donald Trump para la presidencia que en el esclarecimiento sobre la amplitud de la brecha respecto a prioridades y percepciones del electorado demócrata y republicano.

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"Refuerza las divisiones que vimos en 2016 y 2018. La desconfianza, el desagrado, el odio de muchas personas hacia la otra parte", dijo Alan Abramowitz, politólogo de la Emory University que ha estudiado a fondo la polarización partidista. "La negatividad va a profundizarse".

Esa predicción parece certera. Desde que Pelosi anunció la investigación, Trump ha hablado de arrestar al líder de la investigación de la cámara baja por traición , insinuó que podría ejecutarse por "espionaje" a cualquier funcionario que hable con el denunciante, cuyo relato desencadenó esta crisis, y retuiteó el comentario de un ministro evangélico conservador que predijo que la remoción de Trump provocaría una división como en la Guerra Civil .

Casi ningún republicano se ha opuesto a ese discurso belicoso. En todo caso, los aliados conservadores de Trump lo emulan al decir que la investigación de la cámara baja es fundamentalmente antidemocrática, si no es que antiestadounidense.

Newt Gingrich, quien se viera obligado por sus colegas republicanos a renunciar a la presidencia de la Cámara de Representantes tras la forma en la que dirigió el procedimiento de destitución a Clinton en 1998, declaró a finales de septiembre que la campaña de la cámara en contra de Trump "no es un procedimiento de destitución" y debería entenderse como "un golpe de Estado legislativo".

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Al ver la brecha que se abrió instantáneamente entre la preocupación de los demócratas por los actos de Trump y la negativa de varios republicanos electos a suscitar cualquier duda, Cornell Belcher, un encuestador republicano, se mostró más preocupado que Abramowitz. Dado "el franco colapso de las normas políticas lógicas de más tradición que alguna vez nos ofrecieron el mínimo de protección ante el partidismo desbocado estilo secta, debo preguntarme si nuestra República podrá recuperarse alguna vez", tuiteó a finales de septiembre .

En comparación con 1974 e incluso con 1998, la investigación del procedimiento de destitución de Trump comienza con los dos partidos políticos alineados más claramente en cuanto a ideología y composición demográfica, generacional y geográfica.

La época de Nixon

Durante la investigación del procedimiento de destitución de Nixon, que desembocó en su renuncia, el Partido Republicano contenía todavía a una cantidad significativa de funcionarios moderados e incluso liberales que representaban al electorado de grandes ciudades en ambas costas. Por otro lado, tanto la coalición electoral demócrata como las dirigencias del partido en ambas cámaras dependían de forma importante del apoyo de los sureños profundamente conservadores.

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Ese alineamiento gestó alianzas legislativas y electorales complejas que cruzaban las líneas partidistas. Nixon, al que se recuerda como un presidente combativo, ingenió una sucesión de acuerdos partidistas con los demócratas del Congreso, especialmente en temas ambientales. Cuando Nixon asumió su segundo mandato, en 1972, Gallup registró que el 51% de los demócratas aprobaban su desempeño en el cargo.

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Los electores y los funcionarios demócratas electos se mostraban cada vez más cómodos exigiendo la remoción de Nixon conforme surgía más información sobre el escándalo del Watergate, entre 1973 y 1974, pero como el entorno era menos tribal, el enfrentamiento nunca fue un duelo meramente partidista. Cuando la Comisión de Justicia de la Cámara de Representantes votó respecto a las causales de destitución de Nixon, en julio de 1974, seis de los 17 republicanos de la Comisión votaron a favor, al igual que los 21 demócratas del órgano. Tras jurar en un principio que pelearía contra la destitución "hasta el fin", Nixon renunció en agosto, en gran medida porque los republicanos más prominentes —entre ellos el ex precandidato a la presidencia, Barry Goldwater— le advirtieron públicamente que la mayoría de los senadores republicanos lo dejarían a su suerte en un procedimiento en el Senado.

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Para la opinión pública, el procedimiento de destitución tampoco se transformó completamente en un conflicto partidista. En la encuesta final de Gallup, antes de que Nixon dejara la presidencia, casi una quinta parte de los demócratas seguía oponiéndose a su remoción, mientras que casi un tercio de los republicanos estaban a favor, según los resultados detallados que Gallup dio a conocer. Eso limitó la brecha entre ambos partidos respecto a la renuncia de Nixon. En dicha encuesta, el 31% de los republicanos y el 71% de los demócratas creían que debía irse, una diferencia de 40 puntos porcentuales.

El procedimiento de destitución de Clinton

Era claro que los partidos estaban más polarizados en la época de Clinton. Pese a ello, en los años previos al procedimiento de destitución que se le siguió en 1998 en la cámara baja, el Congreso, liderado por los republicanos, llegó a un montón de acuerdos bipartidistas con Clinton para modificar el sistema de seguridad social y equilibrar el presupuesto federal. Al menos una cuarta parte de los votantes republicanos que participaron en las encuestas de Gallup insistían en que aprobaban el desempeño de Clinton en su segundo mandato presidencial, cifra que alcanzó el 40% antes del procedimiento de destitución.

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Eso no impidió que se abriera una brecha más profunda en la cámara baja por el procedimiento de destitución de Clinton: en la votación sobre las primeras causales de destitución de Clinton que la cámara baja aprobó, solo cinco republicanos votaron en contra, mientras que solo cinco demócratas votaron a favor. Pero, de nueva cuenta, el proceso no llegó a ser un enfrentamiento partidista total. En el Senado, diez republicanos votaron en contra de condenar a Clinton por una de las causales que la cámara baja aprobó, mientras que cinco votaron en contra de condenarlo por la otra. A final de cuentas, el Senado no condenó a Clinton y siguió en la presidencia. Todos los senadores demócratas se opusieron a ambas causales de destitución, aunque algunos criticaron abiertamente el proceder de Clinton.

Aunque el 86% de los demócratas encuestados se oponían a la destitución de Clinton en la última encuesta que Gallup llevó a cabo ese año antes de que la cámara baja votara, también se opuso el 26% de los republicanos, según los resultados que Gallup dio a conocer.

Esta vez, hay varios signos de que el abismo partidista que se ha abierto por el procedimiento de destitución, tanto en el Congreso como en la opinión pública, podría ser mucho más profundo que en cualquiera de los dos casos anteriores. En comparación con los precedentes que sentaron Nixon y Clinton, la investigación del procedimiento de destitución de Trump comienza con ambos partidos enzarzados en conflictos mucho más intensos.

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El entorno actual

La presidencia de Trump casi no ha contado con los acuerdos legislativos bipartidistas que generaron al menos parte de la buena voluntad de las presidencias de Nixon y Clinton. Ambas partes siguen lamiéndose las heridas por la confirmación de Brett Kavanaugh a la Suprema Corte el año pasado, quien podría enfrentar su propio procedimiento de destitución si los demócratas llegan a la Casa Blanca el año próximo. Trump ha centrado su agenda política casi totalmente en las preferencias de sus partidarios más fieles y ha tratado a las partes del país que se le han resistido como una amenaza para movilizar a su electorado y no como partidarios potenciales a los que puede seducir.

Incluso antes de que comenzara la investigación, Trump estaba enzarzado en un intenso combate jurídico y político con los demócratas de la Cámara de Representantes por la campaña de supervisión a su administración. Trump llega a este procedimiento con una brecha sin precedentes entre los partidos en cuanto a percepción de su presidencia: en las encuestas de Gallup de la primera mitad de septiembre , solo el 5% de las personas que se consideran demócratas dijo que aprobaba su desempeño, a diferencia del 91% de los republicanos.

La primera encuesta nacional importante sobre la investigación del procedimiento de destitución reveló una brecha partidista desconcertante, mucho mayor que las de la época de Nixon o de Clinton: mientras que el 88% de los demócratas estaba a favor de abrir la investigación del procedimiento de destitución en una encuesta que llevaron a cabo NPR, PBS NewsHour y Marist , el 25 de septiembre, solo el 6% de los republicanos estuvo a favor. En un sondeo que CBS llevó a cabo a lo largo de dos días y que se dio a conocer el domingo, 29 de septiembre, se registró una división un tanto parecida: aunque reveló que casi nueve de cada diez demócratas están a favor de la investigación, también reveló que casi uno de cada cuatro republicanos también lo está. Sin embargo, esto parece atípico. El sondeo nacional que la Universidad de Quinnipiac publicó el lunes, 30 de septiembre, revela una brecha más amplia: el 95% de los demócratas dijo que estaba a favor de una investigación mientras que el 91% de los republicanos se opuso.

En una encuesta que SSRS llevó a cabo para CNN y que se dio a conocer el lunes, 30 de septiembre, se hizo una pregunta más aguda: ¿Trump debería ser sometido a un procedimiento de destitución y retirado de su cargo? En ese sondeo, se determinó que casi tres cuartas partes de los demócratas estaban a favor de dicha posibilidad. También se registró un aumento entre los republicanos respecto a mayo, aunque un poco más modesto: tan solo el 14% de los republicanos encuestados dijo que habría que retirar a Trump del cargo. (Fue más o menos el mismo porcentaje de demócratas que estaban a favor de someter a Clinton al procedimiento de destitución antes de la votación de 1998 en la cámara baja). Pese a todo, para la Casa Blanca es un indicio preocupante que la cantidad de republicanos menores de 50 años que apoyan la destitución de Trump haya subido al 22%.

Glen Bolger, veterano encuestador republicano, predijo que aunque los principales medios de comunicación sigan revelando hechos incómodos para Trump, es poco probable que el apoyo del electorado republicano se fracture, siempre y cuando Fox News y las principales voces conservadoras sigan apoyándolo. "Lo que ha pasado, y por una buena razón, es que los conservadores y los republicanos ya no confían en que la prensa nacional sea árbitro justo ni proveedor justo de información", dijo Bolger. "Entonces ¿por qué habrías de esperar algo distinto en este asunto?".

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Además, Bolger predice que mientras los electores republicanos sigan apoyando a Trump, pocos funcionarios republicanos electos romperán filas. "Será muy improbable", dijo. "Estamos hablando de dos partes en conflicto".

Se trazan los frentes de la batalla

Stanley B. Greenberg, veterano encuestador demócrata y autor del libro RIP GOP (Descanse en paz el Partido Republicano), cree que Trump podría enfrentar más deserciones de aquí en adelante. Aunque el presidente de Estados Unidos cuenta con la lealtad inamovible de los cristianos evangélicos y los activistas conservadores, que representan más de dos terceras partes del partido, Greenberg afirma que sus encuestas indican que podría haber grietas entre los electores republicanos más laicos y más moderados. Cree que el Partido Republicano en general podría encarar la misma especie de pugnas intestinas que se han dejado ver entre los conductores de Fox News a raíz de las acusaciones. "La clase de fracturas que hay en Fox News entrarán en juego en el resto del partido, tal vez con más fuerza", dijo Greenberg en un correo electrónico.

Sin embargo, el impulso dominante en el Partido Republicano desde que Pelosi anunció la investigación ha sido desecharla por completo y reciclar las acusaciones infundadas contra el ex vicepresidente, Joe Biden. En una actuación notable, a finales de septiembre, el diputado republicano por Ohio, Jim Jordan, escupió una andanada de acusaciones desmentidas en el programa State of The Union de CNN, mientras que el diputado por California y líder de la minoría en la cámara baja, Kevin McCarthy, negó la precisión de las palabras exactas que Trump usó en la llamada con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. El senador republicano por Carolina del Sur, Lindsey Graham, descartó primero las acusaciones contra Trump por haber abusado de sus facultades al presionar a Zelenski, dijo que eran "insignificantes" y luego pidió que se nombrara a un fiscal especial para que investigue a Biden , contra quien no hay pruebas de mala conducta.

Todos estos argumentos inevitablemente llevarán a la prensa al análisis y a la verificación de datos, así como a las réplicas de los demócratas. Sin embargo, las repercusiones de esas réplicas son más importantes que cualquier afirmación específica: dejan ver el grado al que los funcionarios republicanos electos operan en un entorno mayormente inmune a la información que circula en los medios principales y que les deja poco espacio para emitir juicios independientes en medio de las exigencias de lealtad tribal. Abramowitz señala que el Partido Republicano moderno se ha vuelto una especie de círculo cerrado: "Está muy aislado de estas presiones externas que veríamos ordinariamente" y que crean incentivos para deslindarse de la defensa coordinada de Trump.

El procedimiento de destitución agravará las peores sospechas de cada partido respecto al otro. Los republicanos y los conservadores lo interpretarán, como Gingrich lo hizo, como prueba de que el Partido Demócrata está tan decidido a transformar a Estados Unidos que está dispuesto a revocar las elecciones de 2016. Los demócratas ya toman el respaldo de los republicanos a Trump como prueba de que el Partido Republicano moderno le permitirá casi cualquier cosa con tal de que les ofrezca la posibilidad de alcanzar los 270 votos en el Colegio Electoral… y de proteger al electorado republicano mayormente blanco, cristiano y no urbano de las consecuencias del cambio cultural y demográfico implacable que, según las encuestas, muchos de ellos consideran una amenaza a su rol en la sociedad.

"Ellos creen que los bárbaros están a las puertas y cuando los bárbaros derriben las puertas, nada más importará", dijo Belcher. "Ese es el punto en el que estamos en nuestra política y la razón por la que Trump no puede salirse con la suya".

Antes de que esto termine, la investigación del procedimiento de destitución podría obligar a ambas partes a reconocer que la capacidad e incluso el interés de los estadounidenses de ambas filiaciones para llegar a acuerdos se han erosionado peligrosamente. Podría ilustrar especialmente lo mucho que la coalición republicana rechaza la base de hechos comunes que se necesita para entablar un diálogo entre puntos de vista contrapuestos, como Jordan y McCarthy demostraron en sus presentaciones desconcertantes en televisión en días pasados.

A los políticos de ambos partidos, en sus momentos más inspiradores, les gusta declarar que lo que une a los estadounidenses es más grande que lo que los separa. La presión explosiva de la inminente batalla de Trump contra la destitución pondrá a prueba esa afirmación aún más que las batallas de destitución de Nixon y Clinton.

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