La reciente decisión de Estados Unidos de retirarse o suspender su participación en diversas organizaciones y convenios internacionales ha reactivado un debate de fondo sobre el estado del orden internacional contemporáneo. Más allá del impacto inmediato de la medida, el anuncio plantea una pregunta estructural: qué tipo de sistema de cooperación internacional está emergiendo cuando una de las principales potencias decide redefinir de manera tan explícita su relación con el entramado institucional construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Instituciones en retirada, cooperación en disputa
La tentación es interpretar este movimiento como una señal de ruptura o de abandono del multilateralismo. Sin embargo, esa lectura resulta incompleta. Lo que se observa no es la desaparición del orden internacional ni la negación absoluta de la cooperación, sino una reconfiguración profunda de sus formas, de sus jerarquías y de sus usos. Las instituciones no dejan de existir, pero cambian de función; los Estados no renuncian a coordinarse, pero eligen con mayor selectividad los espacios en los que lo hacen.
El sistema internacional atraviesa así una fase de transición en la que el multilateralismo universal convive con arreglos más pequeños, más flexibles y más orientados a resultados inmediatos. Entender esta transformación requiere volver sobre las expectativas que dieron origen al orden posterior a 1945 y contrastarlas con las prácticas que hoy predominan en un mundo más interdependiente, más fragmentado y menos dispuesto a sostener consensos amplios.
Ese entramado institucional sigue existiendo, pero las expectativas que se depositan en él han cambiado. Hoy, las grandes potencias muestran una menor disposición a aceptar procesos lentos y basados en el consenso cuando están en juego resultados inmediatos. Cuando las instituciones universales son percibidas como rígidas, bloqueadas o políticamente constreñidas, los Estados no necesariamente las abandonan, sino que operan cada vez más al margen de ellas.
Este desplazamiento ocurre, paradójicamente, en un contexto de profunda interdependencia global. Las cadenas de suministro siguen siendo transnacionales incluso cuando los gobiernos hablan de “reducir riesgos”. La industria de los semiconductores es un ejemplo claro: diseño en Estados Unidos, fabricación en Taiwán y Corea del Sur, maquinaria crítica en los Países Bajos y materias primas provenientes de múltiples regiones. Ninguna gran economía puede desvincularse de este sistema sin asumir costos severos.
Los sistemas financieros también están estrechamente interconectados. Las decisiones de política monetaria en Estados Unidos repercuten de forma casi inmediata en los mercados emergentes; los regímenes de sanciones dependen de redes bancarias globales; y la inestabilidad cambiaria en una región puede desencadenar salidas de capital en otra. La infraestructura digital, por su parte, es inherentemente transnacional: flujos de datos, cables submarinos, satélites y servicios en la nube atraviesan fronteras con independencia del discurso soberanista de los gobiernos.
Estas realidades hacen que el aislamiento sea impracticable, incluso cuando el nacionalismo se presenta como respuesta política a crisis económicas, sociales o institucionales.
Lo que ha cambiado no es la cooperación en sí, sino el lugar y la forma en que se articula. Estamos transitando de un multilateralismo integrado, en el que se esperaba que las instituciones universales gestionaran la mayoría de los problemas globales, hacia un multilateralismo selectivo, inserto en un paisaje más amplio de arreglos bilaterales, minilaterales y, en ocasiones, unilaterales. Las grandes potencias tratan cada vez más a grupos pequeños y diseñados para fines específicos como sus principales espacios operativos. Estados Unidos, el Reino Unido y Australia no recurrieron a las Naciones Unidas para abordar sus preocupaciones estratégicas en el Indo-Pacífico, sino que crearon AUKUS, una asociación de seguridad altamente focalizada orientada a producir capacidades militares concretas. De manera similar, el Quad —integrado por Estados Unidos, Japón, India y Australia— fue utilizado en su momento como una plataforma central para coordinar seguridad marítima, infraestructura y cooperación tecnológica, funcionando en gran medida al margen de las instituciones universales.
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China por su parte ha desarrollado sus propios marcos selectivos y paralelos. La Organización de Cooperación de Shanghái opera como un foro regional de coordinación política y de seguridad alineado con los intereses de Pekín, mientras que la Iniciativa de la Franja y la Ruta funciona como una red de acuerdos bilaterales y regionales que elude a las instituciones tradicionales de desarrollo. Rusia ha recurrido a mecanismos como la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva para dotar de legitimidad regional a sus acciones en materia de seguridad, al tiempo que privilegia acuerdos bilaterales en energía y armamento. Estos arreglos no sustituyen a las instituciones universales, pero sí concentran crecientemente la acción efectiva.
El resultado es un sistema de pluralismo institucional en el que los Estados operan simultáneamente en múltiples foros. Las instituciones universales, como la ONU, proporcionan legitimidad, procedimiento y un lenguaje jurídico común. Son los espacios donde se justifican acciones, se disputan narrativas y se preserva la continuidad institucional. Los clubes minilaterales funcionan como vehículos de acción e implementación: coordinación de sanciones, controles a la exportación, asociaciones de seguridad o gestión de cadenas de suministro se realizan cada vez más en grupos reducidos y políticamente afines. Las relaciones bilaterales se utilizan como instrumentos de presión y negociación directa, especialmente en comercio, energía, migración o seguridad.
En cada uno de estos casos, los Estados eligen el formato institucional que mejor sirve a su objetivo en un contexto determinado. Se trata de arbitraje institucional, no de abandono institucional.
Las instituciones universales siguen siendo indispensables, aunque cada vez más como infraestructura de fondo que como motores ejecutivos. El orden internacional no está desapareciendo, pero se ha vuelto más delgado, más condicional, más impredecible y más costoso de sostener. El precio de la coordinación aumenta porque exige navegar múltiples instituciones, gestionar autoridades fragmentadas y mantener cooperación sin consenso universal.
La pregunta central ya no es si las instituciones internacionales son imperfectas —siempre lo han sido—, sino si los Estados están dispuestos a asumir el costo creciente de mantenerlas funcionales en un mundo donde el poder está más disperso y la confianza más erosionada. Esa decisión, más que cualquier anuncio de retirada o repliegue, definirá el futuro del orden internacional.
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Nota del editor: Fernanda Vidal es profesora investigadora de la Universidad Panamericana, Campus México. Doctora en Ciencia Política por el Departamento de Politics de la University of Sheffield. Maestra en Metodologías de Investigación Científica por ese mismo Departamento. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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