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Bolsonaro y el COVID-19 ponen a la economía de Brasil en una encrucijada

Dos años después de la llegada al poder del ex capitán del ejército brasileño, la principal economía latinoamericana sigue sufriendo de un déficit fiscal crónico y de la falta de un rumbo claro.
mié 17 marzo 2021 05:02 AM
Bolsonaro considera privatizar Petrobras, consultará a su equipo económico
Las acciones de la petrolera sudamericana crecieron 2% tras el anuncio de Bolsonaro.

Brasil es el país del futuro… y siempre lo será. Esa vieja frase, que los brasileños suelen repetir a modo de resignación ante cada nueva oportunidad perdida, vuelve a cobrar actualidad.

Más de dos años después de la llegada al gobierno de Jair Bolsonaro, la principal economía de América Latina continúa enredada en un déficit fiscal crónico, elevados vencimientos de deuda pública concentrados en el corto plazo, altos costos de producción, un complejo sistema tributario y la falta de un rumbo claro en medio de un contexto político cada vez más polarizado.

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La irrupción de la pandemia no hizo más que agravar esos problemas y obligó al gobierno a cambiar su hoja de ruta original. El ministro de Economía, Paulo Guedes —un economista ortodoxo formado en la Universidad de Chicago—, se vio obligado a dejar de lado su receta de ajuste fiscal y dio luz verde a un fuerte aumento del gasto público dirigido a atender las urgencias sociales.

"Brasil está en bancarrota, no consigo hacer nada", asegura Bolsonaro

La transformación también alcanzó a Bolsonaro, quien históricamente había rechazado los programas de asistencia social o transferencia de ingresos. Su gobierno lanzó un beneficio que, durante la etapa de mayores restricciones a la movilidad, alcanzó a 67.2 millones de personas, un nivel de asistencia nunca antes visto en Brasil en términos de magnitud ni de alcance.

Entre abril y septiembre, el auxilio de emergencia de 600 reales (unos 110 dólares) al mes para trabajadores informales, desempleados, microemprendedores y autónomos que percibían ingresos equivalente a menos de medio salario mínimo y de 1,200 reales (unos 220 dólares) a las mujeres “jefas de hogar” permitió amortiguar el impacto social de la pandemia. Si bien ya en el último trimestre del año pasado los montos de la ayuda se redujeron a la mitad, solo en este plan el estado brasileño desembolsó unos 57,000 millones de dólares durante 2020.

 

"El auxilio fue muy generoso: en 9 meses se transfirió el equivalente a más de 9 años del programa Bolsa Familia (similar al Oportunidades de México)", dice Marcelo Cortes Neri, jefe de políticas sociales de la Fundación Getúlio Vargas, en Río de Janeiro. "Eso provocó una reducción de la pobreza a niveles que no habíamos visto antes: las personas que perciben menos de 246 reales (unos 45 dólares) por mes pasaron de representar casi el 11% de la población brasileña antes de la pandemia al 4.5% en agosto del año pasado".

Semejante transferencia de ingresos también contribuyó a ponerle un piso al descenso del PIB. Con una contracción del 4.1%, la economía brasileña cayó la mitad que la mexicana en 2020. Pero la contracara de la gigantesca ayuda social fue un notorio debilitamiento de indicadores macroeconómicos clave. El déficit fiscal primario —no incluye los pagos de deuda— pasó del 0.8% del PIB en 2019 al 9.4% el año pasado. En tanto, la deuda bruta del sector público saltó del 74.3% del PIB al 89.3% en el mismo período.

Un dilema para Bolsonaro

Sin margen para seguir avanzando por el mismo camino, Bolsonaro transita ahora por un desfiladero estrecho. Frente a la encrucijada de retomar su agenda original de ajuste para corregir los severos desequilibrios macroeconómicos o continuar con una ayuda social que le otorgue réditos políticos de cara a las elecciones presidenciales del año próximo, el líder ultraderechista busca explorar una opción intermedia.

 

En principio, una vez que obtenga la aprobación del Congreso, el gobierno volverá a lanzar el auxilio de emergencia suspendido desde el cierre del año pasado. Sin embargo, el subsidio será por cuatro meses, con un monto menor (en promedio 250 reales, unos 46 dólares) y estará destinado a un universo más reducido de beneficiarios.

Por un lado, la continuidad de la asistencia procura amortiguar el deterioro del cuadro social en medio de un desempleo que alcanzó al 13.5% en promedio durante 2020. Por el otro, el recorte busca dar una señal a empresarios e inversores, que empiezan a inquietarse por la tendencia ascendente del gasto público y la falta de una agenda de reformas dirigidas a reducir el agujero fiscal.

"Brasil arrastra un problema crónico en sus cuentas públicas y sin corregir esos desequilibrios, el país continuará creciendo poco, el desempleo seguirá en niveles elevados, habrá más inflación y será necesario incrementar las tasas de interés por parte del Banco Central", dice Alex Agostini, economista jefe de la calificadora Austin Rating, en Sao Paulo.

"Con la pandemia, en todo el mundo se apeló a un mayor gasto, pero el gran problema en Brasil es que se esperaba que este año fuera el de la corrección y todavía no se ve un plan de reformas que avance en ese sentido".

 

Sin esos ajustes, el peso de la deuda amenaza con seguir creciendo. Las mayores necesidades de financiamiento del año pasado, en un contexto de aversión al riesgo ante las dudas sobre la continuidad del proceso de ajuste fiscal en Brasil, llevaron al Tesoro a concentrar buena parte de sus emisiones en títulos de corto plazo. Con eso, este año vencerá deuda por un monto equivalente al 17.4% del PIB, el mayor nivel desde 2005.

A eso se suman las alarmas por un creciente intervencionismo político. A fines de febrero, Bolsonaro sustituyó al presidente de la petrolera estatal Petrobras, Roberto Castello Branco, por Joaquim Silva e Luna, un general retirado del Ejército sin experiencia en la industria de los hidrocarburos. El reemplazo no solo reavivó los temores de un retorno al esquema de precios de los combustibles determinados por motivos políticos, sino también a un avance de los sectores nacionalistas de las Fuerzas Armadas dentro del gobierno.

Esos riesgos no solo vienen inquietando a los mercados, sino también al propio Guedes. El ministro de Economía, que es considerado por los inversores la última garantía para que el gobierno retome la agenda de reformas pro mercado prometidas en campaña, lanzó una implícita amenaza de renuncia a comienzos de marzo.

"Si tuviera que empujar a Brasil hacia el camino equivocado, prefiero no empujarlo, prefiero salir", dijo en una velada crítica a la continuidad de las políticas de aumento del gasto y endeudamiento.

En ese contexto, las estimaciones sobre el crecimiento del PIB para este año se vienen corrigiendo a la baja. El promedio de las proyecciones de analistas recopiladas por el Banco Central pasó de un crecimiento estimado del 3.5% del PIB en enero al 3.2% en el informe de comienzos de marzo. Para el año próximo, el alza se desaceleraría al 2.4%.

Ese bajo nivel de crecimiento que no llega a recuperar las caídas registradas desde 2015, en un contexto de altos costos de producción y un ineficiente sistema tributario, empieza a empujar la salida de compañías multinacionales. En enero, Ford anunció que este año cerrará todas sus fábricas y dejará de producir en Brasil después de 54 años. A eso se sumó la decisión de Sony, que cerrará sus actividades en el país a fines de marzo.

El panorama luce desafiante, pero amenaza con complicarse aún más con el agravamiento de la crisis sanitaria. En los últimos días, Brasil volvió a convertirse en el epicentro mundial de la pandemia con un ascenso vertiginoso del número de muertes y contagios ante la alta transmisibilidad de la nueva cepa surgida en la ciudad de Manaos.

Ese escenario dramático tornó más notoria aún la pobre gestión oficial para conseguir vacunas. Al 11 de marzo, el 5.6% de la población había recibido una dosis, y apenas 2.3%, las dos. En ese marco, los gobiernos de los dos estados más grandes —São Paulo y Río de Janeiro— vienen adoptando nuevas restricciones a la movilidad.

A diferencia de lo ocurrido el año pasado, la segunda ola del coronavirus encuentra a la economía brasileña con escasas herramientas para atender las urgencias sociales. En medio de esas carencias y transcurrida ya más de la mitad de su mandato, Bolsonaro sigue deambulando en busca de una salida al laberinto que impulse, al fin, a la principal economía de América Latina.

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