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¿Qué nos dice la fama de Diego Armando Maradona de Argentina?

El astro del futbol es un ejemplo de la gran permisividad con la que el país sudamericano trata a sus figuras en los momentos de gloria… y el desprecio que les muestra cuando fracasan.
jue 25 noviembre 2021 03:07 PM
Una relación rota
La expulsión por dopaje en el mundial de Estados Unidos fue uno de los momentos que quebraron la relación de los argentinos con Maradona

BUENOS AIRES- Argentina no es un país líder en América Latina. Su economía, que continúa en recesión, se coloca detrás de la de otros gigantes de la región, Brasil y México, y en el ramo político, ha perdido su influencia diplomática.

Pero, como ningún otro país latinoamericano, Argentina se las arregla para exportar íconos reconocidos en todas las puntas del planeta: Eva Perón, el Che Guevara, Lionel Messi, el papa Francisco y, claro, Diego Armando Maradona.

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Además de ser personajes inconfundibles en todo el mundo, todos ellos comparten una característica reveladora: la de ser devorados por las críticas impiadosas de la sociedad argentina. Mitades de la sociedad los aman y otras mitades los detestan.

Muchos aseguran que Messi es el mejor jugador de la historia del mundo y del universo, pero muchos otros afirman que es un "pecho frío" que solamente puede jugar bien rodeado de las estrellas del Barcelona. También una mitad de los argentinos adora a Francisco como líder de la Iglesia, y la otra mitad lo desprecia afirmando que es "un peronista" que lo único que hace es entrometerse desde el Vaticano en la política local.

Entre todos aquellos íconos, la figura más frágil es Maradona. Eva y el Che murieron más o menos en sus propios términos, y Messi y el Papa están bien blindados y poco les importa la opinión del público o el entorno que los rodea.

Amparado para siempre por su endiablada forma de jugar al fútbol, por el arte que llevaba en las piernas y tantas veces emocionaba, y por la final consagratoria en el estadio Azteca en junio de 1986 que le dio al seleccionado argentino el —desde entonces— adorado Mundial de México, Maradona sabía que podía contar con una carta blanca eterna de sus compatriotas.

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Sin embargo, para el hombre que en un mismo partido, frente a Inglaterra, también en el Azteca, convirtió no solamente el gol con "la mano de Dios”; sino también el tanto considerado el más hermoso de los mundiales, esa luz verde para comportarse a su antojo terminó siendo un veneno mortal.

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Porque, muy al estilo argentino, a nadie le importaba realmente lo que esa libertad le costaba al astro del fútbol. Y así fue que su vida se convirtió en un desfile infinito de personajes turbios, de mujeres de dudoso amor por su persona, de hijos legítimos e ilegítimos que el ídolo terminó coleccionando en sus últimos años.

En aquellas décadas del '80 y '90, Maradona era el primo travieso que a cualquiera le gustaba ver algunas veces al año en las reuniones familiares, porque era un desfachatado que no podía dejar de portarse mal y decir barbaridades que, al fin y al cabo, hacían reír y todos celebraban.

Cuenta la leyenda que en sus mejores años futbolísticos, cuando sacó al Napoli del subsuelo deportivo y lo colocó de su mano en el mapa más brillante del fútbol italiano, Maradona era tan valioso para la ciudad que los jefes de la Camorra se encargaban de que al jugador le llegara solamente cocaína de calidad superior, no fuera a ser cosa que un producto barato y malo afectara su salud.

Mientras fue el abanderado del conjunto napolitano y de la selección argentina, sus desmesuras eran cubiertas por la gloria. Su descalificación por dóping en el mundial de 1994 en Estados Unidos, cuando se lo acusó de haber consumido el estimulante efedrina, representó en cierta manera su caída desde el cielo.

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"Me cortaron las piernas", afirmó entonces Maradona, cuya expulsión del mundial traumatizó al seleccionado argentino, que parecía destinado a llevarse la copa y terminó volviéndose a casa después de una triste derrota frente a Rumania en uno de los partidos de cuartos de final disputado en el Rose Bowl de Pasadena.

En octubre de 1996, cuando ya estaba de regreso en Argentina para jugar en su amado Boca Juniors, se desató el que fue posiblemente su primer escándalo extra-futbolístico de gran escala mediática, cuando la policía allanó el apartamento de quien entonces era su manager y compañero de juergas, Guillermo Cóppola, y encontró cuarenta gramos de cocaína escondidos en un florero.

Todavía no existía internet y la gente debía leer diarios y revistas, mirar los pocos canales de televisión o escuchar la radio para enterarse de las noticias, el "caso Cóppola" cautivó a los argentinos durante largas semanas, durante las cuales una fauna de jugadores de fútbol, jóvenes prostitutas de ocasión y otros personajes desfilaron sin cesar por las pantallas y páginas de los medios.

Si bien, Maradona fue salpicado apenas de costado por el escándalo, el asunto puso en primerísimo plano la vida de descontrol que llevaba adelante la estrella del fútbol, hecha de cocaína y sexo.

La caída en el mundial de Estados Unidos y el "caso Cóppola" fueron los momentos que quebraron la relación de los argentinos con Maradona: una parte del país lo siguió adorando y perdonándole cualquier arrebato, y otra mitad se cansó de él y comenzó a llamarlo "Maradroga".

La lista de excesos y enfermedades que lo acosaron desde entonces es larga. Maradona llegó a disparar con un rifle de aire comprimido contra periodistas que le hacían una guardia, hijos empezaron a surgir de distintas madres, llegó a pesar 130 kilos y quedó al borde de la muerte.

A quienes todavía lo soñábamos como el jugador maravilla que nos emocionó en los mundiales de 1986 y 1990 nos partía el corazón verlo con esas tremendas dificultades para hablar, arrastrando las palabras o respondiendo sinsentidos.

También ver cómo era utilizado políticamente en Argentina, Cuba o Venezuela.

Quedan en YouTube fragmentos de entrevistas donde reporteros de esos países lo interrogaban con cara de inocencia mientras el ídolo ni siquiera podía hilar dos frases seguidas sin tener que detenerse a pensar y recuperar el flujo sanguíneo en el cerebro castigado por las drogas.

Ese último Maradona fue el que dividió para siempre a los argentinos. Era al mismo tiempo el "Maradó" de las canchas de fútbol y el "gordo drogón" de las salas de chat.

La sensación era, desde hace ya varios años, la de "pobre tipo, rodeado de gente interesada". La letal combinación de adoración sin límites y desidia del mundo del fútbol, del periodismo deportivo y de la sociedad argentina en general lo llevó lentamente a la pira donde se consumió en su propio fuego.

Y, mientras Maradona ardía, sus compatriotas —y unos cuantos invitados extranjeros— se regocijaban viendo a uno de los íconos Made in Argentina brillar... y morir"

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