Para los ‘pandilleros’, en cambio, hay celdas colectivas, mal pintadas, en penumbras, sin colchones y con unas pilas de cemento para que se bañen. Solo saldrán de allí para ir a las audiencias —que serán en la propia cárcel— o para las celdas de aislamiento. Allí la estampa empeora. Se trata de salas de castigo oscuras y solitarias, con una losa de cemento para dormir, un sanitario y una pila pequeña. Al aislamiento serán sometidos los presos que intenten crear problemas, según explicó el gobierno salvadoreño.
Un régimen de espalda a los derechos humanos
Navas cree que Bukele está vendiendo una percepción de seguridad “que obviamente ha permeado a la gente, que está contenta con estas medidas”, todo en el marco de una campaña electoral por la reelección presidencial en la que los pandilleros, a quienes califica de terroristas, han tenido un papel protagonista.
Ese calificativo no es nuevo en El Salvador: la Sala Constitucional dictó una sentencia en 2016 —durante el gobierno de Salvador Sánchez Cerén— que validó desde entonces el término para referirse a esos delincuentes.
Bukele no ha hecho más que reforzar un uso que había sido, sobre todo, judicial, pero que ahora explota en el marco de su política de mano dura contra la delincuencia. A los latinoamericanos la palabra terrorista nos suena familiar en contextos de descalificación política de manifestantes, como está ocurriendo con el gobierno en Perú al calificar las protestas y también pasó en contextos similares en Colombia y Venezuela.
Pero en El Salvador tiene una diferencia sustancial, pues no se trata de una etiqueta propagandística sino de, como recuerda Breda, de una sentencia de la corte salvadoreña que considera a estos grupos delincuenciales como terroristas, a la que se unen los juicios abiertos contra algunos pandilleros en Estados Unidos en los que son calificados de esa misma forma.