Las cifras asustan. Durante la primera semana de guerra, además del líder supremo Alí Jameneí y otros altos mandos iraníes, más de 1.400 personas perdieron la vida, muchos de ellos civiles. Otros países se han visto seriamente afectados, como Líbano, donde Israel y Hezbolá reactivaron su conflicto y alrededor de medio millón de personas tuvieron que salir de sus hogares. Además, el precio del barril de petróleo llegó a más de 100 dólares mientras la guerra amenaza los suministros energéticos de alcance global.
Pese a la rapidez con que escaló el conflicto, nadie sabe realmente los motivos que causaron su estallido el sábado 28 de febrero. Justo el día anterior, las conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán en Omán generaban reportes optimistas. Y luego las declaraciones tanto de Donald Trump como de sus altos mandos, no condujeron sino a una confusión creciente sobre los objetivos de la operación.
Por supuesto, como coinciden analistas, las tensiones entre los dos países han venido creciendo en las últimas décadas. Por ejemplo, la politóloga Carla Norrlöf sostiene en la revista Política Exterior que esta guerra es la culminación de una serie de dinámicas geopolíticas que fueron reduciendo progresivamente las alternativas diplomáticas.
De hecho, en su primera presidencia, Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 y endureció las sanciones económicas, lo que redujo el margen de negociación. Eso condujo a que Irán, liberado de sus obligaciones, retomara su programa nuclear, lo que reforzó la percepción de amenaza en Washington y Tel Aviv. A ello se sumó el viejo proyecto del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu de neutralizar a su mayor enemigo en la región, y sobre todo, de evitar que adquiriera capacidad nuclear.
El periodista y analista de política exterior Mariano Aguirre Ernst encuentra aún más atrás las raíces del enfrentamiento.