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OPINIÓN: El caótico 'gasolinazo' tiene solución

Administrar los 'gasolinazos' reduciendo la carga impositiva es un error que no es sostenible financieramente si el precio del petróleo continúa aumentando, opina Iván Franco.

Nota del editor: Iván Franco es fundador y director de la consultora de inteligencia competitiva Triplethree International. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) - “El verdadero conocimiento es reconocer la magnitud de la propia ignorancia”, una frase atribuida a Confucio y que ejemplifica fielmente la crisis por la que está pasando el mercado de gasolinas del país, la pequeñez de las acciones y la incapacidad de los actores para encontrar soluciones.

El gasolinazo, como he escrito antes, es la consecuencia de los errores e ineficiencias en la estrategia petrolera del país y de un cambio del modelo de rentas.

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El gasolinazo, que comenzó como un problema público, ya se convirtió también en un problema de negocio, del cual, nadie encuentra una solución.

Las perspectivas de los precios futuros de las gasolinas no son nada halagüeños. El gobierno entrante tiene la tarea de sustituir los crecientes volúmenes de importación de gasolinas con producción local. En términos generales, el plan es adecuado, no obstante, este apunta más al mediano plazo por la complejidad en la maduración de las inversiones que se quieren realizar.

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Mientras tanto, el constante aumento en los precios de la gasolina, causados por factores estructurales y coyunturales no será nada benevolente con el mercado local. En México los precios aumentarán aún más que en Estados Unidos por el rápido declive de la producción local. Las refinerías locales están feneciendo.

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El problema con los gasolinazos es que generan inflación y pobreza. Ambos efectos son los costos más elevados que puede enfrentar una sociedad ante una política pública mal diseñada.

Por ello, no debemos evaluar la estrategia del próximo gobierno de sustituir las importaciones de gasolina como un proyecto de inversión, sino como un plan que minimice las grandes pérdidas sociales por la liberalización de precios del 2017. Ese es precisamente el deber de la administración pública con los ciudadanos.

¿Cuál es el problema?

Los precios al consumidor de las gasolinas en México se han comportado de una manera anormal desde su liberalización. Y no me refiero a los aumentos, que son lógicos, dados los aumentos en el precio de la gasolina importada, la depreciación de nuestra moneda y el costo inherente a las propias ineficiencias de Pemex.

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El problema es que los precios de la gasolina en México no se comportan como en un mercado libre y competitivo. Por ello, ante los llamados gasolinazos, las empresas privadas que participan en el mercado, e incluso las franquicias de Pemex, no pueden reaccionar, absorber ni “jugar” con sus utilidades. Solo tienen la opción de subir sus precios porque así vienen del distribuidor.

Típicamente, las empresas que venden algún commodity directamente al público compiten ferozmente por la vía del precio. En cambio, los gasolineros en México no compiten ni por la vía del precio, ni por la vía de la marca o por los atributos de su producto. Simplemente no compiten.

Los franquiciatarios fungen solo como expendedores, donde el precio “del mercado” está dictado por la gran productora e importadora de gasolinas Pemex, cuya estrategia de generación de ingreso es ineficiente.

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En México hay cerca de 12,000 estaciones de gasolina, donde alrededor del 81% son franquicias de Pemex y el resto, pertenecen a unas 33 empresas foráneas y locales.

Con precios de INEGI y de la Comisión Reguladora de Energía, la evidencia estadística muestra que los precios de la gasolina están “entumidos” y no fluctúan por razones de competencia.

Las fluctuaciones de los precios de ciudad en ciudad, o de estación a estación, no pasan del 7%-10%, en promedio. Ningún mercado que se jacte de competitivo puede sobrevivir con una estrategia de esta naturaleza. En Estados Unidos la brecha de precios es de 50%.

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La rigidez de los precios en términos transversales se asemeja a los precios de un monopolio, o de colusión, donde las empresas se ponen de acuerdo para fijar sus precios en determinado nivel y extraer rentas del consumidor.

En este caso, el colusor es Pemex, que, con su poder monopólico y el gobierno con la pesada carga impositiva, son los dos grandes distorsionadores que evitan que el mercado compita. Por otra parte, la carga tributaria por litro de gasolina (que ronda el 30%) es tan elevada que reduce el margen de competencia.

Desde el gasolinazo de enero de 2017, la gasolina magna y la premium se venden al mismo precio en 30 estados del país. Por ello, es una mentira decir que el precio de la gasolina depende de la región donde se venda.

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Además, la gasolina “premium” cuesta en promedio, apenas 8% más que la magna.

¿Cuál es la solución?

En Estados Unidos, quien es nuestro principal proveedor, la estrategia de ingresos de sus empresas funciona de forma parecida a la libre competencia.

La solución para México es hacer que el mercado de las gasolinas compita libremente en función de su precio, como sucede en otros lugares.

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Para ello, es necesario defender al mercado de las distorsiones que lo aquejan y darle las condiciones para que se intensifique la competencia por la vía del precio, ya que los gasolineros jamás competirán con la marca. Por su parte, Pemex debe reevaluar su estrategia de ingreso.

En este contexto, administrar los gasolinazos reduciendo la carga impositiva es un error que no es sostenible financieramente si el precio del petróleo continúa aumentando.

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En 2019 el gobierno entrante va a enfrentar una disyuntiva que no podrá paliar en el corto plazo, mas que con creatividad y técnica.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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