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OPINIÓN: No queremos un chivo en cristalería

El cambio por el cambio no es bueno; el país demanda cirugías puntuales para resolver las grandes limitantes que están en la mente de los mexicanos, opina Juan Francisco Torres Landa.

Nota del editor: Juan Francisco Torres Landa R. es Secretario General del Consejo de México Unido Contra la Delincuencia. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(Expansión) – Estamos a un día de ser testigos del cambio de administración política, vislumbrando un periodo de conversión en el mando del país. La tan traída y llevada modificación en la forma en que se conduce la primera magistratura de México, ahora sí va a suceder. Es momento de reflexionar sobre lo que vemos en cuanto a los principales pendientes de la agenda pública y tareas pendientes.

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Quizá la primera reflexión sería la siguiente: aunque formalmente la toma de posesión en San Lázaro tendrá lugar el 1 de diciembre, la realidad es que, para todos los efectos y en todos los sentidos, Andrés Manuel López Obrador ha ejercido o pretendido ejercer la primera magistratura desde hace ya un par de meses. Esto solamente puede ser entendido gracias a la complicidad de Enrique Peña Nieto y tal vez por la asombrosa velocidad con la cual se decidió que, por la vía legislativa, se tenían que empezar a realizar cambios relevantes.

Si bien es cierto que el electorado mandó señales claras con respecto a lo que se esperaba de esta nueva asignatura, no es tan evidente que el mandato se haya entendido por quienes hoy se desempeñan como congresistas, y menos por quien pronto será formalmente presidente en función. Me explico.

Me parece que la referencia a la cuarta transformación ha tomado por sorpresa a quienes se erigen como autores de tal nomenclatura. La confusión viene porque en lugar de enfocarse en establecer cuáles son los rubros precisos en los cuales efectivamente es necesario corregir el rumbo del país ante abusos, excesos, carencias, etc., se han dado a la tarea de determinar que, para mostrar su hegemonía política, es necesario mover las cosas por todos lados.

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Dicha actitud genera una serie de problemas fundamentales. Se requiere una evaluación muy precisa de no solamente cuáles son los problemas, que en su gran mayoría han sido ya diagnosticados, sino cuáles son las verdaderas soluciones que no traerán como consecuencia un deterioro o efecto dominó, impactando muchos otros temas que no requieren de ese tipo de olas expansivas.

El cambio por el cambio no es bueno. El país demanda cirugías puntuales para resolver las grandes limitantes que están en la mente de los mexicanos, entre ellas y en forma destacada, las famosas y muy deleznables íes: impunidad, injusticia, inequidad, inmovilidad e ilegalidad.

Dichos temas, han sido motivo de muchos estudios y, por lo mismo, no hay que invertir demasiado tiempo en identificar sus causas y consecuencias, pero sí se debe realizar una valoración cuidadosa de cuáles son las mejores medidas para que, transversal e integralmente, se puedan corregir de tajo.

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En este sentido, pasar por un estricto y escrupuloso respeto al estado de derecho, una profunda cultura de legalidad, un respeto irrestricto a los derechos humanos, y fortalecimiento a instituciones, son constantes que no pueden variar si se aspira a llegar a verdaderas soluciones, y no meros paliativos o declaraciones con valor mediático, pero sin profundidad democrática.

En esa elección de definiciones, ha preocupado que las primeras señales no son las que se esperaban. Hemos empezado a ver cómo hay indicios claros de autoritarismo, mayoriteo legislativo, superficialidad en toma de decisiones, y quizá lo más grave, una nula evaluación de no tocar lo que sí funciona y solamente avocarse a cambiar aquello que requiere de esa modificación tan esperada en la forma de conducir el trabajo de gobierno.

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Algunos de los ejemplos de lo que nos estamos refiriendo son los siguientes:

1. Infraestructura: La presunta cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, que solamente abona a descontinuar una obra con un grado de avance importantísimo, con certificaciones internacionales y con una alternativa que no tiene validación o lógica alguna y costos mucho mayores.

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2. Plan Nacional de Paz y Seguridad: En este proyecto se plantean reformas para llevar a cabo una militarización de las tareas de seguridad pública con rango constitucional y de esa manera, evitar la aplicación del criterio ya sostenido por la Suprema Corte de Justicia al invalidar la Ley de Seguridad Interior.

3. Consultas inviables: La realización de consultas al margen de la ley sin ningún método u orden, que solamente provocan incertidumbre y una validación de decisiones que, en dado caso, le corresponde asumir la responsabilidad a quienes fueron electos para tales efectos y no una evasiva con tintes demagógicos.

4. Lucha contra la corrupción: No se puede negociar el cumplimiento de ley. Ni por consulta ni por otro mecanismo se puede determinar que alguien quede al margen de investigaciones y sanciones. A quien le corresponda ser sancionado porque infringió las normas, debe ser objeto de la investigación respectiva. Nada de borrones y cuentas nuevas que únicamente abonan en la ilegalidad y a confirmar que, en el fondo, existe un pacto de impunidad transexenal.

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5. Fiscalía Autónoma: A pesar de lo abrumadoramente obvio que resulta el contar finalmente con una fiscalía que sea realmente independiente, se está utilizando el poder en el Congreso para generar otro “fiscal carnal”, alguien que responda a los lineamientos del presidente y no a los de la propia ciudadanía. Un error histórico y de magnitud formidable al evitar que por primera vez se tuviera una figura de independencia de quien realice investigaciones y procure justicia.

Son estos algunos de los ejemplos más claros del desorden que vemos en la toma de decisiones, y la ligereza de análisis y de implementación. Por ello, es de suma importancia que se lleve cabo una depuración en la forma en que se va a gobernar.

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Primero, la ciudadanía y los intereses nacionales, con base en estudios serios y razonabilidad, por encima de caprichos o decisiones superficiales. No hay que romper lo que funciona, y lo que se tenga que arreglar que se haga con solvencia técnica, legal y operativa.

No es mucho pedir, sino simple congruencia para que Andrés Manuel López Obrador sí cumpla lo que nos dijo el día que ganó la elección, que quiere ser un buen presidente. Se puede lograr si impera una forma solvente y razonable de ir adelante. De lo contrario, lo veremos como un chivo en cristalería.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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