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OPINIÓN: México y EU, cada quien con su populismo nacionalista

El gobierno mexicano ha podido -hasta donde la imaginación diplomática le fue posible- sobrellevar una relación reactiva y de tensa calma con Estados Unidos, comenta Horacio Vives Segl.
jue 29 noviembre 2018 09:56 AM

Nota del editor: Horacio Vives Segl es Licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Belgrano (Argentina). Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(Expansión) - Para todos es evidente que la relación entre México y Estados Unidos es compleja, dinámica, intensa, estrecha y con fuertes asperezas. La agenda de temas permanentes entre los dos países no ha cambiado en los últimos años: libre comercio e inversiones; cooperación en materia de seguridad fronteriza; combate al crimen organizado; migración; intercambios académicos, artísticos y culturales; defensa de posiciones comunes en organismos internacionales, entre otros.

Trump ha tenido gestos de amabilidad con López Obrador porque todavía no ha tenido que tratar con él, por eso no sorprendería que cuando arranque el nuevo gobierno en México se estrene con alguna descortesía, nada más para medir fuerzas
Horacio Vives Segl

A pesar de los fuertes vínculos entre ambas naciones, en los últimos dos años las relaciones bilaterales pasaron por importantes rispideces y mínimos históricos a causa del liderazgo errático, inconsistente y malintencionado de Donald Trump hacia México. Pero la conducta del presidente de Estados Unidos no ha sido privativa hacia México.

Desde que era precandidato del Partido Republicano, Trump utilizó una retórica antimexicana, antiinmigrante y xenófoba. Claro ejemplo de ello fue la cancelación de la visita de Enrique Peña a Washington, el cambio del Tratado de Libre Comercio vigente desde 1994, las amenazas de construir –en realidad agrandar- el muro fronterizo, la intensificación en las deportaciones, la separación de familias, la limitación de recursos a las ciudades santuario y la estigmatización de los mexicanos con estereotipos racistas y clasistas.

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De hecho, hace algunos días -en el calor del cierre de campaña de las elecciones intermedias en Estados Unidos- Trump publicó en Twitter un spot sobre Luis Bracamontes, ciudadano mexicano condenado a muerte por el asesinato de dos policías, para hacer generalizaciones ponzoñosas sobre mexicanos y migrantes.

Ante ese hostil panorama el gobierno mexicano ha podido, hasta donde la imaginación diplomática le fue posible, sobrellevar una relación reactiva y de tensa calma con Estados Unidos. Incluso la condescendencia provocó un desprestigio interno en México por decisiones tan impopulares como la visita de Trump cuando era candidato republicano, dándole un trato de jefe de Estado, aun cuando este continuó con la abyecta retórica antimexicana en su campaña.

Adicionalmente, al gobierno de Enrique Peña Nieto se le recordará por un último acto de gratuita zalamería al condecorar con la Orden del Águila Azteca a Jared Kushner, el yerno de Trump.

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¿Una nueva era?

Al darse a conocer los resultados de las elecciones presidenciales en México, Trump declaró que prefería tratar con el próximo presidente Andrés Manuel López Obrador que con “el capitalista” Peña Nieto. Con esa lógica, el nuevo gobierno no tendría por qué continuar con el estilo imperante e intentar recomponer las relaciones entre ambos países.

Ciertamente, Trump ha tenido algunos gestos cordiales hacia López Obrador: la felicitación protocolaria por su triunfo electoral, el intercambio epistolar, la visita de una comitiva de su gabinete encabezada por el secretario de Estado, Mike Pompeo, o la incorporación de Jesús Seade en la recta final del proceso de renegociación del nuevo Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

Hay que anotar algo simple: no debe haber ilusos para que no se generen desilusionados. Trump ha tenido gestos de amabilidad con López Obrador porque todavía no ha tenido que tratar con él, por eso no sorprendería que cuando arranque el nuevo gobierno en México, Trump se estrene con alguna descortesía nada más para medir fuerzas. Ahí está el López Obrador “amable” –bautizado como Juan Trump- con el sello del bullying del presidente norteamericano.

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También habrá que tener en cuenta que cada vez que Trump quiera recurrir a la cantaleta de la construcción del muro, actualizar el discurso de odio contra México o descalificar con un tuit cualquier acuerdo alcanzado por funcionarios de ambos países, lo hará sin mayor miramiento. Auguro que esto será visible conforme se acerque el periodo en el que el estadounidense buscará la reelección para 2020.

Coyuntura: comercio y migración

La llegada de López Obrador a la presidencia, que se celebrará este 1 de diciembre, pone a Estados Unidos y a México en una coyuntura muy particular.

Para empezar, el 29 de noviembre -dos días antes de la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador- está programada la firma del T-MEC en Buenos Aires, en el contexto de la celebración de la Cumbre de Líderes del G20; en segundo lugar está la ola de caravanas migrantes que se han ido nutriendo de ciudadanos provenientes de diversas naciones centroamericanas.

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Actualmente un contingente importante se encuentra en Tijuana, donde se han presentado episodios con tintes violentos que han generado una fuerte tensión en la frontera con San Ysidro. Hemos visto ejercicios militares en suelo norteamericano, la ruptura de un cerco policial, el cierre momentáneo del cruce fronterizo a media celebración del Thanksgiving day, el uso de balas de goma y gases lacrimógenos para repeler a migrantes y deportaciones numerosas deportaciones.

Genios y figuras

Otro aspecto a considerar es la menor importancia que López Obrador le brinda al ámbito internacional, pues ha afirmado que "la mejor política internacional es una buena política interna”.

A pesar de lo largo de la transición de gobierno en México (cinco meses), López Obrador no tuvo el interés de visitar Washington, un contraste notorio cono la visita que Peña Nieto hizo a Obama días antes de asumir la presidencia, momento que fue clave en aquella agenda de transición.

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Como se ha mencionado reiteradamente lo único cierto con lo que debe contar el nuevo gobierno mexicano es con la predisposición negativa de Trump hacia México, lo incongruente y errático en su desempeño, y con el hecho de que la retórica antimexicana será utilizada sin temor alguno para alimentar las fobias de la base de votantes de Trump.

A mi juicio, aquí está el mayor riesgo entre las personalidades políticas de los presidentes que estarán al frente del Estados Unidos y México: la tentación de recurrir a las culpas y descalificaciones de otro para alimentar la retórica populista que tan buenos réditos les ha dado tanto a Trump como a López Obrador.

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