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OPINIÓN: En el G20 Trump demostró todo, menos liderazgo

Tal vez fue una maniobra astuta de los asesores para evitar titulares desafortunados por su poca capacidad de adaptarse a las sutilezas diplomáticas, comenta David A. Andelman.

Nota del editor: David A. Andelman es investigador visitante del Centro para la Seguridad Nacional de la Escuela Fordham de Derecho y director de su Red Lines Project. También colabora con CNN. Sus columnas le valieron el Permio Deadline Club 2017 al Mejor Artículo de Opinión. Escribió el libro A Shattered Peace: Versailles 1919 and the Price We Pay Today y tradujo An Impossible Dream: Reagan, Gorbachev and a World Without the Bomb; fue corresponsal del New York Times y de CBS News en el extranjero. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - Al final, el contraste en la cumbre del G20 de este año entre los países más importantes del mundo fue tan marcado como era posible. Luego de que se dio a conocer la muerte de George H. W. Bush, expresidente de Estados Unidos, se notó profundamente la diferencia entre el liderazgo unificador del difunto -cuyo legado fue presidir la grácil salida de Estados Unidos de la Guerra Fría- y un Donald Trump divisivo, que puede sumergir a Estados Unidos en una nueva guerra fría con la China de Xi Jinping.

En pocas palabras, parece que las victorias que clama el gobierno de Trump fueron para la excepcionalidad estadounidense, no para el liderazgo
David A. Andelman

Un Trump gravemente herido logró evitar las consecuencias más terribles (al menos por el momento), pero, con las alas cortadas, descubrió que lo más destacado de su cumbre fueron las reuniones evitadas o canceladas.

De hecho, todas los peligros potenciales estaban ahí: tanto sus amigos autócratas (Vladimir Putin, de Rusia; Mohamed bin Salmán, de Arabia Saudita, y Xi, de China) como sus "amigos" demócratas: Justin Trudeau, de Canadá; Angela Merkel, de Alemania; Emmanuel Macron, de Francia, y Theresa May, de Reino Unido.

Pero al final, solo hubo un encuentro realmente importante: la cena de Trump con Xi. Afortunadamente, a Trump le pareció prudente dar un paso atrás en el borde del abismo. Es obvio que ambos líderes están cautivados por lo que les parece el poder supremo del otro sobre su país y los acontecimientos mundiales. La única diferencia sustancial es que el mandato de Xi no tiene límites y a Trump le quedan dos, máximo seis años en el poder.

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Además, sus avances mínimos evitaron una crisis inmediata. Trump y Xi acordaron que habría negociaciones y pospusieron tres meses la fecha límite (que era el 1 de enero) para que Estados Unidos implementara nuevos aranceles, así que el lunes 3 de diciembre por la mañana, el mercado accionario tuvo un alivio al menos temporal.

En la mayoría de las cumbres del G20, las conferencias uno a uno o incluso las conversaciones espontáneas entre los líderes reunidos (que muchas veces tienen varios temas o quejas que ventilar) marcan más el tono y dictan más los titulares que las sesiones plenarias.

Sin embargo, este año la mayoría de las reuniones se eliminaron o se modificaron de último minuto, lo que dejó extrañamente enmudecido a Trump. Tal vez fue una maniobra astuta de los asesores, ansiosos por evitar titulares desafortunados o algo peor de una persona que rara vez puede adaptarse a las sutilezas diplomáticas. Claro que hay quien piensa que pasar demasiado tiempo cerca de Trump o entablar una conversación extensa con él es el equivalente diplomático a jugar con una granada de mano. Nunca se sabe cuándo se le cae el seguro.

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Pese a todo es muy triste que lo más inteligente que Trump hizo fue cancelar reuniones ( con Putin, por ejemplo ) cuando un enfrentamiento directo, cara a cara, habría servido para frenar el expansionismo ruso en el mar Negro y sus reclamos sobre el este de Ucrania.

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La petulancia difícilmente le da buen sabor a una reunión internacional. Aunque parece que la atmósfera de las reuniones internacionales ha estado marcada por los malos modos de Trump (como en la celebración del Día de los Veteranos en París, en noviembre), esta vez se dejó ver poco, así que casi no hubo nubes negras en el horizonte.

Fuera de la suspensión de la guerra fría con China, nadie pensó que ha cambiado una coma de la agenda trumpiana de que Estados Unidos es primero y que el resto del mundo se vaya al diablo. Más bien parece que el resto del mundo sencillamente aceptó la nueva normalidad del que solía ser su líder y siguió su camino.

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Al parecer, esa clase de actitud respecto a Trump marcó la pauta para la conversación que Shinzo Abe, primer ministro de Japón, sostuvo con Trump el primer día del G20: "Quiero felicitarlo por su victoria histórica en las elecciones intermedias de Estados Unidos". Esto hizo que me preguntara si Abe había leído alguna noticia sobre las elecciones estadounidenses o si simplemente había aprendido una lección vital para lidiar con su interlocutor egocéntrico.

Al final, aunque Estados Unidos se haya negado a firmar en junio el comunicado de cierre del G7, este año, el resto de los signatarios del G20 simplemente incorporó la excepcionalidad estadounidense en el documento, lo que refleja la postura de gran parte del mundo occidental, salvo Estados Unidos. Esto permitió que todas las partes se adjudicaran al menos un éxito modesto.

En cuanto al comercio, en el comunicado se señala que era una cuestión de comercio justo, no de libre comercio, y no se mencionó el proteccionismo. También se hicieron caravanas al deseo estadounidense de reformar la Organización Mundial de Comercio: muchos países reconocen que necesita modificaciones, aunque no quieren deshacerla por completo.

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De igual forma, esto permitió que Trump insistiera en una de sus manías favoritas de regreso a casa: les dijo a los reporteros que iban a bordo del Air Force One que había hecho planes para poner en marcha el mecanismo para retirarse del TLCAN "en breve", lo que le da a la nueva Cámara de Representantes demócrata y al Senado, en manos de los republicanos, seis meses para aprobar el pacto modificado que firmó en Buenos Aires.

"Hoy es un gran día para Estados Unidos", dijo un alto funcionario estadounidense a los reporteros en una junta informativa al final de la cumbre del G20. "En general, fue un éxito rotundo". Luego, el funcionario explicó que al gobierno le gustaba otra forma de plasmar las cosas en toda clase de temas, ya fuera el financiamiento transparente del comercio o el empoderamiento de la mujer, y agregó que el G20 había permitido incluso que Estados Unidos explicara "por qué estamos retirándonos del Acuerdo de París que acaba con los empleos", mientras que el resto de los países del G20 se comprometieron a reforzar y adoptar sus disposiciones.

En pocas palabras, parece que las victorias que clama el gobierno de Trump fueron para la excepcionalidad estadounidense, no para el liderazgo. Al final, fue una victoria pírrica… y Estados Unidos tendrá que encontrar la forma de superarlo si quiere volver a asumir un rol de liderazgo.

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