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Nuestras Historias

OPINIÓN: La verdadera crisis fronteriza no es la que Trump siempre menciona

Con la situación política actual podría ser fácil pensar que la exigencia de un muro fronterizo por parte de Trump y los republicanos es una cuestión partidista, comenta Alexander Aviña.
Muro fronterizo
Las incesantes afirmaciones de Donald Trump de que hay una “crisis” en la frontera justifican sus exigencias para la construcción de un “muro grande y hermoso”.

Nota del editor: Alexander Aviña es profesor de historia en la Arizona State University. Además es autor del libro Specters of Revolution: Peasant Guerrilla in the Cold War Mexican Countryside. Síguelo en Twitter como @Alexander_Avina. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) - “Toda la frontera es una alfombra de restos humanos”, fue lo que le dijo César Ortigoza a la periodista Aura Bogado en una nota sobre un pequeño grupo de voluntarios que recorren las zonas fronterizas de México y Estados Unidos en busca de migrantes perdidos o muertos.

La frontera entre Estados Unidos y México, que fue creada como resultado de la agresión imperialista de Estados Unidos a mitad del siglo XIX, quedó resguardada por otros artefactos imperialistas
Alexander Aviña

Ortigoza es el fundador del grupo Los Armadillos, que cada semana recibe docenas de solicitudes de ayuda para encontrar amigos y parientes que desaparecieron mientras cruzaban la frontera. En los cinco años que la organización llevan realizando sus trabajos de búsqueda han encontrado casi 40 personas perdidas en las zonas fronterizas del desierto y hasta 50 cadáveres.

¿Cómo se convirtió la frontera entre México y Estados Unidos en un lugar tan letal? Jason de León, un investigador que utiliza la antropología forense y la arqueología para contar las historias de migrantes que cruzaban el desierto de Sonora en Arizona, intentó responder esta pregunta en el libro The Land of Open Graves. Su conclusión fue que la estrategia de inmigración de “prevención a través de la disuasión”, a través de la cual en 1990 se bloquearon muchos de los caminos más seguros para cruzar la frontera, lo que obligó a los migrantes a ir hacia las rutas desérticas más peligrosas. Esta política es “una máquina asesina que aprovecha el desierto de Sonora y, al mismo tiempo, se esconde detrás de su salvajismo”.

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La postura de Estados Unidos puede intentar disimularse con eufemismos como “prevención”, “disuasión” y “seguridad”. Pero, sin duda alguna, es una estrategia diseñada para matar.

Las zonas fronterizas han aparecido en las noticias por otros motivos. Las incesantes afirmaciones de Donald Trump de que hay una “crisis” en la frontera justifican sus exigencias para la construcción de un “muro grande y hermoso” (también sirvió para justificar la declaración de emergencia nacional cuando parecía que no iba a poder obtener presupuesto para el muro).

Es cierto que existe una crisis, solo que no es de la que Trump habla. Se trata de más de 7,000 personas que han muerto intentando cruzar a los Estados Unidos desde finales de la década de los 90, cifra estimada que no incluye a una cantidad desconocida de personas que simplemente “desaparecieron” en el inmenso y duro desierto de Sonora.

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Con la situación política actual podría ser fácil pensar que la exigencia de un muro fronterizo por parte de Trump y los republicanos —con todo el trasfondo nacionalista y de supremacía blanca— es una cuestión partidista. Pero creo que es el síntoma de un enfoque bipartidista más amplio a la inmigración que ha sido creado y sostenido tanto por republicanos como por demócratas a través de los años. Para abordar esta crisis humanitaria real habrá que afrontar este programa de crueldad letal que involucra a ambos partidos.

Es cierto que demócratas y republicanos han tenido ligeras diferencias en sus discursos y en la presentación de sus políticas; sin embargo, los dos han creado una lógica de seguridad nacional compartida que ha llevado a deportaciones masivas, una mayor militarización de la frontera, aumento de poderes prácticamente sin supervisión para la Patrulla Fronteriza y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), y al uso de campos de concentración para niños migrantes que han sido separados de sus padres. Barack Obama no quedará en mi recuerdo como el ganador del Premio Nobel de la Paz, sino como el presidente que marcó un récord en cuanto a deportaciones.

Este consenso migratorio se remonta, como mínimo, a la administración del presidente Bill Clinton. En su discurso del Estado de la Unión en 1995 resaltó que su administración se había “movilizado agresivamente para asegurar nuestras fronteras” con medidas que incluían contratar una cantidad récord de guardias fronterizos y tomar medidas contra la contratación ilegal y los beneficios extendidos a los extranjeros.

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Además, durante el mandato de Clinton se aprobaron políticas que militarizaron la frontera sur al construir vallas fronterizas cerca de las ciudades, una estrategia que forzó a los migrantes a utilizar rutas más peligrosas a través del desierto de Sonora. También defendió la legislación que criminalizó a los migrantes indocumentados y amplió la definición de “extranjero que puede ser deportado”. La máquina de deportación manejada por Trump tiene sus raíces en esta ley de 1996.

A pesar de que la era Clinton produjo los cambios que se convirtieron en los más letales para la política migratoria de Estados Unidos, los orígenes de otras medidas fronterizas mortales y su fundamento de “seguridad” se remontan todavía más atrás. Para el presidente republicano Richard Nixon, en los últimos años de la década de 1960 el tráfico de drogas justificó la construcción de muros en ciudades transfronterizas como El Paso, Texas, así como una expansión masiva de la vigilancia fronteriza.

Sin embargo, Nixon está lejos de ser el primer presidente en construir muros. Durante los últimos años de la década de 1940, el demócrata Harry Truman ordenó la construcción de una valla fronteriza en California. En uno de esos momentos históricos que revelan conexiones accidentales, los materiales utilizados para construir la valla vinieron de campos de concentración que se usaron para encarcelar a más de 100 mil japoneses y estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

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En la década de 1990, otro presidente demócrata del sur seguiría una línea muy similar utilizando plataformas de aterrizaje de helicópteros recicladas de la guerra de Vietnam para construir vallas a lo largo de la frontera entre México y California.

La frontera entre Estados Unidos y México, que fue creada como resultado de la agresión imperialista de Estados Unidos a mitad del siglo XIX, quedó resguardada por otros artefactos imperialistas. Tal vez, el “muro inteligente” que algunos demócratas están proponiendo para llegar a un acuerdo con Trump utilizará la misma tecnología de drones letales que Estados Unidos ha utilizado en la llamada “guerra contra el terrorismo”.

Los partidos y los tribunales pueden seguir con los debates intensos sobre la declaración de emergencia nacional de Trump para construir su versión del muro. Pero, independientemente del resultado, deben abordar la verdadera crisis en la frontera que vemos hoy: la muerte de más personas pobres que intentan cruzar la frontera. Por ahora parece que se mantendrá el lamentable consenso bipartidista que creó una “alfombra de restos humanos” en la frontera y seguiremos viendo sus consecuencias.

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