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Nuestras Historias

El fetiche Pemexiano

A nadie le suena extraño que AMLO o Bartlett hablen de los hidrocarburos como de la sustancia de la que estamos hechos, aunque su planteamiento no lo explica ninguna ciencia, opina Miriam Grunstein.
jue 06 junio 2019 10:27 AM

(Expansión) - El caso de Pemex escapa del análisis de las ciencias sociales que normalmente aplicaríamos para su entendimiento. Ya no basta con la economía, las finanzas, la teoría organizacional, el derecho, la ciencia política, ni la historia para desentrañar lo que hay dentro de ciertos mexicanos en su relación psíquica con Pemex.

La intuición vulgar concluye que toda acción de defensa a Pemex, o a la propiedad de la nación sobre los hidrocarburos, se debe al llamado “nacionalismo petrolero,” en la inteligencia de que los hidrocarburos nos definen culturalmente.

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De pensarse con detenimiento, resultará extraño concebir una relación afectiva entre una persona humana y un recurso natural que, aunque es prodigioso por su versatilidad como insumo industrial, es también contaminante, tóxico, inflamable y finalmente no renovable. Por lo mismo, cuando el petróleo se acabe, ¿con él se extinguirá nuestra mexicanidad? Y en el escenario remoto de que no se acabara jamás, ¿Tendríamos el deber moral de seguirlo explotando porque no seríamos quienes somos sin él. Suena absurdo ¿verdad?

Sin embargo, nada de esto nos suele llamar la atención. Sean Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Bartlett o el mismo Andrés Manuel López Obrador, no extraña que hablen de los hidrocarburos como de la sustancia de la que estamos hechos y de Pemex como de nuestro esforzado proveedor de bienestar, el bonus pater familiae que debemos venerar. Eso, como ya dijimos, no lo explican ni la economía, las finanzas, la teoría organizacional, el derecho, la ciencia política, ni la historia. Para intelegir lo que acontece en las mentes de esos mexicanos serían buenas unas horas en el diván, bajo la atención de Sigmund Freud. Y como el padre del Psicoanálisis ya pasó a mejor vida, el caso del apego de algunos mexicanos a Pemex es "para la araña".

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El fetiche pemexiano sería más entendible de no ser cierto que la 'Empresa de Todos los Mexicanos' pasó de ser 'la palanca del desarrollo' a el ancla del mismo, es decir, lo que lo frena

Por una refinería que carece de sentido económico , comercial y social, hemos visto recortes en varios sectores . Ya no es concebible el desarrollo sin salud, un medio ambiente sano, ciencia y tecnología y cultura. Sin embargo, la voluntad de este gobierno consiste en sacrificar estos a cambio de unos fierros supuestamente milagrosos en Tabasco. Sobre su prodigiosa planta, el presidente ha dicho reiteradas veces que se construye para garantizar la seguridad energética en México. Si esa realmente fuera la intención, este gobierno solo ve verdades a medias. Bajo ciertas circunstancias, que es dudoso que existan, una sola refinería no podrá ayudar decisivamente a la seguridad energética.

Hoy la mayor garantía de contar con energéticos suficientes y a precios accesibles está en el desarrollo tecnológico de toda la cadena de valor de la industria de los hidrocarburos y la electricidad. La invención puede ser invencible pero para ella son indispensables los centros de investigación para la impulsión de nuevas tecnologías. Esto es contrario a la lógica de este gobierno que concibe la innovación como un costo de oportunidad indeseable contra la construcción de una refinería. Para el presidente, la investigación no es invencible sino invisible.

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Otros costos son y serán las externalidades de la planta en el medio ambiente. El impacto ambiental de la refinería se desconoce porque nadie en este gobierno ha presentado su manifestación respectiva. La subestimación de los efectos de un armatoste como Dos Bocas, cuya tecnología dudosamente será de punta y que con seguridad contribuirá a las emisiones de efecto invernadero y al calentamiento global podría tener consecuencias irreversibles. Ni se hable de la nula consideración a las especies endémicas de la zona cuya conservación es un deber jurídico y moral. Pero ¿qué ha de importarles la fauna si los seres humanos también han sido presas del fetiche de la refinería?. Los recortes en la salud pública , claramente expuestos por la renuncia de Germán Martínez al IMSS , son hechos fehacientes de que un barril de gasolina vale más que una vida humana. Y de cultura mejor ni hablar. Ningún monumento ni la más sublime creación artística tiene valor alguno si se le compara con la grandeza de la torre catalítica.

Ni la formación científica y tecnológica, ni el patrimonio natural, o la biodiversidad, la salud ni la cultura son de guardar tanto como la promesa inviable que, dentro de estos 6 años de gobierno, en México habrá gasolina abundante y barata. ¿Qué presidente con visión amplia en el tiempo y en el espacio sacraliza una refinería a costa de los valores más altos del pueblo que dice amar y servir?

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Nota del editor: Miriam Grunstein es profesora e investigadora de la Universidad ORT México y es académica asociada al Centro México de Rice University. También ha sido profesora externa del Centro de Investigación y Docencia Económicas y coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin. Hoy es socia fundadora de Brilliant Energy Consulting y dirige el blog Energeeks.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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