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Nuestras Historias

Equidad, inclusión y excelencia en la Educación Superior

Es normal que los grandes líderes de las universidades públicas en el país exijan más recursos para ellos dado que han ampliado su matrícula, opina Rafael Campos Hernández.
dom 15 diciembre 2019 07:00 AM
Educación
Las facultades públicas se ven forzadas a mantener grandes infraestructuras en terrenos, espacios deportivos, instalaciones culturales y laboratorios de práctica que exigen grandes inversiones para mantenerlos al día, considera Rafael Campos Hernández.

(Expansión) – La educación es uno de esos servicios en los cuales todos estamos de acuerdo en que son necesarios para transformar la sociedad.

Es un decreto común que la gratuidad en las escuelas y universidades es un elemento esencial para dar mayor oportunidad de crecimiento a los mexicanos. Más aún, coincidimos que esta característica permite, por una parte, la inclusión de todos los hombres y mujeres en un proceso de movilidad social que los lleve a integrarse a mejores condiciones de vida personal y familiar.

Por la otra, ayuda a una democratización de la sociedad en la cual todos tenemos las mismas oportunidades para salir adelante ante los retos de la vida. Pero, ¿qué hacer cuando los costos de mantener una educación de excelencia se limitan por los recursos que debemos de invertir en la educación pública?

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En México nos encontramos hoy en día con la necesidad de ampliar más la cobertura de las instituciones educativas a más lugares del país. Las grandes universidades están en las grandes ciudades. Por lo mismo, una persona de provincia gasta más en sus traslados y hospedajes a las cabeceras, donde se encuentran estas instituciones, que en los costos de apoyo a las mismas.

Por otra parte, las facultades públicas se ven forzadas a mantener grandes infraestructuras en terrenos, espacios deportivos, instalaciones culturales y laboratorios de práctica que exigen grandes inversiones para mantenerlos al día. Sin embargo, solo un bajo porcentaje de jóvenes los utilizan.

Es normal que los grandes líderes de las universidades públicas en el país exijan más recursos para ellos dado que han ampliado su matrícula. ¿Cómo lograr el dar acceso a más mexicanos si se limita la inversión? La verdad es que seguimos buscando respuestas con la mentalidad de Gutenberg y el libro impreso, en la cual los maestros calígrafos acudían a los gobiernos para solicitar la protección de su trabajo.

Hoy estamos ya en la época de Elon Musk y los viajes espaciales, en los que una empresa privada como SpaceX apoya al lanzamiento del Nano satélite AztechSat-1 de una escuela privada en México en colaboración con la Agencia Espacial Mexicana (AEM).

Quiero mencionar tres paradigmas a superar en el reto por incrementar la equidad, la inclusión y una educación superior de excelencia para todos los mexicanos.

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El primero es: autonomía universitaria; segundo: subsistemas universitarios, y tercero: los fines de la Educación Superior. La autonomía, como facultad de gobernarse de acuerdo a sus propias leyes y organismos que tienen por ley las universidades, no les exige que con responsabilidad también tengan la autonomía económica.

Es decir, con el mismo derecho de ejercer su capacidad de autogobernarse, generar sus propias academias, incrementar sus espacios de atención a los universitarios. ¿Será posible que se generen esquemas de desarrollo social, científico y económico que les permita depender de la producción de sus propios recursos y generar excedentes para expandirse a otros lugares sin la necesidad de un incremento presupuestal?

Los colegios cuentan con grandes líderes académicos, administrativos, investigadores, docentes y la élite de estudiantes que logra pasar los exámenes de admisión. En lugar de que los líderes y administradores se enfoquen al manejo de los recursos, la tarea debe ser el incrementar la eficiencia operativa, generar espacios de investigación y solución de problemas que se puedan compartir, aumentar el trabajo de los educandos y docentes en forma sustentable el apoyo a la comunidad. Todo esto incrementando los ingresos autónomos de su alma máter hasta lograr su operación sin recursos externos.

El segundo son los subsistemas universitarios. La separación entre instituciones descentralizadas, desconcentradas, federales, estatales, interculturales, comunitarias, tecnológicas y particulares han generado divisiones que incrementan la complejidad de la autoridad educativa en su tarea de acompañamiento, seguimiento, supervisión y promoción de la educación.

El mantener un sistema simple y llano, en el cual se establezcan estándares nacionales de cumplimiento a la autoridad, permitiría que los Estados apoyaran a los diferentes subsistemas integrados en su territorio, sin segmentación administrativa. En este sentido, el impulso local y regional se daría en una coordinación simple y directa apegada a las necesidades de cada lugar.

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El tercer paradigma: los fines de la educación. Educar en su esencia es sacar lo mejor de cada persona. La universidad tiene como fin generar el desarrollo integral de los jóvenes en espacios de conocimiento, ciencia, cultura, académica y con un sentido humano. Los medios para lograr estos aspectos se complican por la gran diversidad de visiones que se mezclan entre las banderas de separación que generamos artificialmente.

Sueño con un México en el que la equidad no se centre en dividir entre hombres y mujeres, ricos y pobres, sino en el cual estas características no determinen a la persona. Un México en el que la inclusión acepte a todos los individuos sin fijarnos en sus diferencias particulares por capacidad física, intelectual, orientación sexual, credo religioso o nivel social.

Un México en el cual impulsemos a los docentes y administrativos a ser educadores, que con su testimonio impulsan a cada estudiante a ser lo máximo que pueden lograr como personas.

Un México de cooperación entre la universidad pública y la privada por ese derecho universal de educación para todos. La excelencia en la formación es un camino que pasa por un trabajo común entre padres de familia, instituciones educativas, Estado, Gobierno y sociedad civil. Hoy es momento de romper paradigmas y transformar la enseñanza con un sentido humano impulsado por las nuevas tecnologías.

Confío en que nuestros legisladores capten la necesidad de generar una Ley de Educación Superior que simplifique los elementos de norma y nos permitan impulsar a nuestros jóvenes a generar un país más justo, más humano, incluyente, equitativo y de excelencia educativa.

Nota del editor: Rafael Campos Hernández es rector institucional de Aliat Universidades. Las opiniones expresadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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