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Pensamiento colaborativo: cómo crear equipos de trabajo dinámicos

La pluralidad es un activo para las empresas, aunque para sacar su máximo provecho se necesita implantar una cultura de confianza, diálogo y respeto, apunta Guillermo Fournier.
dom 17 enero 2021 07:00 AM

(Expansión) – Toda organización está conformada por personas, o mejor dicho, por grupos de personas que interactúan entre sí e idealmente suman esfuerzos para alcanzar determinados objetivos comunes.

El esquema tradicional de la administración organizacional indica que las empresas deben crear una estructura que divida áreas de trabajo o departamentos con base en funciones, metas específicas, y perfiles profesionales. Esto permite mantener un cierto orden y establecer una jerarquía institucional con claras atribuciones y cadenas de mando efectivas.

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No obstante, con frecuencia se pasan por alto algunas desventajas potenciales que aparecen cuando la rigidez del organigrama y el control excesivo de los directivos se imponen sobre otros aspectos trascendentales como la misión y visión de la corporación.

En primer lugar, al poner demasiado énfasis en la separación de los equipos de trabajo en diferentes áreas o departamentos, se corre el riesgo de generar un ambiente de competitividad exacerbada que desde luego resultará contraproducente para la organización. Si existen fricciones entre el personal de operaciones y el personal de marketing, los costos para la empresa pueden ser elevados.

Para evitar que esto ocurra, habrá que promover el trabajo colaborativo dentro de la institución; sin embargo, conseguirlo requiere de tiempo y empeño. La clave está en insertar en la mente de los integrantes del personal el propósito o fin último de la empresa, ya sea el brindar experiencias memorables al cliente u ofrecer productos de alta calidad.

Cualquiera que sea el nicho de mercado, es indispensable definir con precisión hacia donde se busca dirigir el proyecto, de modo que cada división asuma que su función no es destacar sobre las demás, sino abonar a la consecución del propósito institucional.

Por supuesto la comunicación es clave en este cometido; los directivos precisan trazar con claridad los objetivos y estrategias; por su parte la cultura organizacional debe asentarse sobre las bases de la confianza y el trabajo en equipo. Ello implica asegurarse de que se lleven a cabo sesiones periódicas donde cada área o departamento pueda conocer qué tareas están llevando a cabo sus colegas de otras divisiones. Los ejercicios de integración e intercambio de ideas son productivos porque mejoran el ambiente laboral y, a la par, estimulan la creatividad.

En aquellas empresas donde el ánimo colaborativo es mayor que la pulsión por competir entre pares, suelen crecer los rendimientos; además, al tratarse de sitios de trabajo con entornos propicios para el desarrollo profesional, el talento humano llega por sí solo a las oficinas de reclutamiento.

En segunda instancia, sucede por lo regular que las diferencias de carácter, idiosincrasia, o modo de pensar, generan conflictos entre compañeros de trabajo. Pues bien, lo cierto es que cada individuo es único e irrepetible, por lo que la diversidad de puntos de vista es inevitable. Empero, esta realidad no debe ser asumida como un obstáculo, sino como una oportunidad para unir talentos y perspectivas distintas en favor de las metas planteadas.

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La pluralidad es un activo para las empresas, aunque para sacar su máximo provecho se necesita implantar una cultura de confianza, diálogo y respeto. Encontrar aquello que nos une es el paso fundamental para superar las eventuales discrepancias; más aún, quienes han desarrollado el pensamiento colaborativo comprenden que la divergencia de puntos de vista contribuye al proceso de maduración de ideas y se traduce en proyectos creativos sólidos.

Como tercer elemento, hay que resaltar el papel del liderazgo en la gestión de equipos de trabajo de excelencia. Si la persona encargada de dirigir al grupo profesional no representa los valores y principios institucionales, será complicado que el personal a su mando se conduzca en congruencia con ellos; si el jefe o gerente no comunica de forma concreta las líneas de acción y estrategias a seguir, habrá confusión y dispersión, con resultados deficientes; si quien toma decisiones no motiva a su personal ni asigna tareas específicas con base en las aptitudes de cada colaborador, entonces la inconformidad se reflejará en el desempeño diario.

El buen líder conoce cómo sacar lo mejor de cada integrante en su equipo de trabajo: instaura una cultura de confianza; crea espacios de diálogo y retroalimentación constantes; sabe motivar y trabaja en potenciar el talento humano.

Ahí donde el pensamiento colaborativo ha arraigado con fuerza, la creatividad florece, la productividad aumenta, y las crisis se tornan sorteables.

Nota del editor: José Guillermo Fournier Ramos es docente en la Universidad Anáhuac Mayab. Vicepresidente de Masters A.C., asociación civil promotora de la comunicación efectiva y el liderazgo social. También es asesor en comunicación e imagen, analista y doctorando en Gobierno. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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